Categoría: vale más que las pesetas (Página 10 de 11)

machado

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Hace setenta y cinco años que desapareció Antonio Machado. Como miles de españoles, abandonó su patria urgido por el compromiso con su familia, arrastrando el peso de la pena y la derrota. Pero se detuvo pronto: quizá fuera porque intuyó la muerte. O simplemente por fatiga. Collioure, un pueblito francés cercano a la frontera, brindó el último cobijo al poeta sevillano, que falleció en un pequeño hotel y hubo de ser inhumado en un nicho prestado que tan solo unos días después alojaría también a su madre anciana, a quién dedicó sus últimas palabras. No es intención nuestra glosar la vida y la obra de Don Antonio, pues son muchos los que con más tino y autoridad se encargarán de hacerlo durante estos días, pero sí llamar la atención sobre sus letras, en prosa y en verso, referente de la literatura española del siglo XX e inagotable fuente de encanto, belleza, sensibilidad y sabiduría. Pruebas de la modestia e ingenua sencillez del poeta son algunas de las líneas escritas para el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española que, por otro lado, nunca se llegó a formalizar:

No soy humanista, ni filólogo, ni erudito. Ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor, por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y, tal vez por ello, con escaso aprovechamiento. Pobres son mis letras en suma, pues, aunque he leído mucho, mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura. Y confesaros he que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron. Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada. Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa.

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la biblioteca de Borges

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Si tienen tiempo y gana de visitar la ciudad autónoma de Buenos Aires con billete de turista virtual, en el barrio de Boedo, entre Muñiz y Avenida La Plata, se van a encontrar con la Biblioteca Pública Miguel Cané, donde trabajó como catalogador Jorge Luis Borges. En la planta baja, escurrida hacia el fondo, se ubica la sala principal, amplia, presidida por la bandera y la figura del escritor y periodista que le da nombre al complejo. Los macizos de estantes se parapetan estableciendo el territorio de la lectura, mientras el aire caliente que se adhiere a los altísimos techos se entibia, para caer después en forma de ráfagas frescas, proyectadas a través del pasillo imaginado que comunica los dos accesos situados en ambos extremos de la sala. En esta biblioteca no es raro ver aparecer escritores y académicos que se repasan hasta el último desconchón en las paredes para descubrir huellas de la presencia del maestro, pero también de aficionados que respiran profundo en el interior, como para embeberse de espíritu borgiano. Con intención de curar de la decepción a unos y otros, la municipalidad armó una pequeña sala con un viejo escritorio y algunos objetos que recuerdan al autor de El Aleph; allí los crédulos se santiguan y hasta los más agnósticos rezan por el alma del mago de las palabras. La vida y obra de Borges estuvo profundamente ligada a las bibliotecas, el espacio físico donde los libros nos recuerdan que dios es solo un capítulo de entre todos los que componen la inacabada enciclopedia del ingenio humano. Puede ser que en esta biblioteca de barrio, donde no parece concebible que la urgencia de la actividad cotidiana comprometiera todos y cada uno de los minutos laborables del catalogador, puede, decimos, que allí mismo compusiera Borges La biblioteca de Babel, un cuento con alusiones matemáticas relacionadas con la combinatoria y la infinitud, y donde se describe el lugar donde se atesoran todos los libros escritos y por escribir, que dispuestos de manera azarosa ocuparían tantos estantes como átomos hay en el universo. Una metáfora sobre el conocimiento que hoy identificaríamos con internet, la apoteosis mística de todo el saber humano, obscenamente expuesto al deterioro, la trivialización y el olvido.

No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

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la undécima misión

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Los franceses renunciaron a su moneda bicentenaria con la llegada del euro. Supongo que más de uno todavía se andará lamentando. El último billete de 50 francos (algo así como mil trescientas pesetas de aquellas) emitido por el Banco de Francia presentaba la efigie de un conspicuo aviador, autor de éxito cuya obra más conocida ha sido vendida y traducida (desconocemos si leída en la misma medida) hasta la exageración. El mérito literario de Antoine de Saint-Exupéry ha estado atravesado siempre por esa otra faceta suya, tan sobresaliente como la primera, de aventurero intrépido. Lo cierto es que más allá de su onmnipresente «Principito», conocido, comentado, interpretado, versionado e imitado una y otra vez durante más de siete décadas, Exupéry supo hacer de su propia vida una novela, algo al alcance de muy pocos. No vamos a hablar del susodicho principito (el verdadero título es «El pequeño Príncipe») porque sería caer una vez más en el tópico que desluce y hasta disimula el calibre de su otra obra; que quede claro que Saint-Exupéry escribió más de un libro. Y más de dos. Saint-Ex no fue un escritor de literatura infantil. La incómoda relación que mantuvo con las esferas de poder utilizaron esa dimensión estereotipada para reducir la importancia de su legado literario, profundo, serio, poético. Exigente en extremo consigo mismo, algunas de sus revisiones fueron amargamente protestadas por su traductor al inglés, que llegado el momento se negó a suprimir pasajes de «Tierra de los hombres» alegando que ni siquiera el autor tenía derecho a eliminar fragmentos tan bellos. Después de vivirlo todo en la primera treintena de su existencia, el exilio a ras de suelo le sentó muy mal. Alimentaba la imaginación de sus hijos arrojando aviones de papel desde lo alto de los rascacielos neoyorquinos. Cuando merced a una intervención del mando aliado, maltrecho y dolorido como estaba, se le permitió regresar a Europa e incorporarse con 43 años a un sección de reconocimiento aéreo, Saint-Exupéry sin saberlo (¿o tal vez sí lo sabía?) trazaba la rúbrica final, extinguiéndose como un pajarillo, en pleno vuelo, a los mandos de un P-38 F-5B, frente a la costa francesa de Marsella. No cabe en el billete de cincuenta francos (ni en el de quinientos euros) el uno-noventa de humanidad de este escritor que ahora, leído desde las alturas de un nuevo siglo, resulta todavía más preclaro y elocuente.

Tal le ocurrió a Mermoz al atravesar por primera vez el Atlántico Sur en hidroavión. Al caer la tarde se encontró en la región del Pot-au-Noir. Frente a él vio amontonarse de minuto en minuto las colas de los tornados, como si se construyera una muralla, y, en seguida, la noche instalándose sobre aquellos preparativos disimulándolos. Y cuando, una hora después, se escurrió por debajo de las nubes, desembocó en un reino fantástico.

Trombas marinas se alzaban allí acumuladas y, en apariencia, inmóviles, como los pilares negros de un templo, que soportaban, hinchados en sus extremos, la bóveda oscura y baja de la tempestad. Pero, a través de los desgarrones de la bóveda, descendían haces de luz y la luna llena brillaba, entre las columnas, sobre las losas frías del mar. Mermoz prosiguió su ruta a través de aquellas ruinas deshabitadas, corriendo oblícuamente de un canal de luz a otro, contorneando aquellas columnas gigantescas donde, sin duda, rugía la ascensión del mar, avanzando durante cuatro horas a lo largo de aquellas coladas de luna, hacia la salida del templo. Y el espectáculo era tan abrumador que recién después que hubo franqueado el Pot-au-Noir, Mermoz se dio cuenta de que no había sentido miedo ni por un instante.

Terre des hommes (1939)

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El Principito en cómic

homenaje a Luis Humberto Soriano

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Hace un par de días recibimos noticias de nuestro amigo Luis Soriano. La verdad es que las novedades nos dejaron un sabor amargo porque no son las que esperábamos. Sabemos que al frente de empresas y propósitos solidarios hay personas, que son las que marcan la senda y contagian de entusiasmo a quienes les rodean. Luis ha pasado por un mal momento, pero su determinación sigue intacta. Sin embargo, las esperanzas en las que se cimenta el proyecto no se aguantan solas, y se impone ayudar un poco, aunque sea en la distancia. Esta es la misiva que nos llegó del caribe colombiano, toda ella sin faltarle una coma…

 Cordial saludo.

Primeramente le quiero agradecer por el mensaje tan significativo que me envió, la verdad es algo motivante para seguir con esta bella tarea social que va en aras de contribuir al bienestar de la comunidad, especialmente de los niños quienes son el futuro de nuestro país.

No sé si es de su conocimiento para el año pasado en el mes de Junio me fue amputada la pierna izquierda por un accidente que tuve en uno de mis burros, ha sido un proceso complicado pero gracias a Dios he podido salir adelante. Mi labor con el Biblioburro no la dejo por nada; sigo ejerciendo este maravilloso trabajo con ahínco y procurando ser mejor cada día.

Nos encontramos trabajando un proyecto llamado Biblioburro Digital que pretende llevar algo de tecnología a las zonas recónditas del Departamento del Magdalena; la idea es que los niños y también muchos adultos puedan aprender a usar un computador, tener acceso a programas educativos y a Internet, pienso que ellos también tienen derecho y lo justo es que se haga de manera oportuna. Es triste saber que los gobernantes no nos ayudan sino por el contrario nos tienen olvidados.

Mis burros aparte de libros llevarán tecnología en sus lomos para ofrecer un nuevo programa, también Cine al Campo con la consigna que la comunidad pueda ver películas, documentales de alto impacto social y puedan tener espacios de cultura y recreación.

Todo lo que conseguimos es gestionando y tocando puertas, se abren muy pocas pero tratamos en lo posible de aprovechar todo lo que tenemos, con mi pequeña Fundación Biblioburro y un gran amigo estamos sacando esto adelante, no nos vamos a detener y Biblioburro dejará mucho de qué hablar en términos positivos. Desearíamos de ustedes su contribución a este nuevo proyecto digital que hace varios días lo tenemos paralizado mientras recogemos algunos fondos para financiar y comprar cosas que nos hacen falta, además cada vez entran más personas de la comunidad y no le podemos negar la entrada al aprendizaje y la cultura.

Gracias por su solidaridad y si está en su corazón hacer un aporte al proyecto, con amor y mucha expectativa lo estaremos esperando.

Pues muy bien, Luis. Cuenta con nosotros. Y si alguien más quiere sumarse y colaborar, pueden seguir los proyectos de Luis Soriano por twitter como FUN_BIBLIOBURRO y en facebook como Biblioburro Sin Fronteras  (tiene más de 1500 miembros) de esta manera podrán informarse, echar un cable o simplemente estar al tanto de los progresos.

Was ist unser höchstes Gesetz?

Hace mucho, pero que mucho tiempo, existían dos Alemanias. No se puede decir que entre ambas hubiera muy buen rollo. De hecho, estaban separadas por un muro físico y político. Una de las alemanias era rica, floreciente, industriosa y tenía una buena selección de fútbol. La otra, la que se hacía llamar democrática, no era ni siquiera eso. Ésta última emitió en 1975 un billete con la efigie de un escritor reivindicado por las dos Germanias: Johann Wolfgang von Goethe. Goethe fue todo un personaje: además de literato de altura, ejerció de ministro y presumió de científico con ideas propias, de esas que no pasan a la posteridad, pero dan que pensar. Intelectualmente superdotado, se codeó con las personas más notables de su época, llegando a conocer a Napoleón, por el que sentía una gran admiración. Una de sus primeras novelas, Las desventuras de Werther, ocasionó una ola de suicidios entre jóvenes deprimidos aquejados de mal de amores. También es autor de Fausto, considerada una obra cumbre de la literatura universal. Goethe se pasó toda su vida revisando y corrigiendo el texto, hasta el punto de que la segunda parte solo se publicó después de su fallecimiento. El Fausto ha inspirado un montón de producciones literarias, pictóricas, musicales y cinematográficas (como prueba traemos aquí el de Murnau, una versión de 1926 aún no superada). Hijo de su tiempo, las ideas de Goethe eran un poquitín, cómo decirlo, acomodaticias: de él se dijo que «halagaba el egoísmo, la dureza de corazón; por eso lo aman los faltos de amor«. Se le atribuyen sentencias como aquella que reza «prefiero la injusticia al desorden» o ésta última, «Was ist unser höchstes Gesetz? Unser eigener Vorteil» (¿Cuál es nuestra ley suprema? Nuestro propio beneficio), divisa que, al margen de las ideologías, podría figurar en un billete de banco emitido por cualquier país.

El Instituto público que lleva su nombre tiene el misión de difundir por el mundo el conocimiento de la lengua germana y su cultura. Vendría a ser el equivalente a nuestro Instituto Cervantes. Ambos fueron laureados, (¡cómo no!) con el premio príncipe de asturias de hace unos años…

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poderoso caballero

El dinero ejerce una fascinación a la que no es fácil resistirse. En eso se parece un poco a la poesía. Se cuenta la anécdota de que, allá por los años sesenta, un atracador alemán tuvo en jaque a todo el país durante meses.  El peculiar delincuente asaltaba sucursales bancarias de las que se únicamente se llevaba los billetes de cinco marcos. Las pesquisas condujeron a la policía hasta un pueblo de la baja Sajonia, donde residía un humilde profesor de filosofía. Hallaron en el hueco de un falso techo los fajos de billetes, intactos y aun precintados, fruto del perseverante latrocinio. Durante los interrogatorios, el hombre confesó el amor que profesaba por la joven veneciana retratada por Durero hacia el año 1500, y que enloqueció al pensar que miles, quizá millones de personas manosearían la imagen de la amada impresa en los pequeños billetes verdes; así fue que se decidió a retirarlos de la circulación por su cuenta y riesgo. Después de años recluido en una institución psiquiátrica, el profesor desapareció, llevándose consigo un libro de grabados y el contenido de la caja de caudales, de la que sustrajo todo, excepto la calderilla y los billetes de cinco marcos. Tiempo después fue localizado y detenido en la isla de Ibiza, pero a la vista de su expediente, las autoridades españolas estimaron que como ladrón demente ya estaba totalmente rehabilitado y lo pusieron en libertad.

El poder y el dinero fueron temas recurrentes de grandes poetas clásicos como Quevedo, protagonista de nuestro presente billete literario. Paradójicamente el personaje, superando al portentoso autor, llegó a prestarle su imagen a las cien pesetas de 1900, durante el reinado de Alfonso XIII, que por aquel entonces cursaba segundo de la eso. Rescatamos aquí una popular letrilla de don Francisco que dice así:

Poderoso caballeroes don Dinero.Madre, yo al oro me humillo,él es mi amante y mi amado,pues de puro enamoradode continuo anda amarillo;que pues, doblón o sencillo,hace todo cuanto quiero,poderoso caballeroes don Dinero.Nace en las Indias honradodonde el mundo le acompaña;viene a morir en Españay es en Génova enterrado;y pues quien le trae al ladoes hermoso aunque sea fiero,poderoso caballeroes don Dinero.Es galán y es como un oro;tiene quebrado el color,persona de gran valor,tan cristiano como moro;pues que da y quita el decoroy quebranta cualquier fuero,poderoso caballeroes don Dinero.Son sus padres principales,y es de noble descendiente,porque en las venas de orientetodas las sangres son reales;y pues es quien hace igualesal duque y al ganadero,poderoso caballeroes don Dinero.Mas ¿a quién no maravillaver en su gloria sin tasaque es lo menos de su casadoña Blanca de Castilla?Pero pues da al bajo silla,y al cobarde hace guerrero,poderoso caballeroes don Dinero.Sus escudos de armas noblesson siempre tan principales,que sin sus escudos realesno hay escudos de armas dobles;y pues a los mismos roblesda codicia su minero,poderoso caballeroes don Dinero.Por importar en los tratosy dar tan buenos consejos,en las casas de los viejosgatos le guardan de gatos;y pues él rompe recatosy ablanda al jüez más severo,poderoso caballeroes don Dinero.Y es tanta su majestad,aunque son sus duelos hartos,que con haberle hecho cuartos,no pierde su autoridad;pero, pues da calidadal noble y al pordiosero,poderoso caballeroes don Dinero.Nunca vi damas ingratasa su gusto y afición,que a las caras de un doblónhacen sus caras baratas;y pues hace las bravatasdesde una bolsa de cuero,poderoso caballeroes don Dinero.Más valen en cualquier tierramirad si es harto sagaz,sus escudos en la paz,que rodelas en la guerra;y pues al pobre le entierray hace propio al forastero,poderoso caballeroes don Dinero.

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