Categoría: vale más que las pesetas (Página 10 de 11)

el derecho a la pereza

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Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: «Miren cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido». Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad. Allá por el año 1880, a Paul Lafargue no le parecía mal que el mismísimo dios de los cristianos se tomara unas abundantes vacaciones (que duran hasta nuestros días) después de una dura semanita de incesantes idas y venidas que culminaron con la Creación toda. En El derecho a la pereza, obra nacida a la sombra de la teoría económica del suegrazo Carlos Marx, Lafargue justifica la legítima aspiración de trabajar lo justo para poder disfrutar de las cosas que la vida te ofrece y que no son, necesariamente, patrimonio exclusivo de orondos burgueses de cuello blanco. Cierta mañana de 1911, Paul y su esposa Laura se suicidaron inyectándose una solución de ácido cianhídrico; dejaron para la posteridad dos bonitos cadáveres azules y una nota autógrafa que olía a almendras amargas: Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales. Hoy mismo Javier Krahe tendrá la oportunidad de aclarar con la pareja los términos exactos de su voluntaria exclusión; el libro de Lafargue se vendía conjuntamente con Las diez de últimas, el disco postrero del cantautor madrileño. Nos consta que se ha ido sin escribir la última palabra, la última rima, el corolario de un periodo en la historia de España que siempre recordaremos unida a los versos del no tan ingenuo Cuervo-Krahe: Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN… 

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de caballeros y alejandrinos

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Ci commence le prologe de la Geste d´Alissandre… Así arranca la epopeya medieval que narra la excelsa biografía de Alejandro Magno, las disputas por tierras y reinos lejanos y su prematura muerte, que le pilló desprevenido e indefenso lejos del campo de batalla. Poco se sabe del autor del poema que reproducimos aquí, pero se cree que fue un tal Tomás (o Eustaquio) de Kent, clérigo normando que partiendo de múltiples fuentes en latín compuso los alejandrinos de esta versión del poema épico, uno de los más populares de la época tardomedieval. Es muy posible que la primera miniatura de la obra represente al propio Eustaquio (o Tomás) sentado en su pupitre y fabulando a su antojo sobre el insigne rey macedonio, sin reparar en fantasías ni anacronismos, todos ellos disculpables porque no era la intención de Tomás-Eustaquio dar una lección de historia sino la de entretener a los lectores. Constituye prueba de lo antedicho la primera parte de la obra, que comienza con un cotilleo recogido por Calístenes unos siglos antes: Alejandro pudiera no ser hijo de Filipo, su padre oficial, sino de Nectánebo, un refugiado egipcio y medio nigromante que habría embaucado a la ingenua reina Olimpia. Éstas y otras historias pueden seguirse a través de las numerosas viñetas del siglo XIV que aparecen en el texto y en los márgenes. Una verdadera obra de arte, se mire por donde se mire.

Le roman d’Alexandre

liber chronicarum

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Intuyo que para un ciudadano maduro, que ha vivido la revolución tecnológica de las últimas tres décadas, no resultará difícil imaginar el grado de excitación que a mediados del siglo XV provocó la invención y posterior desarrollo de la imprenta. Los más jóvenes quizá precisen de algún otro detalle complementario: la edición rápida, económica y fidedigna de los libros elevó las posibilidades de alfabetización y permitió el acceso global a la ciencia, la teología, la filosofía y la literatura. Resulta pues perfectamente justificable que durante los primeros años se imprimieran fundamentalmente textos que recogían la práctica totalidad del conocimiento de la época, empezando por la Biblia. El Libro de las crónicas contiene además un sinfín de xilografías de muy bella factura, coloreadas a mano en las versiones más lujosas, práctica habitual de cualquier edición impresa que tuviera la intención de parecerse lo más posible a las copias «manuales». Nos podríamos solazar durante horas en cada uno de los pequeños detalles que nos presenta el principal iluminador, Michael Wolgemut, maestro del gran Durero: planos, mapas, escenas, ciudades, genealogías… En este libro se confunden la antigüedad clásica con la historia sagrada, la cosmología o los acontecimientos medievales o contemporáneos. En la selección que presentamos aparecen las curiosas estampas de blemiasesciápodos, hombres lobo, faunos o mujeres barbudas, todos ellos parte del bestiario medieval que imaginaba así a los pobladores de remotas tierras inexploradas, una persistente visión medieval que contribuyó a menospreciar y sojuzgar a las civilizaciones que se fueron tropezando los europeos en sus primeras incursiones coloniales.

Liber Chronicarum

ars moriendi

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La presencia de la muerte fue una constante a fines de la Edad Media. Las malas condiciones de vida en el campo, las guerras y la peste, unidas a la fuerte religiosidad y la superchería otorgaban a la muerte un significado muy distinto al que tiene hoy en día. Abandonar «el valle de lágrimas» de este mundo no era un castigo, sino un designio divino que abría las puertas hacia un merecido descanso eterno a todo tren. Eso sí: demostrando méritos terrenales contrastados, que pasaban por evitar todo aquello que podría proporcionar un poco de desahogo para cualquier martirizada alma del momento. En este contexto, el Ars moriendi es «una especie de guía destinada a mostrar las prácticas, los rezos y las actitudes que debían adoptar el enfermo, sus familiares y el sacerdote llamado para atender espiritualmente al moribundo«. El libro resultaba muy útil porque aleccionaba sobre los cuidados del espíritu ante la inminencia del óbito, una especie de «hágalo usted mismo» en un momento en que las filas del clero habían sido fuertemente diezmadas por las epidemias. El libro nació para satisfacer las dudas de moribundos y allegados, que se aprendían de memoria cómo combatir las postreras tentaciones: dudar de la fe; la desesperación por miedo a la justicia divina; la vanagloria, o complacerse en exceso por las buenas obras realizadas; la impaciencia, producto de los dolores y el sufrimiento de la agonía; y la avaricia, entendida como el apego hacia todos los bienes terrenales. Cada una de ellas es descrita de forma terrorífica, porque son incitadas por los demonios, al acecho siempre que se trata de aprovecharse de las humanas debilidades. Las distintas versiones del Ars moriendi fueron un verdadero superventas, tan solo superadas por los libros de Horas. Había versiones largas y cortas, éstas últimas para facilitar la lectura y asimilación del contenido. La que presentamos hoy aquí es de éstas últimas: circuló a mediados del siglo XV y está iluminada con once preciosos dibujos de lo más sugerentes.

Cualquier que quiere de dessea bien morir, considere diligentemente las cosas contenidas en este libro, e conseguirá grand ayuda, e utilidad para se defender de las temptaciones del diablo, e alcanzar la gloria del paraíso, la qual nos quiera otorgar Dios en todo poderoso.

Consulta del tomo de ARS MORIENDI

machado

sello_machado

Hace setenta y cinco años que desapareció Antonio Machado. Como miles de españoles, abandonó su patria urgido por el compromiso con su familia, arrastrando el peso de la pena y la derrota. Pero se detuvo pronto: quizá fuera porque intuyó la muerte. O simplemente por fatiga. Collioure, un pueblito francés cercano a la frontera, brindó el último cobijo al poeta sevillano, que falleció en un pequeño hotel y hubo de ser inhumado en un nicho prestado que tan solo unos días después alojaría también a su madre anciana, a quién dedicó sus últimas palabras. No es intención nuestra glosar la vida y la obra de Don Antonio, pues son muchos los que con más tino y autoridad se encargarán de hacerlo durante estos días, pero sí llamar la atención sobre sus letras, en prosa y en verso, referente de la literatura española del siglo XX e inagotable fuente de encanto, belleza, sensibilidad y sabiduría. Pruebas de la modestia e ingenua sencillez del poeta son algunas de las líneas escritas para el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española que, por otro lado, nunca se llegó a formalizar:

No soy humanista, ni filólogo, ni erudito. Ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor, por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y, tal vez por ello, con escaso aprovechamiento. Pobres son mis letras en suma, pues, aunque he leído mucho, mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura. Y confesaros he que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron. Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada. Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa.

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la biblioteca de Borges

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Si tienen tiempo y gana de visitar la ciudad autónoma de Buenos Aires con billete de turista virtual, en el barrio de Boedo, entre Muñiz y Avenida La Plata, se van a encontrar con la Biblioteca Pública Miguel Cané, donde trabajó como catalogador Jorge Luis Borges. En la planta baja, escurrida hacia el fondo, se ubica la sala principal, amplia, presidida por la bandera y la figura del escritor y periodista que le da nombre al complejo. Los macizos de estantes se parapetan estableciendo el territorio de la lectura, mientras el aire caliente que se adhiere a los altísimos techos se entibia, para caer después en forma de ráfagas frescas, proyectadas a través del pasillo imaginado que comunica los dos accesos situados en ambos extremos de la sala. En esta biblioteca no es raro ver aparecer escritores y académicos que se repasan hasta el último desconchón en las paredes para descubrir huellas de la presencia del maestro, pero también de aficionados que respiran profundo en el interior, como para embeberse de espíritu borgiano. Con intención de curar de la decepción a unos y otros, la municipalidad armó una pequeña sala con un viejo escritorio y algunos objetos que recuerdan al autor de El Aleph; allí los crédulos se santiguan y hasta los más agnósticos rezan por el alma del mago de las palabras. La vida y obra de Borges estuvo profundamente ligada a las bibliotecas, el espacio físico donde los libros nos recuerdan que dios es solo un capítulo de entre todos los que componen la inacabada enciclopedia del ingenio humano. Puede ser que en esta biblioteca de barrio, donde no parece concebible que la urgencia de la actividad cotidiana comprometiera todos y cada uno de los minutos laborables del catalogador, puede, decimos, que allí mismo compusiera Borges La biblioteca de Babel, un cuento con alusiones matemáticas relacionadas con la combinatoria y la infinitud, y donde se describe el lugar donde se atesoran todos los libros escritos y por escribir, que dispuestos de manera azarosa ocuparían tantos estantes como átomos hay en el universo. Una metáfora sobre el conocimiento que hoy identificaríamos con internet, la apoteosis mística de todo el saber humano, obscenamente expuesto al deterioro, la trivialización y el olvido.

No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

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