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La Histoire naturelle en la biblioteca


«De la naturaleza inmortal genio.
Y de su patria y siglo el ornamento».

Como bien se sabe, la Histoire naturelle de Buffon (Georges Louis Leclerc) consta de treinta y seis volúmenes aparecidos de 1749 a 1789 (Histoire de la Terre et de l’Homme, Quadrupèdes, Oiseaux, Minéraux y Suppléments). El Traité de l’Aimant et de ses usages fue el último libro en ver la luz poco antes de la muerte del autor. El volumen de Suplementos titulado Servant de suite à l’Histoire des Animaux quadrupèdes se publicó póstumamente. Con posterioridad aparecieron ocho números más (Quadrupèdes ovipares et des Serpents, Histoire Naturelle des Poissons, Histoire Naturelle des Cétacés) con amplias aportaciones de su discípulo y continuador Bernard-Germain de Lacépède (1756-1825), empeñado en concluir la tarea recopilatoria del maestro en lo que se refiere al saber biológico y natural de la época, un afán enciclopédico muy propio de la ilustración que sirvió fundamentalmente para divulgar el conocimiento y establecer los cimientos de la moderna ciencia empírica. Buffon recurrió a un paisano y amigo suyo, Jean Marie Daubenton (1716-1800), para que le proporcionara sutiles descripciones técnicas de las especies. Todo lo que hay en anatomía en los primeros quince volúmenes de Buffon es de Daubenton. En la biblioteca disponemos de un tomo suelto de la primera época. Se trata del volumen séptimo de una de las incontables ediciones de la obra, en este caso en formato «de bolsillo» (lo que técnicamente se denomina formato en cuarto), aunque no menos lujosa que sus hermanas mayores: lomos con dorados, piel de becerro y grabados plegables de Jacques de Sève impresos en las últimas páginas. Las ediciones de la Histoire naturelle se sucedieron casi ininterrumpidamente durante más de un siglo, pasándose a llamar Œuvres complètes de Buffon. Con el tiempo fueron suplementadas y ordenadas atendiendo a los criterios imperantes, tanto prácticos como estéticos. Nuestro precioso volumen de 1818 tiene cortes dorados y pertenece a la serie de  Minéraux, que tras una primera reorganización se constituyeron en los primeros tomos de la obra tras la Histoire de la Terre, pero sin formar parte de ella. A partir de 1820 las nuevas publicaciones incluyen la moderna clasificación del barón de Cuvier (orden, familia y género) en una tabla separada. Se dice que Georges Cuvier, otra gran gloria nacional francesa, respiró aliviado al saber de la muerte de Buffon: «Esta vez, el conde está muerto y enterrado». Dejando aparte el testimonio de ingratitud, para un buen número de sus discipulos directos o indirectos, Buffon representaba el pensamiento anquilosado y especulativo del antiguo régimen, lo que justifica en parte la ácida inquina del autor de Le règne animal distribué d’après son organisation, publicado en 1817.  En lo sucesivo, tanto Cuvier como su obra ejercerían una poderosa influencia en el naturalismo y la biología francesas, a la sazón a la vanguardia en Europa. Con todo, a medidados de siglo XIX los contenidos de la Historia natural ya resultan un poco rancios. Los nueve tomos de las Œuvres complètes de 1850 que puedes consultar físicamente no cuentan con los añadidos de Lacépedè y están modestamente editados en media piel y tosca tapa dura. Sin embargo, abundan en grabados coloreados a mano (normalmente estas ilustraciones formaban parte de ediciones más exclusivas). Llama poderosamente la atención que a las puertas de la revolución científica como la que preparaba Darwin con On the Origin of Species (1859), los lectores se siguieran deleitando con las descripciones elementales de especímenes disecados en el extinto Gabinete Real. Para darse cuenta de la popularidad que alcanzaron dichos textos baste señalar que en 1847 salió el Petit Bouffon des enfants, libro de extractos ilustrado y dirigido al lector infantil, retoños de las contadas familias pudientes que tenían acceso a los libros y a la cultura. Se sabe que la Princesa de Asturias Dña. Isabel de Borbón, popularmente conocida como La Chata, conservaba un ejemplar en su biblioteca.
Abundan las versiones de la Histoire naturelle en otros idiomas. La primera traducción al español data de 1773, veintitrés años depués de que apareciera en lengua alemana. Esta temprana tentativa es muy tímida: se trata de un único volumen, convenientemente filtrado y censurado por el propio traductor. No hay que olvidar que las ideas de Buffon resultaban subversivas e incluso peligrosas para la salud física y espiritual de la España dieciochesca. El naturalista José Clavijo y Fajardo fue el primero en acometer rigurosamente esta labor entre 1785 y 1805. Sobre él Menéndez Pelayo escribió: «Había tratado a Voltaire y a Buffon, cuya Historia Natural puso en castellano con bastante pureza de lengua». Desafortunamente nosotros no contamos con ningún ejemplar escrito en nuestro idioma, pero el acceso a esta versión es muy sencillo y libre a través de la Biblioteca Nacional.

Buffon

Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, se ahorró los previsibles conflictos con las nuevas autoridades jacobinas falleciendo meses antes de que estallara la Revolución. Su único descendiente moriría guillotinado en 1794, extinguiéndose de esta forma la saga familiar. Sin embargo, ochenta años de vida se quedaron cortos para tantas y tantas inquietudes, fruto de un espíritu ilustrado y curioso que ambicionó cualquier conocimiento positivo y produjo innumerables escritos de legislación, medicina, botánica, matemáticas, anatomía, biología, geología, silvicultura, cosmología, astronomía… e historia natural. Es cierto que su considerable fortuna le permitió dedicarse a estos menesteres, pero de no ser por su vitalidad y el frenético ritmo de trabajo diario, sus impresionantes logros no habrían podido materializarse en los treinta y seis volúmenes publicados en vida, escritos que compatibilizaba con sus negocios y la dirección del Jardín del Rey, institución que el propio Buffon elevó a la categoría más alta y que finalmente la Francia revolucionaria convertiría en el Museo Nacional de Historia Natural de Francia un año antes de decapitar a su hijo.
Buffon (apelativo con el que ha pasado a la historia por propia voluntad y que alude al pueblo del que era dueño) se levantaba cada día a las cinco de la mañana y trabajaba ininterrumpidamente en sus asuntos hasta las nueve de la noche. Las intuiciones del autor se adelantaron a posteriores contribuciones científicas como la teoría de la evolución, la formación de los astros o la deriva continental, lo que le valió el sobrenombre de El Plinio francés.  Sin embargo, Leclerc era un hombre de su tiempo. Cuando el síndico de la Sorbona censuró afirmaciones tales como la de que «el sol probablemente se apagará por falta de materia combustible» por desviarse de la ortodoxia,  el autor se apresuró a rectificar, no sin cierta displicencia, escribiendo «que todo el contexto de mi obra sobre la formación de la Tierra y en general cuanto puede ser contrario a la narración de Moisés, lo abandono, no habiendo presentado mi hipotesis sobre la formación de los planetas sino como mera suposición filosófica». Buffon escapaba así de las perversas garras dogmáticas que, por otro lado, jamás hubieran hecho presa en un ateo no declarado como él.
Quien desee acercarse a su obra ha de ver en ella un ejercicio más de estética poética y de notorio afán literario que de investigación rigurosa y contrastada. Buffon fue sobre todo un gran divulgador, hombre de vastos conocimientos ─traductor incluso del método de fluxiones y secuencias infinitas de Newton─ que allanó el camino de los notables científicos franceses que le sucedieron. La Histoire Naturelle, générale et particulière, avec la description du Cabinet du Roi  rivalizó  con la famosa Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, en la que Buffon declinó colaborar directamente, aunque algunos de sus artículos son un corta y pega de los suyos. Pero pese a que los resultados y la argumentación utilizada por el autor en su Histoire Naturelle no son ni sistemáticos ni rigurosos, es incuestionable la novedad de su planteamiento: pretende responder con perspectiva científica cuestiones tales como el origen del planeta y el de los seres que lo habitan. Ese proceder inaugura una forma de pensar estimulada por la renovación de las concepciones filosóficas que cuestionaban las creencias tradicionales y rompían las barreras impuestas a la expansión del conocimiento.  Admirado ya en su época (Rousseau decía de él que era «la plus belle plume de son siècle»), sus obras disfrutaron tempranamente de una extraordinaria difusión.  El traductor español afirmaba que «su misma curiosidad es consecuencia de la mucha capacidad de su celebro y la prueba cierta de su inteligencia» (Prólogo a la edición española de sus obras, Barcelona, 1832). Esforzándose en atraer a potenciales lectores en nuestro idioma, todavía remisos  a abandonarse sin objeciones en el mar crispado de la heterodoxia buffoniana, el traductor concluía:  «¿Qué utilidad es comparable con la que deben producirnos la contemplación y exámen de las maravillas del universo , si, como es justo, no las observamos para satisfacer nuestro natural apetito de saber cosas estraordinarias, sino para escitarnos por ellas à conocer y glorificar al Criador?». Miembro de una eminente generación de pensadores, Buffon quedó a la sombra de otras figuras de mayor porte científico que imprimieron una huella indeleble, como su coetáneo y antagonista  Carl von Linné,  Sin embargo, un cráter lunar fue bautizado con su nombre y la Historia natural, general y particular ha disfrutado de un dinamismo editorial que llega hasta nuestros días, debido en gran parte a su estilo impecable, pero también a la copiosa obra gráfica que acompañaba los textos y de la que hablaremos en una próxima entrada.

jinete pálido

El episodio vivido de los últimos meses ha ilustrado una evidencia a la que la mayoría de nosotros habíamos permanecido ajenos hasta el momento: la extrema vulnerabilidad de la especie y el terrible impacto social de la enfermedad traducido en pobreza, conculcación de derechos, manipulación, negligencia y muerte. Pero de ahí a convertirnos en «expertos» media un trecho considerable. Bien es cierto que la mayoria de esos expertos en cualquier cosa de los que se hacen notar en los medios, lo son sin avales ni formación, y posiblemente no sepan ni la mitad de la mitad de nada en particular, pues generalmente los que aceptan tan alegremente ese calificativo son los individuos más decididamente remisos al aprendizaje. En el caso de una pandemia, los epidemiólogos de verdad interpretan las claves del problema en función de estudios médicos y matemáticos que se contrastan a la luz de situaciones pretéritas, y son capaces de diseñar  modelos muy aproximados que anticipan los efectos más perniciosos para la población. De hecho, las desoídas advertencias de las organizaciones internacionales describían con bastante exactitud las consecuencias de un brote como el que vivimos. Ignorarlas trajo como consecuencia la desastrosa catástrofe que todavía no ha sido evaluada en su justa medida.
Aquellos que buscan respuestas en el presente han de volver la vista al pasado. La terrible pandemia de gripe española del primer cuarto del siglo XX ya no cuenta con testigos directos. Sin embargo, los abundantes registros ofrecen un filón inagotable para historiadores, médicos, sociólogos, matemáticos… también para cualquiera con ánimo suficiente como para establecer paralelismos entre lo que sucedió a partir de 1918 y lo padecido durante los últimos meses. Hay total unanimidad en señalar que España no fue sino uno más de los países asolados por la enfermedad y no el origen de la misma. No obstante, el nombre con el que se popularizó el brote es el que se ha impuesto, y a estas alturas no tiene sentido revisar lo que no tiene revisión. De este parecer es Laura Spinney, autora de El jinete pálido, un estupendo libro de divulgación sobre la gripe española aparecido en el 2018 con ocasión del centenario de una pandemia que se cobró entre 50 y 100 millones de víctimas.
El relato de Spinney es dinámico, serio y fundamentado. Documenta la pandemia en todas sus vertientes, aunque quizá la más atractiva es la que resulta de conectar los efectos de la Spanish flu con sucesos posteriores, determinantes en la evolución de acontecimientos como la crisis de los años veinte, la segunda guerra mundial o la emancipación colonial. Esos coletazos siguen ejerciendo de alguna forma un poderoso influjo en el discurrir de la historia: nos sorprende conocer, por ejemplo, que el origen de la fortuna de Donald Trumb se debe a la suculenta indemnización recibida por la muerte de su abuelo a causa de la gripe española.
Ahora que ya nos suenan familiares expresiones como distanciamiento social, cuarentena, debordamiento de la sanidad pública, heroicos sanitarios, detener la propagación, conseguir que la población cumpla, noticias falsas, desafección al poder, censura de prensa… llegamos a la conclusión de que incluso las sociedades más opulentas y avanzadas sucumben a los cantos de sirena de la falsa inmunidad, ignorando las demostraciones y advertencias de la implacable naturaleza a lo largo de su más que dilatada interacción con el género humano.
El jinete pálido de Laura Spinney se lee casi de un tirón y es una referencia de autoridad muy convincente en tertulias de sobremesa, al amor de un cafelito caliente y a no menos de dos metros del comensal más próximo.

«No cabe duda de que los medios tendrán un papel crucial que desempeñar en cualquier futura pandemia y también en esto 1918 nos enseña una valiosa lección: censurar y minimizar el peligro no funciona; difundir información veraz de manera objetiva y en el momento adecuado, sí. Sin embargo, la información y el compromiso no son lo mismo. Incluso cuando las personas tienen la información que necesitan para contener la enfermedad, no siempre actúan en consecuencia».

cien años de Boris Vian

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39 años. Como los 39 escalones de Hitchcock. Una vida muy breve para hacer muchas cosas: Boris Vian fue cantante, poeta, guionista, escritor, actor, técnico, crítico… No se puede decir que fuera un genio. Ni siquiera es correcto afirmar que todo lo que hacía lo hacía bien. Pero de lo que no hay duda es que era todo un personaje, un personaje de carne y hueso que protagonizó su propia y apretada existencia como nadie. Anticlerical con primera comunión, antimilitarista dispensado del servicio por problemas de salud, ingeniero con vocación de trompetista, blanco comprometido con la causa de los negros (americanos), escritor de novelas prohibidas por la cuarta República (francesa)… A nosotros nos interesa especialmente su dimensión literaria. Sus libros están escritos con la entraña. La pólvora que derrocha en todos sus escritos es una crítica demoledora al momento histórico que le tocó vivir. Sería por eso que sus libros no tuvieron demasiado éxito ni alcanzaron verdadera difusión hasta después de su muerte. Boris Vian falleció en un cine, en el patio de butacas, durante el estreno de una película basada en su novela más conocida: Escupiré sobre vuestra tumba. El escritor había renegado públicamente de esta adaptación a la pantalla y mostró su descontento muriéndose durante la proyección. Por si fuera poco, ese día los empleados del cementerio andaban de huelga (¡Aaaah! ¡La France siempre será La France!), así que sus amigos tuvieron que enterrarle por su cuenta. ¿De verdad que no te apetece leer nada de este hombre?

En el centenario de su nacimiento seleccionamos El desertor, interpretado por Vian (cantante), todo un referente antimilitarista del siglo XX. El segundo vídeo es una canción de Diane Tell, con letra del mismísimo Boris Vian (escritor).

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dia del libro

Todos los Días del Libro son especiales. Pero en tantos años de conmemoración, el del 2020 se lleva la palma. Nuestros libros, los que en apretada sucesión permanecen varados en las estanterías, se han convertido en testigos callados, que no mudos, de este confinamiento. Más de uno ha descubierto de nuevo su pequeña biblioteca, trazado con el dedo un rastro invisible sobre la fila de lomos expuestos a la curiosidad, recuperado trabajosamente un volumen del muro compacto, que se afloja y desmorona. El retiro obligado nos ha proporcionado la excusa perfecta para disfrutar del sencillo placer de la lectura, excelente compañera en momentos en los que la mente, cautiva del cautivo, se revuelve como gato enjaulado. En este día del libro, a solas con las lecturas recopiladas durante años, no se nos ocurre mejor homenaje que seguir compartiendo títulos y autores con nuestros estudiantes, esta vez a través de un servicio de préstamo telemático provisional. Ahora tenemos la oportunidad de difundir nuestros fondos electrónicos, una opción de lectura cada vez más popular que nos permite ser respetuosos con la naturaleza y llegar sin trabas a cualquier usuario que cuente con el dispositivo apropiado. No tiene el atractivo del libro en papel, un diseño que apenas ha sufrido modificaciones en siglos de historia, pero respeta la esencia de la palabra escrita y supera cualquier objeción práctica que se le quiera poner. Nos sumamos también a la propuesta de Marcos Mundstock (1942-2020) dirigida a la Real Academia y al Instituto Cervantes: «Apoyar al desarrollo de los libros de autoayuda de última generación: los libros de autolectura. O sea, libros que se leen solos. Usted lo compra, lo deja un tiempo en la biblioteca y ya no tiene que leerlo. Al fin de cuentas, es lo que muchos hacemos con todos los libros«. Gracias Marcos. Y descansa en paz.

escribir un diario

 A medida que la alfabetización alcanzó los distintos estratos de la sociedad occidental, los diarios y la correspondencia de los soldados, involuntarios protagonistas de la historia, fueron llenando los huecos que dejaban la propaganda y las versiones oficiales. Conscientes del impacto de sus testimonios, los censores del ejército trabajaban a pie de trinchera recortando los párrafos más crudos, las atroces descripciones de la carnicería, la natural desafección patriótica que se decantaba en el fulgor de los episodios más terribles. No se podía permitir que se quebrara la moral de retaguardia, la de las madres y esposas que aguardaban el retorno de sus héroes en loor de la victoria. Curiosamente, durante las grandes campañas bélicas del siglo pasado, los servicios de reparto postal funcionaron admirablemente, con puntualidad y un mínimo porcentaje de extravíos. También el soldado encontraba consuelo en la correspondencia que le acercaba a los suyos, que le ponía al corriente de la rutina doméstica, el primer diente del chico, el ternerillo malogrado… Imágenes, olores y sabores del añorado hogar al que quizá nunca regresaría. Es difícil imaginar la angustia de quien se siente desamparado, a merced de un obús extraviado, una bala rasante o un oficial desquiciado. Leer y escribir fue una vía de escape para el soldado durante los períodos de inactividad, que transcurrían lentamente en la tensa calma que precedía a la tormenta. Se han publicado abundantes compilaciones de diarios y cartas escritas en el frente. Son el resultado de investigaciones en archivos públicos y privados, fondos documentales y correspondencia particular. Buen número de estos libros fueron editados con motivo de efémerides y conmemoraciones. Otros han servido a la investigación historiográfica. Pero todos han alimentado la conciencia crítica de la opinión pública, que en sociedades con tradición democrática constituye el motor de corrientes a favor o en contra de determinadas cuestiones de interés capital.
Durante la Gran Guerra europea se distribuyeron millones de libros entre la tropa de uno y otro bando. Era una forma de aprender y mantener la mente ocupada. La labor benéfica de las bibliotecas de campaña no ha sido suficientemente alabada, pero es indudable que contribuyeron al esparcimiento y el equilibrio mental enmedio de la saturación casi insoportable de la conflagración. Siguiendo el ejemplo citado, a través de nuestra biblioteca de préstamo virtual te ofrecemos la posibilidad de leer lo que sea de tu gusto a lo largo de estas semanas de confinamiento. Si te ha interesado el tema de las cartas y diarios de guerra, contamos con el testimonio del peculiar escritor Ernst Jünger en Tempestades de acero; o Sarajevo, un estupendo libro de crónicas de la muy reciente guerra de Bosnia, escrito por el periodista Alfonso Armada. Pero si te apetece ocupar un asiento de primera en el devenir cotidiano de un conflicto, recomendamos la curiosa bitácora de William Henry Bonser Lamin. Hace unos años, su nieto tuvo la idea de publicar on line las cartas que su abuelo Henry había enviado desde el frente, respetando el orden y sincronizando cada entrada con el día correspondiente. Durante varios meses, lectores de todo el mundo pudieron seguir con el alma en vilo las evoluciones de Henry entre 1917 y 1918, temiendo que cada carta fuera la postrera. Ahora tienes la oportunidad de conocer de cerca al soldado Lamín y descubrir cuál fue su destino final.
Te proponemos igualmente que durante estos días escribas un diario de cuanto sucede alrededor. Estás viviendo un situación excepcional que sin duda recordarás el resto de tu vida. Es seguro que con el paso del tiempo se te olviden muchos de los detalles que están condicionando la experiencia de la cuarentena, y en el futuro te apetezca rememorar episodios que en su momento no te parecieron tan triviales o insignificantes. El diario te ayudará a pensar y a colocar en perspectiva todo lo que sucedió durante el año del coronavirus

Un relámpago brilló de repente en las alargadas raíces de aquella haya y un golpe contra mi muslo izquierdo me tiró al suelo. Creí que había sido alcanzado por un terrón de tierra; pronto el calor de la sangre que fluía en abundancia me hizo ver que estaba herido. Más tarde se pudo comprobar que un afiladísimo fragmento de metralla me había producido una herida en la carne, después de que mi portamonedas hubiera amortiguado su virulencia. Su aguzado filo, parecido al de una hojilla de afeitar, había traspasado no menos de nueve capas de rudo cuero antes de dañar el músculo. Tiré la mochila y corrí hacia la trinchera de donde habíamos venido. Desde todas la partes del bosque bombardeado afluían concéntricamente hacia aquel mismo sitio los heridos. Moribundos y heridos graves obstruían el paso; caminar por allí era algo horrible. Una figura humana que estaba desnuda hasta medio cuerpo y que tenía desgarrada la espalda se apoyaba en el talud de la trinchera. Otro hombre lanzaba de continuo unos gritos estridentes, estremecedores; de su nuca colgaba un jirón de carne de forma triangular. El Gran Dolor ejercía allí su imperio; por vez primera pude mirar, como por una rendija demoníaca, en las profundidades de su dominio. Y las granadas seguían llegando.

Ernst Jünger. Tempestades de acero (1920).

http://www.youtube.com/watch?v=YtbzMddkvU8

 

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