Categoría: recomendaciones (Página 14 de 21)

tardi a las trincheras…

soldado_tardi

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Hace un par de meses, Jacques Tardi rechazó la Legión de Honor, condecoración instituida por Napoleón hace doscientos y pico años. El que más tarde sería autocoronado emperador sabía muy bien lo que hacía: cuando alguien le dijo que estas dádivas eran meros «hochets» (sonajeros, juguetitos para niños…) él respondió: Vous les appelez les hochets, eh bien c’est avec des hochets que l’on mène les hommes. Tardi, que conoce muy bien la historia reciente de su país, declinó tal distinción con una bala dialéctica del calibre de su obra: «Uno no tiene por qué estar forzosamente contento de ser reconocido por la gente que no quiere».  Posiblemente esta actitud le granjeará algún magno reproche tanto monárquico como republicano, pero para sus lectores es la rúbrica perfecta de un autor de enorme mérito y coherencia. Tardi es hijo y nieto de combatientes, y la guerra ha estado siempre muy presente en su vida y en su obra. Su abuelo fue uno de los inocentes protagonistas de sus historias en las insalubres trincheras del glorioso ejército francés; su padre René lo fue como prisionero de guerra en un stalag alemán. Las imágenes que recrea con su pluma son un antídoto contra la indiferencia. Presta gran atención a los escenarios, que son capaces de trasladarnos en butaca de primera fila a la representación de esos insignificantes episodios donde se consumen poco a poco la vida y las esperanzas de los últimos peones de la guerra: los soldados rasos. La temática bélica está muy presente en la obra de Tardi:  C’était la guerre des tranchées (1993), Voyage au bout de la nuit (1988) o Putain de guerre (2008) son algunos ejemplos, quizá los más emblemáticos del pensamiento del autor, recogido en estas pocas palabras:

Un montón de tratados deberían asegurarnos la paz. Pero bien se sabe que no serán respetados: porque es preciso llenar de gasolina los depósitos de los coches; que el ciudadano sea atado a su pequeño confort [calefacción central y televisión], que devuelvan los préstamos a los bancos. Es preciso que todas estas coacciones le preocupen y le angustien. Delante del telediario, a la hora de cenar, le hará comprender que vive en un país casi paradisíaco y se adormecerá olvidando la revolución. Es lo menos que desean los gobiernos…

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En fin. Internet hierve de información sobre guerra, cómic, literatura… Esta modesta aproximación al género no ha tenido más pretensión que la de remover los cimientos de la curiosidad y poner de relieve la cantidad y la calidad de obras que nos aproximan, por fortuna en sentido figurado, a la realidad sucia, cruel, perversa y tan humana de la Guerra, la misma Guerra con mayúsculas que hoy mismo se vive en Siria, Colombia, Irak, Mali… Queremos concluir con la escena final de la película Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick (una de las confesadas influencias de Tardi) cantando o, mejor dicho, tarareando la cancioncilla «El valiente húsar» con ayuda de los bravos soldados y la cándida muchacha alemana, todos ellos atrapados por un destino incierto que aguardan, resignados, la triste condecoración que ellos nunca solicitaron…

Und als er zum Schatzliebchen kam,
ganz leise gab sie ihm die Hand,
die ganze Hand und noch viel mehr,
die Liebe nahm kein Ende mehr.

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ingeniería de papel

«Arte pop-up»

Cuando se popularizaron en España a mediados del siglo pasado recibieron el nombre de ilustración-sorpresa, aunque se tiene noticias de estos libros-juguete desde el siglo XVI. Quizá la definición de «ingeniería de papel» sea la que más les va a estas obras de arte, pequeñas piezas de elaborada concepción que amplían una dimensión las ideas contenidas entre las páginas de un libro. Jugando con nuestro cerebro, la técnica del troquelado móvil es una fuente inagotable de pasmo para niños y mayores, un juguete inesperado que reclama la atención del lector llamándolo al interior de sus entrañas de papel. Los autores suelen repartirse las tres tareas necesarias para realizar una obra de estas características: la «arquitectura», la ilustración y el texto, aunque hay ocasiones en las que la creación en su conjunto se la debemos a un solo artífice. Los que ahora se dicen pop-up siguen siendo caros, pero no tanto, si tenemos en cuenta el diseño avanzado y su indiscutible mérito estético. Los coleccionistas buscan ejemplares raros y sorprendentes en un mercado cada vez más saturado. Nosotros no disponemos de libros tales entre nuestros fondos, aunque sí podemos encontrarlos en las bibliotecas públicas, normalmente desvencijados y viciados por el uso. A los padres les debemos muchos de esos «primeros auxilios» que requieren los delicados mecanismos. Pero generalmente cuando forzamos un pliegue y lo le damos el margen de holgura necesario, toda la escena se desmorona… Y lo que es peor: la rehabilitación ya no es posible. Como la vida misma.

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hablando de los miserables…

Hace ciento cincuenta años que se publicó esta novelaza de Victor Hugo, larga como un día sin whatsApp. Pero ¡ojo! No se dejen llevar por el volumen. Si bien hay pasajes que pueden hacerse largos y pesados, la intensidad dramática de «Los miserables» merece una lectura al menos una vez en la vida. En este libro se recrean dilemas morales de perpetua actualidad, argumentos que siguen siendo, después de siglo y medio, acorazados a la deriva en este mar nuestro, agitado por las olas y los torpedos subacuáticos. Por estos días se nos venía a la cabeza la figura de Jean Valjean, el protagonista de la novela, perseguido infatigablemente por el jefe de policía Javert, el representante de una justicia que nunca le perdonará haber robado unas hogazas de pan. Ecos del pasado, claro, porque afortunadamente, en este siglo XXI nuestro contamos con una administración de justicia modélica que por cuatro duros ilumina cualquier sombra de iniquidad como la que describe Victor Hugo. «Los miserables» han inspirado obras menores y mayores. Desde las películas o las sesiones que Orson Welles le dedicó en su mítico espacio radiofónico del Mercury Theatre, hasta el archimegaconocido musical que lleva representándose varias décadas y cuyo emblema presenta a Cosette, la niña abandonada, dibujada por Émile Bayard para la primera edición de la obra.

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Can you see anything?

¿Quién no ha soñado alguna vez con encontrarse un tesoro? Este recurrente argumento onírico ha alimentado durante siglos la imaginación de cientos de autores. Pero muy pocos experimentaron en carne propia la indescriptible emoción de un hallazgo tal. En un día como éste, hace ahora noventa años, Howard Carter no tenía ni idea de que el desierto estaba a punto de revelarle la situación exacta de la anhelada tumba de Tutankamón, un faraón adolescente que vivió y padeció un tumultuoso tiempo de cambios en el antiguo Egipto, hace aproximadamente treinta y cuatro siglos. No vamos a insistir en el detalle porque internet hierve de información, pero sí queremos advertir que cualquiera que se aproxime al tema se va a sentir irresistiblemente atraído por todos los pormenores del mismo: la historia de una civilización deslumbrante, la evolución del método arqueológico —desde la rapiña y el expolio consentido hasta el moderno procedimiento historiográfico—, la biografía de los célebres estudiosos e investigadores y sus mecenas, las maldiciones, los conflictos diplomáticos, las intrigas políticas… Una invitación para adentrarse en sombríos corredores y asomarnos a la cámara en la que yace uno de los más valiosos tesoros del conocimiento humano: la egiptología. Hoy los libros nos ofrecen la posibilidad de revivir estos descubrimientos, sentir la incontenible excitación infantil de Lord Carnarvon y experimentar la emoción de Carter cuando, a través de un agujero abierto en la pared, vislumbró lo que sería el mayor descubrimiento arqueológico del todos los tiempos: «Veo cosas maravillosas».

«Los descubridores del antiguo Egipto»

«Historia de los egipcios»

sobre sentados, príncipes y mendigos

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/principe_y_el_mendigo?e=0/31094950

Mark Twain se sirve de uno de los capítulos más apasionantes de la temprana edad moderna para escribir El príncipe y el mendigoEduardo VI, hijo del sanguinario Enrique VIII y la tercera de sus ocho esposas, se mete en un lío monumental cuando intercambia su identidad con Tom Canty, un niño de la calle con facciones muy parecidas a las del rey del Inglaterra. La novela le hace un gran favor al soberano, del que Twain dice que fue «especialmente benigno para aquellos duros tiempos». Lo cierto es que el muchacho vivió apenas 15 añitos y reinar, lo que se dice reinar, reino poco, porque su padre le dejó por herencia dieciséis tutores y un país en pié de guerra. Pero lo que importa es el final feliz de la historia, la liberación física y moral de los dos protagonistas y su retorno al mundo que a cada cuál le corresponde, con el añadido de que a Tom le reportó el respeto y la consideración de sus paisanos y al valiente Miles Hendon, el noble que hizo posible la coronación del verdadero príncipe, la concesión de un singular privilegio para él y sus descendientes: sentarse en presencia del Rey. Durante la recepción de los premios Príncipe de Asturias aprovechamos la circunstancia para jugar a rebeldes y descubrir qué sensación experimenta aquel que contempla de sentado el paso de la regia comitiva, a discreta distancia y sin alardes, eso sí; y si bien es cierto que la Señora nos miró con gesto torvo, el heredero de la Corona salvó el espacio que nos separaba y nos saludó estrechando la mano y doblando la cerviz: ¡Qué suerte poder estar sentado! ¿eh?
Un buen final, teniendo en cuenta de que en otro tiempo nos hubieran descoyuntado. Se ve que D. Felipe también se había leído a Twain…

Centelleó en sus ojos una idea repentina, que le impulsó a dirigirse a la pared, agarrar una silla, plantarla con firmeza en el suelo y sentarse en ella. Oyóse un murmullo de indignación, y una mano se posó bruscamente en el hombro de Hendon, mientras exclamaba: –¡Arriba, payaso desvergonzado! ¿Osas sentarte en presencia del rey? Este incidente llamó la atención de Su Majestad, que extendió la mano exclamando: –¡No le toquen! Está en su perfecto derecho! Los magnates retrocedieron estupefactos, y el rey agregó: –Sepan todos, damas, lores y caballeros, que éste es mi queridísimo servidor, Miles Hendon, que interpuso su excelente espada y salvó a su príncipe de un daño corporal y quizá de la muerte… y por eso es caballero por nombramiento del rey. Sepan todos que por un servicio más elevado, por haber salvado a su soberano de los azotes y de la vergüenza, atrayéndolos sobre sí, es par de Inglaterra y conde de Kent, y tendrá oro y tierra, correspondientes a su dignidad. Más aún: el privilegio que acaba de ejercer le corresponde por concesión real, porque hemos ordenado que él y sus sucesores legítimos tengan y conserven el derecho de sentarse en presencia de la Majestad de Inglaterra de hoy en adelante, generación tras generación, mientras subsista la Corona.

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colón y las letras

Las peripecias de este hombre convirtieron su biografía en una de las más apasionantes de la historia moderna. Precisamente han sido las múltiples visiones de su personalidad las que han contribuido a envolver su figura en un halo de misterio. Los especialistas empiezan por no ponerse de acuerdo ni siquiera en sus orígenes: portugués, español, genovés, corso, noruego; incluso hay quien afirma que era suizo… el colmo para los que asocian su temprana vocación naval con los mares de su infancia. Por no conocer, no conocemos ni el verdadero rostro del Gran Almirante de la Mar Oceana. A pesar de ser uno de los personajes más notables de la historia, no posó para ningún pintor, ni mayor ni menor, a pesar de ser contemporáneo de Botticelli, Leonardo, Tiziano, Rafael, Berruguete… Sedientos de iconografía, algunos artistas se inventaron la imagen del descubridor, y a nadie le importó que las recreaciones fueran espurias a juzgar por el éxito que tuvieron luego. Libros sobre Don Cristóbal hay a esgaya, buenos y menos buenos. Y argumentos de ficción, ni les cuento… Pero el navegante también escribió sus cosillas: cartas, documentos y, sobre todo, los diarios de sus cuatro viajes atlánticos. En toda la producción podemos intuir la valía del Almirante como autor, que algunos quieren ver como remoto precursor de los románticos franceses del siglo XVIII, tal es su talento para describir la naturaleza tropical. Lo cierto es que, como ocurre con los grandes, el lector puede identificar en el arcaico lenguaje de Colón la emoción que provocan los relatos genuinos, poderosos, aquellos en los que se puede entrever el color del alma de quién los escribe.

(…) No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos (…).

Cristóbal Colón. Fragmento de la carta de Colón anunciando el descubrimiento. 

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