Categoría: recomendaciones (Página 16 de 21)

el marcapáginas de Wilson, el chiflado

Bien arropadito entre las páginas de Wilson, el Chiflado, el marcapáginas con coletas espera el regreso de C. A C. le gustan las historias policiacas, y cuando le recomendaron un libro de Mark Twain no lo dudó un momento: se abalanzó sobre el ejemplar que su padre tenía entre un montón de títulos del mismo autor: Tom Sawyer, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, El príncipe y el mendigo, Tom Sawyer detective… Papá no puede ocultar su simpatía por Twain: en algún momento le oyó decir que defendió a los negros dentro y fuera de su país, condenando las prácticas esclavistas y el desprecio por la dignidad humana. Además, Twain era un gran amigo del inventor de la radio, el gran ingeniero Nikola Tesla, y esa ya era una muy buena referencia. De hecho, el propio escritor hizo sus pinitos como inventor, y siempre acogió con entusiasmo las nuevas propuestas de la ciencia. En este libro desvela la utilidad de una sencilla técnica, que con el tiempo se convirtió en uno de los recursos policiales más socorridos. C. regresa del baño a velocidad de crucero. Está en un momento crucial de la narración. Entonces mamá llama para comer. El marcapáginas vuelve a ocupar su sitio entre la 152 y la 153. Esta vez, C. tardará más en regresar, porque le espera un arrocito caldoso en su punto y su programa de dibujos animados favorito.

 

Es fácil encontrar defectos, si se tiene esa disposición. Érase una vez un hombre que, al no ser capaz de encontrarle defecto alguno a su carbón, se quejaba de que tuviera demasiados fósiles incrustados en él.

Almanaque de Wilson, el Chiflado

leer ciencia

«Cuaderno sobre Einstein»

La curiosidad es algo innato al género humano. Las ganas de saber, descubrir y desentrañar son los supremos atributos del espíritu inquieto y activo. La curiosidad es el motor que mueve el aprendizaje durante los primeros años de la vida. Desgraciadamente, ese ímpetu se va agotando y como esfumando durante la escolaridad, hasta casi extinguirse hacia el final de la misma. ¿Por qué será? Los investigadores, aquellos que tienen madera, no nacen. Se hacen. Si los mayores ignoramos este sencillo precepto estamos condenados a que los profesores que hablan de lo que oyen superen a los sabios que saben de lo que hablan. Muchas de las vocaciones más pertinaces se forjaron siguiendo el ejemplo de los grandes científicos y matemáticos. Las novelescas peripecias vitales de Galileo o Darwin, de los matemáticos Fibonacci o Ramanujan, de Marie Curie, Cajal o Einstein… han alimentado los sueños de generaciones de jóvenes investigadores que querían parecerse a ellos, y que son los que dan lustre a laboratorios y aulas en las universidades de los países más avanzados, mientras otros nos conformamos con futbolistas espasmofémicos y pilotos sañudos. El cine y la televisión han recreado las biografías de grandes hombres y mujeres de ciencia; pero es mucha la literatura y el ensayo que se ocupa de estos personajes excepcionales. Traemos ahora aquí un par libros que nos ofrecen la peculiar visión que de la matemática y la física tenían dos eximios pensadores: Paul Erdös y Richard Feynman. El primero erraba por el mundo arrastrando una maleta y haciendo de los números la única razón de su existencia. Él y sus circunstancias son los protagonistas de «El hombre que sólo amaba los números» de Paul Hoffman. El otro, antítesis del anterior, participó de jovencito en el proyecto Manhattan y en 1965 recibió el premio Nobel. Pero lo realmente atractivo de Feynman es su personalidad extrovertida, su didáctica elocuencia y sus ganas de vivir. El libro «¿Está usted de broma, Míster Feynman?» de Ralph Leighton, es una aproximación a la faceta más humana de este físico notable, al que le gustaba contar cómo le excluyeron del servicio militar por deficiente mental o cuál era el origen de su afición a tocar samba.

Graham no era el único que tenía que alojar a Erdös junto con sus extravagancias en la cocina. «Hace un tiempo pasé unos días con Paul (Erdös) —dice János Pach, un investigador húngaro emigrado—. Una noche cuando entré en la cocina me encontré con un espectáculo terrible. El piso estaba cubierto de charcos de un líquido rojo que parecía sangre. El rastro conducía hasta el refrigerador. Abrí la puerta y para mi sorpresa encontré un cartón de zumo de tomate con una cuchillada enorme en un costado. Paul debe haber sentido sed y, después de algunas reflexiones, habrá decidido apuñalar el cartón para sacarle el jugo.

El hombre que sólo amaba los números, de Paul Hoffman.

Mientras estaba esperando mi turno miro el papel que contiene el resumen de todos los exámenes que me han hecho hasta entonces. Y por el gusto de fastidiar, le muestro mi papel a mi vecino, y con voz bastante estúpida le pregunto: «¡Oye! ¿Qué te han puesto en el psiquiátrico? ¡Aah! Tienes una «N». Yo tengo una «N» en todo lo demás, pero en el psiquiátrico me han puesto una «D». ¿Eso qué es?» Yo ya sabía lo que significaba. «N» es normal, y «D», deficiente. El tipo me da una palmadita en el hombro, y me dice: «Muchacho, nada, eso es perfectamente normal. No significa nada. ¡No hagas caso!» Y después se levanta y va a sentarse, asustado, a la otra esquina de la habitación. ¡Me ha tomado por un lunático!

¿Está usted de broma, míster Feynman?, de Ralph Leighton.

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el gesto de oliverio

Cuando Oliver Twist levanta su escudilla toda la estructura de poder a su alrededor se tambalea. El hambre ha servido para dominar y sojuzgar, pero también ha movido levantamientos y revoluciones. No hay razones políticas o de estado que conmuevan un estómago vacío. El gesto del niño solicitando otra ración de gachas es la señal de que el hambre le está ganando la partida al miedo. Por eso los despóticos y corruptos responsables del hospicio no están dispuestos a dejar que las cosas queden así. Mejor cortar por lo sano el tierno vástago que empieza a brotar. Los profundos cambios productivos, económicos y sociales que se producen en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX se llevan por delante todo un modo de vida. Las pujantes ciudades acogen sucesivas olas migratorias procedentes del campo que, como siempre ocurre, acuden al reclamo de una vida mejor. Las metrópolis sufren un proceso de transformación rápido y desordenado. Acuciada por la necesidad de sobrevivir, la masa desempleada deambula por calles estrechas y sucias buscando ocupación; la delincuencia y el crimen se hacen dueños de la ciudad, atropellando las aspiraciones de niños famélicos, que aprenden en la calle lo que otros en la escuela. La novela victoriana concentró sus miradas en las condiciones en las que vivía la población. Esta faceta le proporcionó un carácter popular y una importancia de la que jamás antes había disfrutado. Los escritores de esta época no pueden mantenerse ajenos a la miseria moral y material que el progreso trae de la mano, y deshacen tesis de redención en los argumentos de sus historias, en algunas ocasiones para poner en solfa los inconmovibles cimientos éticos de la hipócrita sociedad británica; en otras para denunciar la flaqueza y la podredumbre del alma humana.

En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían, además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suertes, le tocó a Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los días y las noches llorando amargamente. Sólo se le permitía salir para ser azotado en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del «insolente muchacho» fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del hospicio ofreciendo cinco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver
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«Oliver Twist»

puro teatro

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La administración de justicia siempre ha sido un estupendo caldo para el cultivo de tramas dramáticas; la ficción nos ha acercado a casos absolutamente inconcebibles en la vida real: tribunales que se contradicen, sentencias pasadas de fecha, jueces que se juzgan a sí mismos, legisladores que redactan códigos prolijos para delitos que prescriben a los quince minutos… Todos identificamos la figura imponente del señor de la toga batiendo la mesa con el mazo, la del acusado infractor y mentiroso poniendo la mano izquierda sobre la Biblia, la imagen del testigo acongojado al que no le llega la camisa al cuerpo y, cómo no, la estampa inconfundible del jurado inasequible al bostezo que escucha desde el estrado las piruetas dialécticas de los letrados. En España, la institución del jurado popular fue reintroducida en el año 1995, contribuyendo a dar todavía más lustre y agilidad a un aparato judicial ya de por sí eficiente, accesible, barato e imparcial. Aprovechando que un grupo de cuarto está analizando la película «12» de Nikita Mikhalkov, recordamos que el argumento de esta obra está basado en un guión original de Reginald Rose, «12 hombres sin piedad», escrito para la televisión. La primera versión cinematográfica se la debemos a Sidney Lumet, y pese a que la adaptación es demoledora y magistral, la reinterpretación de Mikhalkov, ambientada en la Rusia moderna, no le anda a la zaga. El formato del relato (un jurado de doce varones deliberando alrededor de una mesa dentro de una habitación cerrada) lo hace especialmente atractivo para su puesta en escena, algo que se lleva haciendo casi ininterrumpidamente desde que se escribiera en el año 1950. Como curiosidad, dejamos el registro de un programa para cinéfilos insomnes, realizado por José Luis Garci y sus amigotes, en el que disertan sobre la «miticidad» de esta cinta, se fuman unos puracos de marca mayor y escuchan cómo el flamante fiscal general del estado se despacha a gusto envuelto en etéreas volutas de humo.

sobre balzac, chinos y libros

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Decidido a conservar la esencia del comunismo y eliminar cualquier disidencia, Mao dictó los principios de la revolución cultural proletaria, un experimento social verdaderamente funesto que resultó catastrófico para toda la población china. Se promovió el regreso a los orígenes rurales y se prohibió cualquier manifestación artística que tuviera el más mínimo tufillo occidentalizante. Los profesionales e intelectuales así como sus hijos terminaron trabajando de peones agrícolas en regiones remotas, al mando de sencillos agricultores analfabetos. Las purgas y las hambrunas se llevaron por delante millones de personas. En este escenario se desarrolla la novela/película de Dai Sijie «Balzac y la joven costurera china«. Dos jóvenes de ciudad, condenados a «reeducarse» en una aldea colgada en los escarpados valles del interior, sobreviven gracias a un despertador, un espíritu abierto, la naturaleza sencilla de sus anfitriones y una maleta llena de libros condenados a la hoguera por el régimen comunista, el botín de un elaborado hurto a otro «reeducado». El contenido de la maleta cambiará la percepción del mundo de los protagonistas y marcará el destino de una joven, la costurera inocente que descubre que los valles pueden embalsar millones de litros de agua, pero son incapaces de contener la inquietud de una muchacha inteligente, recién iniciada en los misterios del amor y el pensamiento contenidos en las novelas de Balzac.

Nos acercamos a la maleta. Estaba atada con una gruesa cuerda de paja trenzada, anudada en cruz. La liberamos de sus ataduras y la abrimos silenciosamente. En el interior, montones de libros se iluminaron bajo nuestra linterna eléctrica y los grandes escritores occidentales nos recibieron con los brazos abiertos: a su cabeza estaba nuestro viejo amigo Balzac, con cinco o seis novelas, seguido de Victor Hugo, Stendhal, Dumas, Flaubert, Baudelaire, Romain Rolland, Rousseau, Tolstoi, Gogol, Dostoievski y algunos ingleses: Dickens, Kipling, Emily Bronte… ¡Qué maravilla! Tenía la sensación de que iba a desvanecerme en las brumas de la embriaguez. Sacaba las novelas de la maleta una a una, las abría, contemplaba los retratos de los autores y se las pasaba a Luo. Al tocarlas con la yema de los dedos, me parecía que mis manos, que se habían vuelto pálidas, estaban en contacto con vidas humanas.
—Esto me recuerda la escena de una película —me dijo Luo—, cuando los bandidos abren una maleta llena de billetes…
—¿Qué sientes? ¿Ganas de llorar de alegría?
—No. Sólo siento odio.
—También yo. Odio a todos los que nos han prohibido estos libros.

(Traducción del francés de Manuel Serrat Crespo)

jatakas

«Libro de jatakas»

La tradición literaria oriental es antiquísima, e infinita su variedad y riqueza, aunque por aquello de estar íntimamente ligada a un espiritualismo que no entendemos, nos suele resultar un tanto inaccesible. Sin embargo no podemos negar, por ejemplo, la enorme influencia que sobre las literaturas occidentales han ejercido los cuentos recopilados en Las mil y una noches: la prueba es que, en los albores del siglo XXI, se siguen publicando y actualizando ediciones. Según Vargas Llosa «no existe en la historia de la literatura una parábola más sencilla y luminosa que la de Sherezada y Sahrigar para explicar la razón de ser de la ficción en la vida de los seres humanos y la manera como ella ha contribuido a distanciarlos de esos oscuros orígenes de su historia en los que se confundían con los cuadrúpedos y las fieras» (Las mil noches y una noche. Alfaguara. 2009). La importancia de este clásico entre los clásicos merecerá tratamiento aparte en el futuro. Para abrir boca vamos a escribir una pequeña introducción a los jatakas, ilustrando la entrada con una preciosa edición americana de Tales of India de Ellen C. Babbitt, publicada en 1912 (en inglés). Los jatakas son historias de las andanzas de Buda en vidas anteriores, encarnado principalmente en seres humanos, pero también en todo tipo de animales. Las fábulas que integran esta colección son de muy diferente extensión y sirven al propósito de aleccionar al lector sobre las virtudes y la sabiduría. Es un error muy extendido pensar que todos los jatakas son cuentos infantiles con moraleja final: algunos resultan un poco macabros y hasta violentos. No vamos a dar pormenores de su génesis y evolución, porque para eso está internet. Pero sí vamos a recomendar su lectura, que puede resultar entretenida, amena y constructiva para personas de entre nueve y noventa y nueve años (si tenemos algún visitante de cien años o más le rogamos que nos disculpe, pero si éste es el rango universalmente aceptado para presentar un puzzle de mil piezas, con mayor motivo ha de serlo para inducir a la leer un libro de más de mil palabras).

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