Categoría: recomendaciones (Página 13 de 21)

bustos domecq

cuentos_bustos

Borges conoció a Adolfo Bioy Casares en 1932. Por aquel tiempo, «Adolfito» (que así es como llamaban a Bioy) era un muchacho joven, de familia bien, con profundos intereses literarios. Adolfito lo tenía todo: los Casares eran dueños de media Argentina. Pero además, estaba empeñado en ser escritor. Fruto de esta relación con Borges, Bioy publica la que posiblemente será su obra más recordada: La invención de Morel (que nada tienen que ver con las invenciones de ese otro Morrell, que se ganó fama de embustero al informar de que había sido el descubridor de la inexistente Nueva Groenlandia del Sur). De la mutua afición por la narrativa y el cuento, surgieron dos autores ficticios: un tal Benito Suárez Lynch por un  lado y por el otro, el algo más reputado y conocido Honorio Bustos Domecq, que firmó varias obras como Los seis problemas para Don Isidro Parodi o Crónicas de Bustos Domecq. Al resguardo de estas ficticias identidades también formaron parte de antologías del cuento detectivesco promovidas por ambos dos: en Los mejores cuentos policiales aparecen relatos de Irish, Ellery Queen, Graham Greene o Faulkner, pero también de Poe, Stevenson, Conan Doyle, London, Peyrou o Adolfo Luis Pérez Zelaschi. El cuento de éste último, Las señales, es posiblemente el mejor de todos ellos: un ejercicio definitivo de genio narrativo que no pasó desapercibido para el tándem Borges-Bioy, y del que reproducimos un pequeño fragmento:

Allí estaban. Midió agónicamente sus posibilidades de escape: ninguna. Tres altísimas paredes verticales y ciegas cerraban el patiecito. Nadie oiría un grito mientras el viento zumbelara allá arriba, tan perdido Manuel Cerdeiro en la ciudad como en un abismo entre montañas desnudas. Sólo cabía regresar al bar (“ahoramevanamatar”) y eso hizo. De no estar tan aferrado por la circunstancia, por los ineludibles aquí y ahora, hubiese comprobado que su espanto había desaparecido y que podía realizar un balance, incluso desapasionado, de los hechos o, por lo menos, de los hechos que le concernían.

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mapas

medalla_drake

Los mapas han formado parte de nuestra vida desde la infancia. Todos identificamos la imagen de los coloreados mapas que cuelgan de los muros escolares, de los globos terráqueos que nos regala las tía Elvirita por nuestro cumpleaños, los desplegables que se compran en la gasolineras cuando te falla el sistema de navegación o los complicados esquemas de isobaras que representan el caprichoso proceder de las errantes masas de aire. Los mapas tienen la facultad de aparentar cualquier geografía, real o ficticia, y sus líneas irregulares cuentan con un poder evocador casi inmediato, una suerte de magnetismo que atrae los dedos con los que anticipamos la derrota de nuestra trayectoria, quien sabe si para perdernos en alguna remota jungla de Madagascar o desembarcar en la archiconocida isla de Trinidad a la busca del tesoro. Los mapas han sido habituales en relatos e historias de piratas y aventureros, prófugos y peregrinos que se preguntaban lo que había más allá del horizonte. Pero para los que gustan de los mapas por sí mismos, se entusiasmarán con interesantes incursiones en los históricos libros de geografía que pueden descubrir por la red, desde la preciosa Cosmografía de Ptolomeo hasta el atlas de Frederik de Wit, dos atractivas invitaciones para viajar en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Los que quieran saber un poco más pueden echar un vistazo al libro Historia de los mapas de G. R. Crone o pasar un buen rato con las anécdotas que relatan Ken Jennings en Un mapa en la cabeza o Simon Garfield en En el mapa, cuyo subtítulo nos avanza el carácter de la obra: De cómo el mundo adquirió su aspecto. 

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Viejos mapas, mapas viejos

la mirada del hombre solo

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A Albert Camus le gustaba el fútbol. Le apasionaba tanto como el teatro. De pequeño, en su Argelia natal, había jugado de guardameta de un equipo local. Camus decía que todo lo que sabía del mundo se lo debía al balompié: «aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga». Pero el que estuviera llamado a ganar el premio Nobel de literatura en 1957, se retiró de los estadios cuando la tisis se instaló en su cuerpo para no abandonarle nunca. Una de las constantes en la corta vida de Camus fue la de superar la adversidad: de extracción humilde, Camus era hijo de emigrados. Huérfano de padre, su madre, de origen menorquín, era sorda y analfabeta. En el entorno inmediato del joven Alberto, las previsiones sobre el futuro del muchacho pasaban por trabajar en la carnicería de su tío para salir adelante. Sin embargo, la tenacidad del futuro escritor y sus evidentes dotes intelectuales movieron el interés de sus maestros, que orientaron y dirigieron las primeras lecturas de Camus. Unas lecturas que le ayudaron no solo a consolidar sus ideas, sino a conquistar laboriosamente la lengua francesa, vehículo de una interesante producción literaria, teatral, periodística, ensayística y filosófica. Hijo de su tiempo, el existencialismo no reconocido de Camus (en contraposición con el de su antagonista Sartre), está marcado por la peripecia vital del autor, comprometido en los conflictos de su tiempo, empezando por el colonialismo francés y el nazismo alemán para continuar con los movimientos sociales y políticos que se desataron en Europa al calor de la Revolución rusa y la posterior consolidación del estalinismo soviético. Camus escribió «Révolte dans les Asturies», considerada la obra de letras más reseñable en torno a la revolución asturiana de 1934. En ella apunta que «todo revolucionario termina siendo opresor o hereje. En el universo puramente histórico que han elegido, rebelión y revolución van a parar al mismo dilema: o la policía o la locura». Mientras otros intelectuales se comprometían políticamente y justificaban los excesos como la única forma de conquistar la felicidad, Camus se alejaba de posiciones dogmáticas y de ideologías agotadas: “son los medios los que deben justificar el fin”; no distinguía entre la barbarie de los malos, representada por campos de concentración y cámaras de gas, y los nobles fines de los buenos, primero con sus bombas atómicas y después con sus gulags y sus tanques. El intelectual, escribía Camus, debe moverse en la escala de lo humano y no en el nivel de las grandes abstracciones: «la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse sierva del odio y la opresión». Esta es una de las afirmaciones que el autor laureado pronunció en su discurso de aceptación del premio Nobel. A pesar de sus achaques, nada hacía presagiar que fallecería apenas tres años después, en un absurdo accidente de tráfico. Pero nos dejó un puñado de obras inteligentes y un libro póstumo editado por su hija. Si estás interesado en familiarizarte con este humanista que expresaba sus pensamientos de forma literaria, te recomendamos que comiences con uno de sus cuentos, un relato elocuente, particularmente intenso, que describe el sentimiento de soledad de un hombre instalado en un mundo inhóspito, un mundo forjado a golpes que dicta sus propias lecciones de supervivencia. La lúcida mirada del hombre solo.

Durante mucho tiempo, se quedó echado en el diván mirando al cielo que se oscurecía poco a poco, escuchando el silencio. Ese silencio que los primeros días de su llegada, después de la guerra, le había parecido tan penoso. En aquella época, había pedido un puesto en la pequeña ciudad al pie de los contrafuertes que separan la altiplanicie del desierto. Allí, unas murallas rocosas, verdes y negras al norte, rosas o malvas al sur, marcaban la frontera del eterno verano. Pero lo habían nombrado para un puesto más al norte, en la misma meseta. Al principio, la soledad y el silencio le habían resultado muy duros en aquellas tierras ingratas, habitadas solamente por las piedras. A veces, la existencia de unos surcos hacia pensar en tierras cultivadas, pero en realidad los surcos habían sido excavados para sacar a la luz del día cierta piedra propicia para la construcción. Allí sólo se labraba para cosechar pedruscos. Otras veces, raspaban algunas pellas de tierra, acumuladas en las hondonadas, para abonar los áridos jardines de los pueblos. Solamente la piedra cubría las tres cuartas partes de este país, en el que las ciudades nacían, brillaban y desaparecían; los hombres pasaban, se amaban o se mordían la garganta, y después morían. En este desierto, nadie, ni él ni su huésped, eran nada. Y sin embargo, fuera de este desierto, ni uno ni otro, Daru lo sabia muy bien, hubiera podido vivir verdaderamente.

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polluelo

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Una vez abierto el necesario paréntesis para para charlar, leer, escribir, observar, pensar y holgazanear, se nos presenta el nuevo curso con multitud de proyectos pendientes. Pero como la voluntad humana —y en particular de quienes suscriben— es altamente tornadiza, no albergamos esperanzas de culminar la mayoría de ellos, lo que nos ahorra frustraciones y fatuos desencantos. No hay nada mejor que aceptar la mediocridad para asegurarte una autoestima a prueba de balas. Durante el verano nos desayunamos con algunos libros de esos que se expurgan a la buena de dios de las bibliotecas escolares, como la «Breve historia de China», escrito por el profesor Owen Lattimore, acusado durante años de espía soviético por el borrachuzo del senador McCarthy, o las «Nuevas aventuras de Robinsón Crusoe» de Defoe, con un protagonista de sesenta y un años al que todavía le va la marcha. A mediodía nos almorzábamos con los netsuke de «La liebre con ojos de ámbar» de Edmund de Waal o «La soledad de los números primos«, un descubrimiento este libro, novela que fue llevada al cine hace un par de años. Después de cenar nos repasábamos todas las aventuras de Theodore Poussin (o Pollito), el personaje de Frank Le Gall, del que pudimos ver algunos de sus originales a tinta en la exposición que organizó el festival  de la historieta de La Coruña. Y para evitar el eco cansino de los ruidosos perros del vecindario, nos apuntamos a la música de fagot hasta que convencimos a Paula de que solicitara este instrumento en la escuela de música. Suponemos que los que albergan esperanzas de aprobar las pruebas de septiembre se habrán tomado la molestia de ayudar un poquito a la fortuna haciendo el tradicional acopio insustancial de conocimientos vacuos. Si no ha sido así, esperamos que al menos esgriman la disculpa de que anduvieron entretenidos con lecturas de más fuste, aunque ya se sabe aquello de que litterae non dant panem.

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Theodore Poussin en acción

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estantería primaveral

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¡Pero cómo llueve! ¡Y llueve! Y cuanto más lo pienso, más llueve. Llueve bajo el árbol de Tántalo, llueve por el bies del Cantábrico; llueve como una pena enorme, como un saco de agua, como una cascada detenida… Llueve a mares, sin tregua, es algo así como un estornudo atómico, un pozo invertido, una herida en el viento… Así que a falta de verde seco y rumor de océano quieto te proponemos que le eches un vistazo a nuestra estantería primaveral y tomes el libro que quieras. Hay de todo: un poco de ciencia, de historia, de guerra, de ficción, de buena literatura, de cómic… Para perder el gusto. O para ganarlo, ¡quién sabe! (Lo de France Gall es una debilidad personal: no sabe bailar, no sabe cantar, no sabe peinarse, no sabe mirar a la cámara pero, ¡qué bien lo hace!)

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tardi a las trincheras…

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Hace un par de meses, Jacques Tardi rechazó la Legión de Honor, condecoración instituida por Napoleón hace doscientos y pico años. El que más tarde sería autocoronado emperador sabía muy bien lo que hacía: cuando alguien le dijo que estas dádivas eran meros «hochets» (sonajeros, juguetitos para niños…) él respondió: Vous les appelez les hochets, eh bien c’est avec des hochets que l’on mène les hommes. Tardi, que conoce muy bien la historia reciente de su país, declinó tal distinción con una bala dialéctica del calibre de su obra: «Uno no tiene por qué estar forzosamente contento de ser reconocido por la gente que no quiere».  Posiblemente esta actitud le granjeará algún magno reproche tanto monárquico como republicano, pero para sus lectores es la rúbrica perfecta de un autor de enorme mérito y coherencia. Tardi es hijo y nieto de combatientes, y la guerra ha estado siempre muy presente en su vida y en su obra. Su abuelo fue uno de los inocentes protagonistas de sus historias en las insalubres trincheras del glorioso ejército francés; su padre René lo fue como prisionero de guerra en un stalag alemán. Las imágenes que recrea con su pluma son un antídoto contra la indiferencia. Presta gran atención a los escenarios, que son capaces de trasladarnos en butaca de primera fila a la representación de esos insignificantes episodios donde se consumen poco a poco la vida y las esperanzas de los últimos peones de la guerra: los soldados rasos. La temática bélica está muy presente en la obra de Tardi:  C’était la guerre des tranchées (1993), Voyage au bout de la nuit (1988) o Putain de guerre (2008) son algunos ejemplos, quizá los más emblemáticos del pensamiento del autor, recogido en estas pocas palabras:

Un montón de tratados deberían asegurarnos la paz. Pero bien se sabe que no serán respetados: porque es preciso llenar de gasolina los depósitos de los coches; que el ciudadano sea atado a su pequeño confort [calefacción central y televisión], que devuelvan los préstamos a los bancos. Es preciso que todas estas coacciones le preocupen y le angustien. Delante del telediario, a la hora de cenar, le hará comprender que vive en un país casi paradisíaco y se adormecerá olvidando la revolución. Es lo menos que desean los gobiernos…

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En fin. Internet hierve de información sobre guerra, cómic, literatura… Esta modesta aproximación al género no ha tenido más pretensión que la de remover los cimientos de la curiosidad y poner de relieve la cantidad y la calidad de obras que nos aproximan, por fortuna en sentido figurado, a la realidad sucia, cruel, perversa y tan humana de la Guerra, la misma Guerra con mayúsculas que hoy mismo se vive en Siria, Colombia, Irak, Mali… Queremos concluir con la escena final de la película Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick (una de las confesadas influencias de Tardi) cantando o, mejor dicho, tarareando la cancioncilla «El valiente húsar» con ayuda de los bravos soldados y la cándida muchacha alemana, todos ellos atrapados por un destino incierto que aguardan, resignados, la triste condecoración que ellos nunca solicitaron…

Und als er zum Schatzliebchen kam,
ganz leise gab sie ihm die Hand,
die ganze Hand und noch viel mehr,
die Liebe nahm kein Ende mehr.

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