Categoría: fondos de la biblioteca (Página 1 de 4)

poner una pica en Flandes

Cogiendo la ocasión por los cuernos y sin hablar al tuntún, rendimos las cuentas del Gran Capitán sin tenerlas todas con nosotros para decirte que hay libros que se pueden mandar a la porra y otros que valen su peso en oro. Pero con intención de arrimar el ascua a nuestra sardina, y como no damos puntada sin hilo, vamos a proclamar las verdades de Perogrullo y recomendar sin dar mucho la lata la obra 150 famosos dichos del idioma castellano (Luis Junceda. Susaeta, 1981). Son legión los libros (como los de texto, sin ir más lejos) cuya utilidad brilla por su ausencia. En cambio este volumen de nuestra biblioteca, que es más viejo que el tebeo, ofrece para el que no quiere quemarse las cejas ni andar al retortero una ocasión inmejorable para dar en el clavo y pasar una noche en blanco aunque no entienda ni jota, que no morirá de cornada de burro, pero evitará hablar por boca de ganso como si fuera un bolonio. Digamos que para saber más que Lepe en esto de los dichos castellanos, basta con llamarse a andana y ponerse las botas leyendo el origen de tantas frases hechas, bien sea para matar el gusanillo, bien para llevarse el gato al agua en alguna tertulia de café antes de que se arme el Tiberio cuando alguien que presuma de saber la Biblia en verso quiera darte gato por liebre.

Aunque con formato infantil, este tomo es la Caraba y vale lo que pesa. Así que vamos a dar un cuarto al pregonero y antes de tomar las de Villadiego o de que quedemos como el Gallo de Morón, sin plumas y cacareando, sugerirte que si tienes buenas aldabas o te gusta escribir más que el Tostado, pruebes a componer un texto sin muchas ínfulas que aunque no valga ni la bula de Meco (que eso importa un bledo), te ayude a conocer con la fe del carbonero las sugerentes expresiones que enriquecen el idioma español cuando se pone de tiros largos. Y te lo decimos con más orgullo que Don Rodrigo en la horca.
Como ya hemos puesto los puntos sobre las íes, liamos los bártulos, ponemos pie en polvorosa y nos marchamos a la francesa a freír espárragos, antes de que nos carguen el muerto y digan que mentimos más que la gaceta.

Y, como dijo el otro, si sale con barbas San Antón, y si no… la Purísima Concepción.

el invento de Hetzel

Durante segunda mitad del siglo XIX las geniales intuiciones de un puñado de intelectuales que empiezan a conocerse como «científicos» impulsan un cambio radical que nada tiene que ver con las convulsas revoluciones sociales del pasado. La máquina de vapor, la telegrafía, la electricidad… son hitos que marcan el primer paso hacia lo que hoy llamamos «globalización». Los más optimistas identifican estas señales como balizas de una dorada senda que serpentea hacia el progreso y la felicidad. Las potencias occidentales hacen acopio de arsenal ideológico y económico, e invitan a participar en el festín a toda la humanidad, voluntariamente o a la fuerza. Profundos cambios en el tejido productivo y social contribuyen a disolver las viejas filiaciones con la tierra y a desplazar los intereses del capital hacia minas, fábricas o factorías. Cientos de miles de personas llegan las ciudades y sus periferias en busca de fortuna incierta. En este ambiente de positivismo extremo, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), editor de Balzac y Víctor Hugo, tiene en mente un proyecto de revista cuya finalidad será difundir entre los jóvenes temas científicos de una forma amena y atractiva. La casualidad atrae hasta su oficina a un joven escritor llegado de Nantes. Familiarizado con el rechazo, Julio Verne (1828-1905), que a la sazón tiene 34 años, porta bajo el brazo dos manuscritos que Hetzel promete estudiar. Sin sospecharlo, ambos personajes coinciden en considerar la ciencia como una forma superior de la cultura, atribuyéndole el poder explorador del que está necesitado el nuevo mundo que se vislumbra en el horizonte, y que se extiende mucho más allá de las fronteras heredadas de la generación anterior. Hetzel tiene olfato para estimar la nueva forma de literatura que se presenta ante sí. Se inicia de esta manera una particular colaboración que vincularía a los dos hombres de por vida, un particular tándem en el que los papeles de editor y creador se entremezclan fundidos al fin en un único proyecto que los hará ricos: Los voyages extraordinaires.

«Vendrán de todo el mundo, amarán los nuevos productos, adorarán las nuevas máquinas, serán modernos».

Boletín de la Exposición Universal. París, 1855.

En 1863 ve la luz el primer volumen fruto de esta colaboración: Cinco semanas en globo. Los pronósticos se quedan cortos: la novela se vende como rosquillas. Y Hetzel pide más: nada de ficción al viejo estilo. Le exige a Verne que escriba sobre situaciones bien documentadas, héroes porfiados, aventuras extremas… Y ciencia, mucha ciencia y mucho progreso tecnológico para aderezar el argumento. Los 62 títulos de Los voyages extraordinaires se publican entre 1866 y 1906. Hetzel & Cia (en el que podríamos incluir al autor como «uno más») asume la redacción-corrección-y-supervisión de la toda obra. Tras la muerte de Verne y aprovechando el tirón popular de la serie, su hijo y heredero le da continuidad al contrato original, aunque un tanto artificialmente, sirviéndose de notas y borradores inconclusos de su difunto padre, con el que siempre mantuvo una relación tortuosa. El proyecto se agota en 1919. El primer acuerdo de traducción al español se había firmado en 1886.

Aunque el talento de D. Julio está fuera de toda discusión, muchos opinan que el genio fue reconducido sagazmente por Hetzel, que cuidó tanto de la promoción como de la propia fase creativa, evitando la «dispersión» y orientando la contribución literaria y pedagógica de Verne hacia un producto de éxito comercial del que, dicho sea de paso, el editor se llevó la mayor parte de los beneficios. En una de sus cartas, el inventor literario de tantos y tantos ingenios y cachivaches rinde reconocimiento a su mentor afirmando sobre sí mismo que él es, a su vez, «un invento» de Monsieur Hetzel.

Les enfants du Capitaine Grant fue publicado por capítulos en el Magasin d’éducation et de récréation. El volumen original que incorporamos a nuestra biblioteca data de 1895(?). No lo podemos saber con seguridad porque la colección no hace referencia alguna a la fecha de edición, aunque se puede colegir por la decoración de la portada. Es un libro de porte noble, grande, de cortes dorados y con el lomo «del ancla», uno de los más bonitos de toda la serie. Las 172 ilustraciones de Édouard Riou (1833-1900) contribuyen al atractivo de un producto de colores llamativos, agradable al tacto y a la vista que, a pesar de haber sido impreso hace más de 125 años, sigue irradiando un poderoso influjo sobre el lector curioso y ávido de los secretos y aventuras que se esconden entre las páginas de un clásico inmortal.

¡Larga vida a Verne (y a Hetzel)!

el Crusoe de Zamorano

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Identificamos entre un montón de libros expurgados un ejemplar de Robinson Crusoe, de la editorial Aguilar (1969). Intentando identificar las virtudes que le faltaban a este ejemplar para ser condenado al ostracismo, se nos ocurrió que: 1) su apariencia no era muy vistosa, aunque estaba en buen estado; o 2) que se trataba de una adaptación anónima, tirando a mediocre. También pudiera ser que 3) la historia ya no fuera del gusto exquisito de nuestros escolares o 4) que los modernos textos de dudosos influencers ágrafos hayan conquistado las cátedras que antes ocupaban textos insignificantes y rancios como La isla del tesoro, Los hijos del capitán Grant o, sin ir más lejos, el Robinsón de Daniel Defoe (espero que la ironía de artificio alcance su objetivo). Sea como fuere, y merced a un donoso y casual escrutinio, de aquella caja de cartón emergió un libro blanco, con manchitas circulares en las hojas de cubierta y las maravillosas ilustraciones interiores de Zamorano que justifican el rescate y la reseña. Profesor de instituto, grabador, ilustrador y artista inquieto, Ricardo Zamorano (Valencia, 1923 – Madrid, 2020) fue opositor al régimen de la dictadura de los de verdad y cuando había que serlo, que utilizó la munición de su talento e hizo del fino trazo de su lápiz motivo de preocupación constante para la censura y la policía. Pero más allá de su significación política, Zamorano es un referente artístico con una producción muy variada a la que no le fue ajena la ilustración de libros.

Muy amigo de sus amigos, sus trabajos iluminaron los textos de algunos que alcanzaron notoriedad, como el Nobel D. Vicente Aleixandre (1898-1984). Otros trabajos menores pasaron más desapercibidos, como los que adornan el libro que traemos hoy aquí, pero no por ello esconden el mérito de un estilo inconfundible. Su fallecimiento no fue recogido por ningún medio, ni grande ni chico, pero puede ser que el amable lector se tope con Ricardo Zamorano sin querer en las paredes del Museo Nacional Reina Sofía (no sabemos si eso es bueno o malo), o entre las páginas de las extintas revistas Triunfo y Hermano Lobo. Y hasta cabe la posibilidad de que las viñetas le llamen la atención. Por nuestra parte hemos intentado rescatar su libro y su memoria. Aun a costa del bueno de Robinsón y del resto de historias que quedaron en aquella caja.

donaciones

Es normal que en un momento dado, los libros que sin pedir nada a cambio te acompañaron durante buena parte de tu biografía, ocupen más volumen del que puedes concederles y decidas al fin abrir la compuerta que contiene ese raudal de letra impresa. En otras ocasiones, una herencia o legado te convierte en albacea involuntario de decenas de tomos huérfanos, que vuelven sus lomos hacia ti inquiriendo con angustia sobre el futuro que les aguarda. En un momento en el que el concepto de libro como “objeto” está cambiando y los soportes digitales toman posiciones, es habitual que ante la perspectiva de mudanzas futuras, el que fuera coleccionista de sus propias lecturas (al fin y al cabo una biblioteca es el código de barras de un lector) se plantee la necesidad de soltar lastre y abandonar en dique seco aquellos títulos que antaño repletaron orgullosos las mejores estanterías de la casa y que hoy, caducos y desfasados, ocupan el emplazamiento que reclama un moderno monitor de treinta y dos pulgadas. ¿Qué hacer entonces? La salida más inmediata es la del contenedor de papel reciclado; pero son legión los que se muestran reticentes a consumar el sacrilegio, condenando a papel de estraza lo que venía siendo soporte del saber enciclopédico. Sin embargo, con el corazón en la mano, bien parece que no hay retiro digno para los tomazos de referencia temática y los manuales escolares, devorados y digeridos hasta el quimo por la Górgona de internet y sus infinitas fuentes de información. Especial asombro nos merecen los magos de la reutilización, los manitas que son capaces de construir un armario ropero con una edición completa de la Espasa. Si se opta por las donaciones, la mayoría de las bibliotecas públicas rechazan las cesiones desinteresadas porque se declaran incapaces de gestionar tal volumen de documentos. Si acaso, se admiten colecciones de valor histórico, artístico o bibliográfico, primeras ediciones o ejemplares raros por su número, temática o contenido. Los libreros de viejo adquieren al peso bibliotecas enteras con la esperanza de encontrar algún tomo que justifique la recogida y traslado al almacén. En ocasiones se puede identificar alguna joyita, un libro firmado por el autor o una edición ilustrada que llama la atención de bibliófiilos irredentos como los que acostumbramos a encontrar, lentes en ristre, escudriñando las novedades que se les ofrecen en la matritense Cuesta de Moyano, entre el ministro zamorano y Don Pío Baroja.

Nosotros que como institución educativa tenemos el deber de alimentar una biblioteca a la antigua usanza, aceptamos material en buenas condiciones que posea cierto interés didáctico y literario, especialmente colecciones de libros e lectura, clásicos y modernos, para atender la demanda de usuarios que aun reclaman el formato en papel, un maravilloso diseño inalterado durante casi dos milenios y probablemente el más longevo de la humanidad.

La última aportación nos ha servido para dotar de un fondo bibliográfico a la Residencia de Estudiantes. Los estantes que acogen a cuatro centenares de inquilinos resuelven los inconvenientes del cierre provisional de la biblioteca durante las tardes y ofrecen una alternativa al ocio de nuestros residentes en esos momentos en los que la televisión y sus múltiples canales son incapaces de satisfacer los gustos de tan heteróclito personal.

arte por naturaleza

La imagen impresa ha ejercido y ejerce un poderoso influjo en lectores de todos los tiempos. Durante los siglos XVII y XVIII los libros y catálogos de biología se esforzaban por sintetizar la enorme diversidad natural que tomaba posiciones entre las inquietudes del hombre de ciencia. Las colecciones traídas por las misiones de exploración permitían crear gabinetes y museos de historia natural. Pronto se pasó de las curiosidades a las descripciones minuciosas, la anatomía, la fisiología, la taxonomía. El arca de Noé ya no se mantenía a flote: había que tratar de explicar la adaptación al entorno de plantas y animales así como la necesidad de encajar al hombre en ese proyecto divino que se iba revelando demasiado sutil como para liquidarlo en seis días más el imprescindible de libranza. La coalición entre la ciencia y el arte produjo obras notables que alcanzaron una gran difusión y contribuyeron a aumentar la curiosidad y el interés por estos temas. Las distintas ediciones de la Histoire naturelle de Buffon y Lacépède que vieron la luz a lo largo de más de un siglo incluyen una importante colección de grabados de distintas procedencias. La técnica predominante era la xilografía, que consiste en grabar la imagen en un bloque de madera e insertarlo luego en un tipo de metal para ser impreso. Debido a la dificultad que encierra el proceso y al tamaño limitado de los bloques, las imágenes resultantes eran generalmente pequeñas. Las ilustraciones grandes debían ser compuestas mediante varios bloques pequeños colocados uno junto al otro. Imagen y texto se imprimían en páginas separadas que después se componían durante la encuadernación. Normalmente, las ilustraciones diseñadas para la reproducción eran presentadas por el artista en papel; acto seguido, el burilador trasladaba el dibujo al bloque o a la plancha de metal. La calidad de la ilustración final dependía de la capacidad del burilador y había siempre una cierta variación entre el boceto original y la ilustración final. Las planchas iluminadas como las que aparecen en nuestros ejemplares de la Société Bibliophile, se pintaron manualmente sobre la marca del grabado, lo que les confiere un cierto carácter de «piezas únicas». No debemos ocultar que esta actividad mecánica estaba reservada a niños que eran instruidos para aplicar los colores dentro de una cadena que permitía agilizar la producción. Avanzado el siglo se abandonó el bloque de madera, que fue sustituido por el grabado en plancha de metal, de cobre o acero. Se contabilizan un total de 1061 planchas en las ediciones realizadas por la Imprimerie Royal de los treinta y seis volúmenes publicados por Buffon entre 1749 y 1788. Lejos de considerarse un mero aditamento, el autor estimaba la ilustración como ayuda y apoyo indispensable en la descripción de los especímenes. Las buenas relaciones con la corona francesa explican la generosa prodigalidad gráfica de Buffon, ya que ediciones de este estilo resultaban enormemente costosas. Los primeros diseñadores fueron Jacques de Sève y Buvée, conocido por el sobrenombre de «el Americano». Aunque Buffon había manifestado que prefería bocetos frescos de ejemplares vivos, los esforzados dibujantes tuvieron que buscarse la vida ante la embergadura del proyecto. Se recurrió a dibujos previos, pinturas, testimonios verbales… Pero también a animales disecados o conservados en alcoholes que recorrían enormes distancias para llegar al gabinete del artista. En relación a la estampa del jaguar, de Sève reconoce que «No hemos visto este animal vivo, pero Pagès, el médico del rey en Saint-Domingue, nos lo envió entero y bien conservado en una especie de licor, y es sobre este tema que lo hicimos. dibujo y descripción». La ilustración del rinoceronte se correspondía con un retrato de Clara, la rinoceronte hembra que visitó París en 1749, estancia que aprovechó el pintor Jean-Baptiste Oudry para realizar su retrato. La exótica Clara fue exhibida por toda Europa hasta la extenuación (del animal) y finalmente murió en Londres, agotada y sin el cuerno característico, que se le había desprendido años atrás. En la Historia natural los animales siempre posan de perfil y los esqueletos aparecen en una especie de podio o pedestal, La parte dedicada a las aves se difundió a través de dos ediciones, una de ellas en blanco y negro en la que De Sève todavía se encarga del grabado, y otra iluminada con bellos colores, ideada por François-Nicolas Martinet (1731-1800), dibujante y grabador del rey. A partir de 1830, las Œuvres complètes aparecen con las nuevas planchas diseñadas por Edouard Travies (1809-1871) y Janet-Lange (1815-1872). Los volúmenes de la colección que puedes consultar en la biblioteca datan de 1850 (aproximadamente, porque están sin datar). No hemos podido establecer la autoría de «les gravures sur acier» que complementan los textos, aunque la calidad artística, salvo excepciones, es sensiblemente inferior a la de sus predecesoras. Los perfiles son infantiles, monótonos, sin alardes con el buril. El rasgo más sobresaliente es el color, delicadamente aplicado con mano firme y gusto exquisito. Los años transcurridos no han conseguido extinguir el brillo de los colores, protegidos por una fina película brillante que los ha conservado vivos y luminosos entre las páginas maltratadas por la humedad. A esta serie pertenecen las muy conocidas estampas del niño con un solo ojo, o los hermanos siameses unidos por el trasero, que aparecen publicadas por primera vez en 1835 y cuya autoría se puede atribuir al pintor Victor Adam. Con toda certeza, los mapas de los tomos 1 y 2 se deben a Robert de Vaugondy, famoso cartógrafo cotemporáneo de Buffon. Incluso para mediados del XIX los mapas en cuestión ya parecen de otra época. Aclaramos que la obra está íntegramente conservada y momentáneamente a salvo del expolio incomprensible que satura las librerías de viejo y las casas de subastas baratas, una moda que consiste en extraer las ilustraciones de mérito para venderlas luego por separado, y que al parecer cuenta con una clientela que no aprecia los libros ni como objeto ni como elemento de la cultura.

Esperamos que esta serie de artículos sirvan para situar al autor y su obra en los contextos historico y científico de su tiempo, moderando la tentación de juzgar los textos de Buffon, Daubenton y Lacépède, todos hijos del siglo XVII, por el contenido de ciertos discursos erráticos y simples y no por sus extraordinarias aportaciones. Para no confundir ni dispersar al lector hemos decidido no incluir referencias sino a través de vínculos directos hacia las fuentes más relevantes, entre ellas las fuentes primarias, totalmente accesibles para consulta en las salas de lectura virtuales de la Biblioteca Nacional de España o Francia, entre otras. Si deseas consultar las obras originales y contemplar sus ilustraciones, comunícale tu intención al encargado de turno porque estos volúmenes particulares no se ceden en préstamo.

los desastres de la guerra

La serie de grabados más conocida de Francisco de Goya presenta una visión de la guerra radicalmente distinta a la del resto de sus contemporáneos. Carentes de todo fin propagandístico, los descarnados cobres que el pintor empezara a grabar en 1810 nos muestran el rostro más oscuro y abyecto de la guerra: el de los muertos, los asesinos, los inocentes… los indefensos, el de los que se complacen con el padecimiento ajeno, con el escarnio sangriento que alimenta la venganza y no entiende de bandos ni de patrias. Los desastres de la guerra se editaron por primera vez en 1863, treinta y cinco años después de la desaparición del autor y transcurrido casi medio siglo del fin de la Guerra de la Independencia. Pronto nos ocuparemos de este capítulo de la moderna historia de España. y más en concreto de los Episodios Nacionales en este Año Galdós que tenemos por delante. Pero sigamos la huella gráfica de este insigne precedente para identificar a los maestros del cómic español que encontraron en el género bélico un perfecto vehículo para hacer historias. Los cuadernos apaisados de Hazañas Bélicas eran leídos por millones de lectores que los compraban en los quioscos para después intercambiarlos y canjearlos literalmente hasta el desgaste… El primer número fue publicado en 1948 con el sello de la editorial Toray. Se trataba de una historieta corta en blanco y negro, escrita y dibujada por un antiguo combatiente republicano, Guillermo Sánchez Boix (1917-1960), más conocido por su sobrenombre artístico: Boixcar. El dibujante creó un estilo muy personal y discutido, utilizando tramas y fotografías para reproducir al detalle abundante maquinaria de guerra. Como se puede suponer, los guiones debían navegar en el proceloso mar de la censura, y si bien muchos de los relatos abordan cuestiones más éticas que ideológicas, era inexcusable «decantarse» por un bando u otro a la hora de contextualizar las andanzas de los protagonistas. Así, en los relatos ambientados en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, «los malos» son los japoneses. En las historias del frente del este, los héroes son los alemanes y los villanos los rusos. Como se puede suponer, en los cuadernos sobre la Guerra Fría, el bando «canalla» es el comunista, formado por soviéticos, chinos, norcoreanos, vietnamitas o birmanos. La década de los cincuenta del siglo pasado fue particularmente prolífica en guionistas y dibujantes de gran talla profesional, dedicados en cuerpo y alma a producir a destajo para un mercado ávido y en expansión. García Iranzo, Luis Bermejo, Joaquin Brrenguer, Adolfo Álvarez-Buylla, Miguel Ambrosio ZaragozaVictor Mora, José Ortiz… Eran tantos en el oficio que se llegaron a crear varias agencias que operaban internacionalmente para representarlos allende nuestras fronteras. No fueron pocos los que encontraron oportunidades de promoción personal y artística en Europa e incluso en Estados Unidos, donde a la sazón se publicaban las series más difundidas e influyentes del momento. Tal fue el caso de Luis Collado Coch (Valencia, 1935), uno de los más jóvenes de esta generación prodigiosa, que publicó gran parte de sus historietas bélicas en el Reino Unido. Este autor de larguísima trayectoria fue uno de los valuartes de la revista Pacifik, una curiosa iniciativa editorial decididamente antibélica, y en la que también colaboraron Reed CrandallJoe OrlandoCarlos Giménez, Victor Hugo Arias, Gray Morrow, Alex Toth, Sergio Toppi… El experimento se prolongó en España durante tres números (que puedes leer en la biblioteca si lo deseas). Collado Coch se encargaba de las páginas centrales, a todo color. Bajo el título genérico de Historias de soldados, Collado dramatizaba la esencia misma del conflicto: unos matan y otros mueren… una sencilla disyuntiva que sin embargo no te librará de morir sepultado bajo los escombros. Como artesano en activo, Collado sigue publicando trabajos primorosos con guiones propios y excepcionalmente documentados. Nosotros hemos querido profundizar un poco más en la obra del autor valenciano. Con ello pretendemos tributar un sencillo homenaje a toda aquella generación de artistas gráficos que elevaron la historieta a la categoría que aun hoy le corresponde.

http://www.youtube.com/watch?v=G8Z_n2zOtgM

 

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