
Durante segunda mitad del siglo XIX las geniales intuiciones de un puñado de intelectuales que empiezan a conocerse como «científicos» impulsan un cambio radical que nada tiene que ver con las convulsas revoluciones sociales del pasado. La máquina de vapor, la telegrafía, la electricidad… son hitos que marcan el primer paso hacia lo que hoy llamamos «globalización». Los más optimistas identifican estas señales como balizas de una dorada senda que serpentea hacia el progreso y la felicidad. Las potencias occidentales hacen acopio de arsenal ideológico y económico, e invitan a participar en el festín a toda la humanidad, voluntariamente o a la fuerza. Profundos cambios en el tejido productivo y social contribuyen a disolver las viejas filiaciones con la tierra y a desplazar los intereses del capital hacia minas, fábricas o factorías. Cientos de miles de personas llegan las ciudades y sus periferias en busca de fortuna incierta. En este ambiente de positivismo extremo, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), editor de Balzac y Víctor Hugo, tiene en mente un proyecto de revista cuya finalidad será difundir entre los jóvenes temas científicos de una forma amena y atractiva. La casualidad atrae hasta su oficina a un joven escritor llegado de Nantes. Familiarizado con el rechazo, Julio Verne (1828-1905), que a la sazón tiene 34 años, porta bajo el brazo dos manuscritos que Hetzel promete estudiar. Sin sospecharlo, ambos personajes coinciden en considerar la ciencia como una forma superior de la cultura, atribuyéndole el poder explorador del que está necesitado el nuevo mundo que se vislumbra en el horizonte, y que se extiende mucho más allá de las fronteras heredadas de la generación anterior. Hetzel tiene olfato para estimar la nueva forma de literatura que se presenta ante sí. Se inicia de esta manera una particular colaboración que vincularía a los dos hombres de por vida, un particular tándem en el que los papeles de editor y creador se entremezclan fundidos al fin en un único proyecto que los hará ricos: Los voyages extraordinaires.
«Vendrán de todo el mundo, amarán los nuevos productos, adorarán las nuevas máquinas, serán modernos».
Boletín de la Exposición Universal. París, 1855.
En 1863 ve la luz el primer volumen fruto de esta colaboración: Cinco semanas en globo. Los pronósticos se quedan cortos: la novela se vende como rosquillas. Y Hetzel pide más: nada de ficción al viejo estilo. Le exige a Verne que escriba sobre situaciones bien documentadas, héroes porfiados, aventuras extremas… Y ciencia, mucha ciencia y mucho progreso tecnológico para aderezar el argumento. Los 62 títulos de Los voyages extraordinaires se publican entre 1866 y 1906. Hetzel & Cia (en el que podríamos incluir al autor como «uno más») asume la redacción-corrección-y-supervisión de la toda obra. Tras la muerte de Verne y aprovechando el tirón popular de la serie, su hijo y heredero le da continuidad al contrato original, aunque un tanto artificialmente, sirviéndose de notas y borradores inconclusos de su difunto padre, con el que siempre mantuvo una relación tortuosa. El proyecto se agota en 1919. El primer acuerdo de traducción al español se había firmado en 1886.
Aunque el talento de D. Julio está fuera de toda discusión, muchos opinan que el genio fue reconducido sagazmente por Hetzel, que cuidó tanto de la promoción como de la propia fase creativa, evitando la «dispersión» y orientando la contribución literaria y pedagógica de Verne hacia un producto de éxito comercial del que, dicho sea de paso, el editor se llevó la mayor parte de los beneficios. En una de sus cartas, el inventor literario de tantos y tantos ingenios y cachivaches rinde reconocimiento a su mentor afirmando sobre sí mismo que él es, a su vez, «un invento» de Monsieur Hetzel.
Les enfants du Capitaine Grant fue publicado por capítulos en el Magasin d’éducation et de récréation. El volumen original que incorporamos a nuestra biblioteca data de 1895(?). No lo podemos saber con seguridad porque la colección no hace referencia alguna a la fecha de edición, aunque se puede colegir por la decoración de la portada. Es un libro de porte noble, grande, de cortes dorados y con el lomo «del ancla», uno de los más bonitos de toda la serie. Las 172 ilustraciones de Édouard Riou (1833-1900) contribuyen al atractivo de un producto de colores llamativos, agradable al tacto y a la vista que, a pesar de haber sido impreso hace más de 125 años, sigue irradiando un poderoso influjo sobre el lector curioso y ávido de los secretos y aventuras que se esconden entre las páginas de un clásico inmortal.
¡Larga vida a Verne (y a Hetzel)!

















