Y no vamos a dejar pasar la ocasión de subrayar la calidad de nuestras lectoras, que ganan por goleada a los chicos en cantidad y variedad de intereses, y son las usuarias más fieles de nuestro plan de lectura. Por algo será. Así que los chicos les han redactado un manifiesto que han suscrito todos y cada uno de ellos (el cien por cien. Increíble) y que les hemos leído a modo de pequeño homenaje a lo largo de toda la jornada, bastante movidita por lo demás. Y para que el mensaje llegue más lejos, le hemos puesto unos sellos de lo más cucos emitidos por la Real Casa de la Moneda ilustrados por el madrileño Fabio Hurtado. El trabajo está hecho. Ahora nos queda a todos cumplir fielmente con lo que nos toca…
Hoy es un buen día. Un día tan bueno como cualquier otro para deciros, queridas compañeras, que sabemos que en un mundo de hombres, ser mujer no es tan fácil como parece y que, pese a todos los inconvenientes, nos demostráis a diario que la vida no sería lo mismo si no estuvierais ahí, para hacer de este mundo de hombres y de mujeres un lugar más habitable, más justo, menos canalla. El cambio es cosa de tiempo. Eso lo saben bien nuestras abuelas, que trabajaron y estudiaron de firme. Y también nuestras madres, que siguen luchando para cambiar las cosas, que nos dan ejemplo para que nuestra generación rompa definitivamente los tópicos y construya un futuro donde ya no se hable de diferencias, ni de agravios, donde el menosprecio ceda paso al mérito de cada cual, sin prejuicios, sin falsas ideas. Por eso os pedimos a vosotras, que sois las que más tienen que decir, que nos ayudéis a modificar lo que no funciona, que nos permitáis comprender un poco mejor cómo veis el mundo y cuál es el papel que tenemos que jugar, tanto chicas como chicos, para que la convivencia sea algo natural, tan natural como nuestras diferencias, arraigadas en nuestra condición de mujeres y de hombres. Y no olvidéis esto: vosotras sois la mitad de la humanidad que más nos gusta…
Como cada año, queremos depositar nuestro granito de arena personal para celebrar este ocho de marzo bajo los auspicios de la letra y la literatura, porque los tópicos, la ñoñería y la precipitación oportunista de tuiter siempre se quedan encajados en la gatera de lo previsible, dejando la palabra desnuda, sin sentimiento, como pólvora mojada. Por eso le regalamos a nuestras chicas un texto peculiar de Carlos Huero, el inventor de los afanósticos, junto con un grabado contemporáneo de Schmidt-Rottluff, un expresionista con carácter, sobre todo durante su primera etapa de grabador, cuando rondaba los treinta años. Como es una sorpresa, esperamos que descubran la nota sobre sus mesas antes de leerlo aquí, y que la Gerbera jamesonii que la acompaña deje en buen lugar a los hombres de este centro, que como jardineros de condiciones bien distintas, nos esforzamos por seleccionar las semillas más resistentes para obtener la mejor de las cosechas posibles. Aunque esto no se queda aquí…
Hay que encontrar las expresiones justas, buscarlas con mimo, hallarlas en el corazón para que tú, compañera, que esta mañana te despertaste del lado femenino de tu cama, no sepas si estas palabras que torpemente te celebran fueron obra de hombre o de mujer, aunque a nadie le importe tal porque tú, amiga, que hoy tomaste de la mano, que dejaste escapar de entre los dedos una caricia gentil, que libraste una batalla que lacera la piel, eres la única dueña de esa condición que no precisa más halago que un gesto, una mirada, una flor…
Marie y Antoine Lavoisier fueron dos autores de éxito. Ambos trabajaron en colaboración estrecha, aunque la mayoría de los reconocimientos se los llevó Antoine, que es el que pasó a la historia. La contribución de ambos a la ciencia es más que notable, y puede decirse que nada volvió a ser lo mismo desde que la insigne cabeza del químico rodó por el patíbulo. Pero vayamos por partes (dicho esto sin sombra de sarcasmo). El libro que traemos aquí, Traité élémentaire de chimie, fue publicado en 1789, el mismo año de la toma de la Bastilla. Francia estaba en plena convulsión social y política, y la nuevas ideas que cambiarían el orden del antiguo régimen ya estaban afilando la cuchilla de Mme. Guillotin. Sin embargo, las inquietudes de nuestro autor iban por otros derroteros: «Cuando empezamos a estudiar una ciencia estamos respecto a ella en un estado muy semejante a aquel en el que se hallan los niños; por lo que el camino que debemos seguir es precisamente el mismo que el que sigue la naturaleza en la formación de las ideas. Y sí como en el niño la idea es el efecto de una sensación, y ésta produce la idea, así al comenzar a estudiar las ciencias físicas nuestras ideas deben ser consecuencias inmediatas de un experimento o de una observación«. Este planteamiento, que hoy nos parece elemental, modificó radicalmente los conceptos de progreso y conocimiento y puso las bases para que el nuevo método se impusiera a la atolondrada especulación que hasta ese momento había dominado el campo de la ciencia. Lavoisier tenía formación humanística. Muy culto y hábil con las palabras, se había licenciado en leyes. Sin embargo lo suyo era la ciencia, aunque la curiosidad de este hombre no conocía límite. Académico, empresario, agrónomo, investigador, funcionario, político… dicen que todo lo hizo y que lo hizo bien, poniendo una mente preclara al servicio de la organización y la racionalidad, siempre en consonancia con las altas miras que movían esta febril actividad que podríamos ilustrar con su modesta declaración de intenciones: producir una revolución en la física y la química. Hay que reconocer que todos los méritos que se le pueden atribuir a Lavoisier no son únicamente suyos. Se trataba, como ya dijimos, de un lector curioso e ilustrado que supo sacar partido de experimentos ajenos, a los que no solía reconocer el mérito que les correspondía. Como ya apuntamos, Lavoisier tuvo en su esposa, quince años más joven que él, una eficaz compañera, colaboradora esencial en sus prácticas experimentales de la que no sabemos con exactitud hasta que punto contribuyó al éxito del personaje. Lavoisier participó activamente en la Revolución francesa, fue diputado y perteneció en la Comuna de París. Pero eran tiempos convulsos: rencillas y viejas disputas pasaron factura. La República lo condena a la pena capital y es ejecutado. Se cuenta una historia, posiblemente apócrifa, de que su última apuesta experimental consistió en parpadear una vez decapitado para establecer cuánto resistía una cabeza separada del cuerpo. Rehabilitado públicamente poco después, Lavoisier sigue siendo una referencia obligada para investigadores y filósofos de la ciencia. Leer sus escritos originales (maravillosamente escritos) nos acerca al pensamiento y el espíritu de un extraordinario periodo de la historia.
La sátira es un viejo género en el que se expresa indignación contra algo o contra alguien. En la sátira se ridiculizan vicios y contradicciones, pero también las miserias de la autoridad y las patrañas del discurso político. Para ello se sirve de la hipérbole, la parodia, la ironía o el sarcasmo. No está pensada para hacer reír… La sátira arremete contra la realidad con furia e inteligencia. Es el antídoto que nos permite aceptar la impostura del poder como lo que es: una mentira interesada que utiliza el lenguaje y los medios de comunicación en provecho propio. El ejercicio de la sátira suele resultar contraproducente para la salud: las creaciones satíricas provocan indignación entre dictadorzuelos y bien pensantes. A menudo los autores son tildados de provocadores o payasos. En determinados contextos, la sátira se tolera como parte de un rito folclórico de catarsis: las comparsas de carnaval o las Fallas son un buen ejemplo. Pero por lo general, los creadores suelen ser blanco de la censura, cuando no de acoso y persecución. La sátira social que cultiva el Roto no le es exclusiva. Con un enfoque diferente, aunque quizá sirviéndose de herramientas similares, contamos con dibujantes como nuestro admirado Quino. O el más joven Pawel Kuczynski, un artista de los que cree que los de su especie están llamados a cambiar el orden social.
BIBLIOLUCES.- Los artistas de la antigüedad tenían aprendices que heredaban su técnica y emulaban al maestro hasta que encontraban su propio lugar… ¿Percibe que hay artistas o periodistas gráficos que recojan el testigo de El Roto? EL ROTO.- Cada época tiene su lenguaje gráfico y literario. No hay herencias.
BBL.- ¿Cómo describiría el dibujo satírico, la sátira social, a un joven que está cursando el Bachillerato o un Ciclo Formativo? ER.- Cada viñeta de cualquier dibujante es un tratado de cómo se realiza una viñeta, sólo hay que saber mirar.
BBL– En un mundo feliz, ¿se hubiera dedicado a otra cosa? ER.- No conozco ese mundo feliz… al menos hasta ahora.
BBL.- Usted se ha definido como una suerte de moralista que intenta imprimir en su obra gráfica un mensaje esclarecedor… La escuela pública, ¿debería asumir su propio papel de moralizadora social? ER.- La escuela debería ser un territorio de crecimiento en todos los órdenes, el de la ética no es el menos importante, ni mucho menos.
El Roto se define como un «observador» del presente (que no de la actualidad), un notario que refleja objetivamente las circunstancias que le rodean, concediéndole a los lectores a potestad de ejercer su capacidad crítica. Pero, ¿de qué lado está nuestro autor? No nos atreveríamos a decir que se trata de un elemento de izquierdas, porque los excesos son ambidextros, pero reconforta que su afilada puya se pose las más de las veces en el morrillo de políticos, banqueros, demagogos y señores con sombrero de copa.
BBL.- Cómo describiría gráficamente la ignorancia. EL ROTO.- Un recopilatorio de dibujos puede ser una descripción ilimitada de todo ello.
BBL.- La esencia del mensaje de El Roto, ¿es radicalmente pesimista o escéptica o ninguna de los dos? ER.- Que cada lector saque sus conclusiones.
BBL.- Cuáles han sido algunas de las lecturas que más le han influenciado en su vida. ER.- Los evangelios.
Muñoz Molina lo ve como un francotirador que cada día dispara un solo tiro que da siempre en la diana. Nosotros hemos querido presentarle sin utilizar una sola de sus viñetas, y eso por distintas razones: la primera de ellas es que no hemos podido resistir la tentación de jugar a El Roto, emularle para ser conscientes de su mérito creativo; en segundo lugar, porque sus dibujos aparecen por todos los rincones imaginables… De hecho, crecen sin control entre la abundante hierba contestataria y vindicadora de la red; y por último, porque su medio natural es el periódico, y a buen seguro que entre el montón de diarios que reservamos para la jaula del loro encontramos lo mejor del humor gráfico español de los últimos tiempos.
Imitar al El Roto no es fácil… pero es un juego divertido. Andrés Rábago es una referencia única en el panorama del periodismo gráfico español. Curtido en la última década de la dictadura, colaboró en varias publicaciones satíricas entre las que nos gusta destacar Hermano Lobo, un semanario muy especial que valía más de lo que costaba, y en el que nuestro autor firmaba como Ops o El Roto. Ops era mudo.
Su lenguaje críptico era una invitación a pasearse por el subconsciente colectivo, que latía bajo una gruesa costra de ceniza endurecida por el tiempo. El Roto nació cuando Rábago experimentó la necesidad de ser más crítico con la realidad social y política del país. En la red encontramos información y abundantes análisis de su obra. Muchos de ellos son comentarios o declaraciones del propio autor, en ocasiones bastante hermético en lo que respecta a sus influencias y trayectoria. Sin embargo, en el reparto de responsabilidades hemos de ser nosotros, lectores de toda condición, los que identifiquemos las razones del éxito y la profundidad de su estilo, inconfundible en la distancia y difícilmente catalogable dentro del periodismo gráfico actual. Aunque sabedores de su aversión a las entrevistas, nos propusimos romper una vez más la barrera que nos separa de nuestros autores favoritos, y le invitamos a que respondiera algunas cuestiones que se habían desprendido de la cornisa de nuestra curiosidad. La amabilidad y buena disposición de El Roto hicieron el resto…
BIBLIOLUCES.- ¿Qué nos ha quitado (o dado) la escuela como para que nos resulte tan difícil interpretar la sátira, leer entre líneas? EL ROTO.- La sátira no requiere leer entre líneas, sino comprender los mecanismos de este tipo de lenguaje.
BBL.- ¿Ha sentido alguna vez que no debía publicar algo porque iba contracorriente? El lenguaje políticamente correcto, ¿no es una forma “más fina” de censura? ER.- Intento moverme dentro del terreno de una opinión autónoma.
BBL.- Cuando compone una viñeta, ¿piensa a quién va dirigida? ¿Le consta que haya una nueva generación de seguidores de El Roto? ER.- El Roto no quiere seguidores sino representar y compartir ideas.
BBL.- Los que dan sus primeros pasos creativos buscan modelos y referencias que encuentran en sus autores favoritos… ¿Dónde se aprende el oficio de El Roto? ER.- A dibujar se puede aprender siguiendo las instrucciones de un profesor de dibujo, observando las obras de grandes maestros o dibujando hasta encontrar un lenguaje propio. Una combinación de los tres sería lo ideal.
La obra de Andrés Rábago en sus distintas facetas creadoras tiene conexiones con artistas que han contribuido a definir y «afilar» su lenguaje. En el espacio de su viñeta percibimos reminiscencias de pintores como Rousseau, de Chirico o George Grosz. En el uso de la «bofetada» visual que determina la contundencia del mensaje identificamos la huella de Roland Topor (París,1938-1997) un polifacético dibujante francés que perteneció al Grupo Pánico fundado por Fernando Arrabal.
BBL.- ¿Habrá alguien que realmente se sienta aludido por una viñeta suya o todos sus lectores escurrimos el bulto? EL ROTO.- La interpretación es libre… Esa es la grandeza de la lectura.
BBL.- A pesar de las múltiples advertencias, ilustradas en muchas de sus viñetas, ¿por qué cree que todos, incluidos los jóvenes, condescendemos tanto con el populismo y la demagogia? ER.- Es posible que no conozcan su propio poder. El día que lo descubran comprenderán que son libres.
El Roto no se considera así mismo un humorista gráfico, y rechaza de plano cualquier vinculación periodística con aquellos dibujantes que pretenden hacer reír, a los que considera meras prolongaciones de sus respectivos consejos de redacción. También ha manifestado que el género de la historieta no le gusta ni le interesa especialmente. Es cierto que como periodista ya no cultiva la «tira» ni desarrolla narraciones medianamente extensas, aunque alguna dejó impresa en los semanarios satíricos de los setenta y los ochenta. Pero Andrés Rábago, pese a su matizado desinterés por el cómic, contribuyó a la introducción en España a creadores como Robert Crumb (Filadelfia, 1943), dibujante underground por excelencia, que hoy expone su obra en el Museo de Arte Moderno de París. (Continuará)
Nuestra vida está construida sobre certezas heredadas, verdades inmutables que no están sujetas al rigor crítico que se nos supone como seres racionales. Estos axiomas son como los cimientos del pensamiento, algo así como el sustento de todo el edificio. La mayoría ocupamos una planta baja y con el tiempo abrimos un par de lumbreras que nos hacen habitable el chiribitil de los trastos viejos; otros edifican imponentes rascacielos que ocultan el sol y desafían las leyes de la gravedad. Desde la calle, los asombrados transeuntes miran a lo alto e imaginan cuán imponentes deben ser las vistas del que mora en la azotea. Pero en ciertas ocasiones la razón nos juega una mala pasada: para bien o para mal, el peso de lo que vemos, escuchamos o leemos comienza a socavar el terreno… y entonces el inmueble se agrieta o, sencillamente, se nos viene abajo. En casos como éstos se dice que hemos tomado conciencia. A los autores que llaman a este tipo de reflexión se les dice «moralistas», a veces con un matiz peyorativo, y su influencia está férreamente controlada por los poderes fácticos, que les obligan a moverse en los estrechos márgenes de la hererodoxia, al amparo de la libertad de expresión que graciosamente se les concede siempre que no traspasen los límites de lo tolerado. El Roto, —heterónimo de Andrés Rábago (Madrid, 1947)— es, en ese sentido, una excepción: comparte diariamente sus reflexiones desde una periódico de amplia tirada nacional y es objeto de conferencias, tesis, exposiciones y homenajes, algunos tan singulares como el concedido por el gremio de ilustradores. Este trato de favor quizá se deba a que el contenido de sus viñetas es tan agitador que ningún lector se da por aludido. O tal vez porque la corriente de opinión está en discreta sintonía con la sátira mordaz de su discurso… Porque si no, ¿cómo se explica tal condescendencia con demoledores mensajes como éstos?: (Dos niños tomados de la mano junto a una pizarra) En la escuela nos están enseñando a leer, escribir y buscar en la basura; (Dos alumnos sentados en el pupitre escolar, uno frente al otro. El primero llama la atención sobre una chorrada que acaba de leer en el libro de texto; el segundo replica) Es mejor que crean que no entendemos lo que leemos a que sepan que no nos interesa; (Una anciana toma de los hombros a su nieto y le interroga) ¿No sientes orgullo de ser español? Abuela… a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio. Todas ellas ideas que si se acondicionasen para emitir por la televisión pública provocarían síncopes, denuncias y un aluvión de reproches. ¿Es el Roto la voz de los que están amordazados por las convenciones sociales y el lenguaje políticamente correcto? Bien sea por eso o por la simpatía que nos inspira, recomendamos los incontables libros recopilatorios del creador gráfico (El libro verde, Viñetas para una crisis,A cada uno lo suyo, El pabellón de azogue…) y hasta nos hemos propuesto ir más allá: aproximarnos al autor con la curiosidad que mató al gato y formularle cuestiones como las antedichas y aun otras que de seguro se nos irán ocurriendo por el camino… (Continuará)
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