Categoría: recomendaciones (Página 12 de 21)

autos

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Desde el mismo momento de su concepción, el coche ha ejercido un poderoso magnetismo que en poco más de un siglo nos ha llevado a identificar nuestro modo de vida con este armatoste autopropulsado, el comienzo y el final de cualquier interacción con el entorno. Más allá de su indudable utilidad (de ahí lo de «utilitario»), el desplazamiento ha pasado a ser un asunto secundario como bien se encarga de subrayar la publicidad. ¿Te gusta conducir?, entonces… ¿Qué más te da que no tengas dónde ir? ¿Te va a retener la subida bestial del carburante? ¿Consientes que el vecino, que es un muerto de hambre, maneje un modelo mejor que el tuyo y te lo aparque delante de las narices? Todo movimiento de política populista pasa por atraer a las multinacionales del ramo, fomentar la compra de automóvil nuevo, construir autopistas y carreteras a cualquier precio, grabar la contaminación que provoca, idolatrar a los pilotos deportivos de dudosa fidelidad fiscal u otorgar licencias fraudulentas a los que velan por la inspección técnica del numeroso y suculento parque móvil… eso por no hablar de las sanciones al tráfico rodado o los intereses que se mueven alrededor de los carburantes, las estaciones de servicio, la «zona azul», los aparcamientos. A principios del siglo pasado fueron los ricos y poderosos quienes sucumbieron a la fiebre de la velocidad, identificando el progreso con la automoción. El automóvil pronto se fue motivo literario: Joyce introduce una competición de velocidad en un cuento de Dublineses (1914), y a principios de los años treinta Musil da comienzo a El hombre sin atributos con la descripción de un accidente de tráfico. Más próximo a nosotros, nuestro querido Fernández Flórez publica en 1938 El hombre que compró un automóvil, un libro disparatado en el que se anticipa el moderno culto al coche y hasta se ironiza sobre las incisivas técnicas de venta. Como apunta Manuel Rodríguez Rivero, «el coche sirve en la literatura para el amor y el cortejo, para escapar (del hambre, del peligro, de la rutina, de la opresión), para matar y morir, para empezar de nuevo, como signo de estatus, como rito de paso, como instrumento de liberación (de todo tipo de cautiverio, incluido el del hogar patriarcal), como agente de excitación sexual (Crash, de J. G. Ballard, 1973). El automóvil, ese “admirable artefacto”, como lo llamó el entusiasta Ortega y Gasset en 1930, ha impregnado desde sus orígenes el imaginario colectivo y ha cambiado costumbres sociales profundamente arraigadas.»

Los autos venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los autos azules —los autos de sus amigos los franceses.

James Joyce. Dublineses (1914) 

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estanteria

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«Los libros no se prestan» es una frase incomprendida. Es efecto de una regla que jamás se dice, pero que se cumple a rajatabla: «los libros no se devuelven». Esta norma solo tiene algunas excepciones que la confirman: hay libros que son devueltos. Pero cómo. Cuando no deslomados, desencuadernados o desencolados, retornan doblados o apisonados, oblicuos o llenos de elementos extraños al papel y la tipografía que los componen. Elementos como una mosca aplastada, miguitas de pan o granos de arena, cuando no la huella indeleble y negra de un criminal a quien se le deberían llevar a juicio porque gusta de leer y hurgarse la nariz al tiempo sobre páginas que son de propiedad privada. El préstamo de libros es, en puridad, lectura en usufructo, no posesión del bien. Lo peor es que el que hurta libros aprovechándose de la confianza de quien los presta no tienen siquiera conciencia del daño. Alega siempre el olvido, el descuido, Y su víctima tiene que tragarse el enfado por el apropiamiento y la felonía, porque jamás será comprendido, ni por la otra parte, ni por la sociedad. «Vamos hombre, ponerse así por un libro». Hay una táctica cortés y valiente, además de efectiva, para mantener intacta la biblioteca. Cuando un amigo o conocido pide que se le preste un libro, lo mejor es echar mano a la cartera y ofrecerle el importe de lo que cuesta. «Toma 30 euros cómpratelo tú. Ya me devolverás el dinero». Lo normal es que no acepten el préstamo, quizá porque como no pensaban devolver el libro, tampoco piensan regresarte el dinero. Pero deber dinero lo consideran más grave que no devolver libros. Por una deuda económica tienen que esconderse, cruzar de acera, regir el saludo, dar explicaciones. Por un libro creen que deban cumplir en nada; como mucho, las primeras veces, dicen como distraídos: «tengo u libro tuyo en casa. A ver si me acuerdo de devolvértelo, chico». La ocasión que crearon para pedírtelo son incapaces de crearla para devolvértelo. Además, con el dinero no devuelto, ya hay una razón socialmente aceptada para retirar al traidor trato y saludo, incluso para arrastrarle la horra por la suelos, más cuanto más pequeña sea la cantidad. Yo soy de los que prefiere perder lo que cuestan los libros que perder los libros.

Juan Carlos Esparza

ripley no ha muerto

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Tom Ripley es el vástago literario más reconocido y reconocible del bestiario particular de Patricia Highsmith. Su personalidad se va construyendo a lo largo de una saga que comprende cinco novelas (no merece la pena dar sus títulos porque todos ellos contienen la palabra «Ripley») publicadas entre 1955 y 1991. Sus orígenes son modestos. Pero el destino le da la oportunidad de conocer el lujo y el derroche, algo que le arrebatará al punto de convertirle en un cínico asesino que diseña su propio ascenso social y económico sobre el cadáver de un joven heredero. Literalmente. A partir de ese momento, Ripley se forja una cómoda existencia entre macizos de flores y obras de arte, aunque nunca abandonará esa pulsión fría que le lleva a cometer crímenes sin el menor asomo de culpa o arrepentimiento. Un tipo curioso este Ripley, porque a ojos del lector su conducta no le convierte en un ser desagradable o aborrecible. Al contrario: la naturalidad con la que aborda cada una de las situaciones es tan verosímil que a pocos se les ocurriría poner en entredicho las motivaciones que le mueven a actuar como lo hace. A Ripley no le han faltado caras cinematográficas: desde Alain Delon (el mejor) y Dennis Hopper hasta John Malkovich (nuestro favorito) y Matt Damon. Todas las adaptaciones son bastante libres para que el contenido argumental le resulte sólido y convincente al espectador no iniciado. Y aunque en algunas se intuye que Ripley es desenmascarado, la justicia nunca logrará probar ninguno de sus crímenes. Patricia Highsmith, su cronista a lo largo de casi cuarenta años, murió en 1995; pero no descartamos que Ripley siga viviendo en alguna villa de la Riviera Francesa o, mejor aún, bajo el sol de Marbella, haciendo de las suyas y amparado, como siempre, por la más absoluta impunidad.

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la tabla periódica, la literatura y la vida

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La Tabla Periódica de los elementos representa el orden natural, la armonía de la materia. Más allá de la apariencia, el reino de lo muy pequeño se muestra tan enigmático como el oscuro y vacío Universo de galaxias y estrellas que tan solo podemos intuir a través de esa ventanita diminuta que llamamos cielo. Sin embargo, hemos podido establecer de que están hechas las cosas y las leyes que determinan las distintas combinaciones, lo que ha proporcionado al género humano un inmenso poder para transformar su entorno y obrar en provecho de unos intereses en ocasiones poco claros. La engañosa simplicidad de la tabla de Mendeleiev es uno de sus atractivos, y por eso su elegante arquitectura ha inspirado a otros para crear sus particulares clasificaciones «periódicas», con sus propios números, colores y símbolos, aunque no tan rigurosas e incontestables. De entre ellas, nos ha llamado la atención esta Periodic Table of world literature, un ejercicio anglosajón que agrupa a los escritores más influyentes de la historia, y en el que comparten grupo Charles Baudelaire (Ba) con Bob Marley (Bo), por ejemplo; o Dostoiesky (Fd) y J. K. Rowling (Jk). Quizá entre el Hidrógeno (H) y el Praseodimio (Pr) no haya tanta diferencia como entre cada uno de estos pares, eso suponiendo que todos pertenezcan a la misma entidad química que podríamos denominar literatura. Otra conocida tabla periódica es la del siempre interesante Primo Levi, una obra dividida en veintiún capítulos dedicados a distintos elementos y donde esboza historias en las que la química (las profesión del autor) y sus experiencias en los campos de concentración nazis se funden en un relato apasionante, incluso para los que no tienen idea de lo que es el número atómico o la teoría de los orbitales moleculares. Ni falta que hace. En el capítulo dedicado al Vanadio (V), una partida de barniz defectuoso propicia el contacto con un antiguo carcelero que pretende limpiar su mala conciencia…

¿Qué hacer? El personaje Müller se había entpuppt, había salido de la crisálida, se perfilaba nítido, bajo los focos. Ni infame, ni heroico. Dejando aparte la retórica y las mentiras de mejor o peor fe, lo que quedaba era un ejemplar humano típicamente gris, uno de los no escasos tuertos en tierra de ciegos. Me hacía un honor que no merecía al atribuirme la virtud de amar a mis enemigos. No, a pesar de los lejanos privilegios que me deparó su trato, y aun cuando no hubiera sido un enemigo mío en el estricto sentido del término, no era capaz de amarlo. Ni lo amaba, ni tenía ganas de verlo. Y sin embargo me despertaba un conato de respeto; ser tuerto no debe resultar cómodo. No era un cobarde ni un sordo ni un cínico, no se había adaptado, estaba ajustando cuentas con el pasado y las cuentas no le salían; se esforzaba por hacerlas coincidir, aunque fuera haciendo algunas trampas.

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en el frente ruso

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El odio, por un trágico engaño, perpetúa los males de los que nace. Con esta contundente sentencia Bertrand Russell alude a los conflictos bélicos y al combustible que los alienta. La guerra se sostiene sobre odios diseñados para obtener la adhesión de la masa y elevar la moral de la tropa. Los soldados de la División Azul formaban parte del extraordinario contingente alemán que Adolf Hitler envió para sojuzgar la roja Rusia Soviética. La participación española en la segunda guerra mundial fue el fruto de una colaboración a medias entre dos autócratas que se hacían favores interesados, acuciados por el miedo y a desconfianza. Franco se las apañó para reclutar unos miles de «voluntarios» entre las ascuas todavía calientes de una España en llamas: fanáticos, fascistas, aventureros; pero también opositores políticos, analfabetos y represaliados a medio fusilar que habían tenido que elegir entre una bala cierta en casa y una incierta en algún lugar remoto muy al este de Europa. Todos ellos a la espera de que el odio nazi alimentara lo que se prometía una gloriosa batalla contra el comunismo.  En La pantasma de los relós qu´atrasen, novela en asturiano del amigo Rubén Sánchez, se analiza con bisturí forense el largo camino de ida y vuelta (en el caso de los más afortunados) de unos hombres atrapados entre odios apócrifos, consignas prusianas y ambiciones totalitarias, figurantes de opereta en un dramón wagneriano con trágico final. El protagonista desemboca en el cauce de una corriente que lo arrastra consigo sin pausa ni sosiego, pero a la que también debe una forzada asunción a la dignidad de héroe, curioso salvoconducto para alguien que lo único que anhela es vivir en paz en su propio terruño. El relato está impecablemente documentado para que el lector no pierda en la ficción el hilo conductor de la historia. Una bonita revisión de la terrible guerra mundial desde el punto de vista de un «voluntario» involuntario, con el recuerdo puesto en los miles de españoles inocentes que sufrieron la represión y el exilio tras la Guerra Civil.

Alcuérdome d´un sarxentu que se clavare la bayoneta en vientre, santiguándose mientres abarquinaba y esvocesaba. Desplomóse faciendo la señal de la cruz.  Tres fíos n´España perdíen un padre mientres la guerra siguía. D´ehí aprendí qu´un home, enantes d´aforcase o de pegase un tiru na sien, cola memoria llanza una mirada perdida y muria´l paixase de la niñez, al llugar onde creció, imaxinando que ye un neñu y que so ma vien abrazalu y garralu en cuellu p´achuchalu. ¡A la hora de poner el puntu final na novela de la vida d´un, volvemos a ser neños!

nueva estantería

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A lo largo de este curso iremos repasando, como siempre, las efemérides literarias de este año 14, que viene cargadito de medios y cuartos de siglo. Para empezar, en julio hará cien años del comienzo de una de las carnicerías más devastadoras de la historia: la Primera Guerra Mundial abrió una profunda cicatriz artística y literaria que dejó huella en la piel lacerada un mundo que ya nunca volvería a ser el mismo. Han pasado cien años y ya no queda nadie que deje constancia de la masacre. Ya solo podemos recrear el pasado inmediato a través de los testimonios grabados y de los ríos de tinta que desde entonces hacen rebosar los sinuosos cauces de la memoria. Pero también es posible recordar el cuadrigentésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de Shakespeare, el centenario de Marguerite Duras, Cortázar, el burro Platero y Bioy, así como las cincuenta primaveras de la Mafalda de Quino. Sin embargo, hay una fecha inmediata, el 22 de febrero, en la que se cumplirá el septuagésimo quinto aniversario de la muerte de un hombre bueno: Antonio Machado. Dicen que la primera noche de destierro en territorio francés se la pasó en un vagón de tren, abandonados en vía muerta (tanto el vagón como el pasajero). No es difícil imaginar la triste figura del poeta, sostenido por su madre, maltrecho, casi exánime, abatido y roto por dentro y por fuera. La estampa del exiliado, del que huye no solo para salvar la vida sino la dignidad, tan laboriosamente construida con fe en el verso y la palabra. Sirva como preámbulo este video, cargado de versos que no por muy conocidos, o quizá precisamente por eso, suenan llenos de ternura y sabiduría. Pues eso.

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