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la belleza asesinada

En primer plano, una dama recostada en el lecho se nos muestra desnuda, de espaldas al observador. Yergue la cabeza apoyándola sobre la mano derecha. Aparentemente su atención se concentra en el reflejo que le devuelve un espejo. Cerrando la composición por la izquierda, un cupido alado sostiene ante ella el marco de caoba. La voluptuosa figura atraviesa el lienzo de un extremo a otro, ocupando el espacio de lo que parece ser una estancia reducida. La cortina carmesí contribuye a crear una zona de color que incrementa la intimidad de la escena. La carnalidad de esta Venus nos invita a contemplarla, en primer lugar como mujer; más tarde como diosa, sin más atributos que los propios de una sensualidad de la que es imposible sustraerse. No está claro cómo el primer desnudo del arte español terminó en la National Gallery de Londres. Sabemos sin embargo que Diego Velázquez pintó este cuadro por encargo, que lo hizo hacia 1648 en Italia y que tuvo varios dueños, entre ellos Godoy, el favorito de Carlos IV.

El 10 de marzo de 1914 la Srta. Richardson (“Slasher Mary”) le asestó a traición ocho cuchilladas. Suficiente para matar a la mujer… Pero no a la diosa, que a través del espejo observaba impasible los ademanes homicidas de su asesina.

Venus ante el espejo: Velázquez y el desnudo, de Andreas Prater.
La mujer de Roma, de José Luis Martín Nogales.
Las manos de Velázquez, de Lourdes Ortiz.

http://www.youtube.com/watch?v=5IQqUoS4F7o

El Prado: retrato de un museo bicentenario

Las tórridas jornadas del Madrid estival invitan imperativamente a tomar la sombra en parques y alamedas o a refugiarse de la canícula en uno de esos establecimientos del centro donde agua pulverizada se dispersa con ventiladores gigantes. El visitante más inquieto cuenta además con una alternativa mucho más refrescante que todo eso: visitar el Prado. Las salas del museo, especialmente climatizadas para el bienestar de las pinturas, ofrecen un espacio ideal para el recreo de los sentidos, embotados por el calor y los ruidos de la urbe. Y hay razones para sentirse como en casa: la inacabable sucesión de obras maestras son patrimonio de todos los españoles, y debemos sentirnos orgullosos de albergar en este edificio anexo a nuestra salita de estar una de las mejores colecciones de pintura, escultura y artes decorativas del universo mundo, reunida a lo largo de siglos y fruto de compras, donaciones y adquisiciones, y no del tradicional expolio que alimenta el inventario de ciertas pinacotecas europeas. En 2019 el Museo Nacional del Prado celebra su segundo centenario. A lo largo de estos años, las reales colecciones de arte se han convertido en un referente artístico, cultural y posteriormente turístico. Aunque el Prado no precisaba de mayores aderezos, con el tiempo vinieron a sumarse las ofertas del Museo Thyssen y el Reina Sofía, todo ello concentrado en un espacio urbano reducido que permite a propios y extraños solazarse hasta la extenuación para después tomar en la cercana estación de Atocha un tren que nos llevará con viento fresco. En el año de la efeméride se han editado o reeditado muchos volúmenes sobre la institución. Algunos harto conocidos, como la colección de relatos de Un novelista en el Museo del Prado, último de los libros de Don Manuel Mújica Lainez (1911-1984) o Los colores de la guerra, de Juan Carlos Arce (1958), una historia sobre la evacuación a Ginebra de cientos de obras de arte durante La Guerra Civil (1936-1939). La peripecia vivida por el patrimonio histórico-artístico durante los convulsos meses finales de la contienda se describe en El milagro del Prado, del escritor José Calvo Poyato (1951), un relato detallado y bien documentado de la tremenda chapuza que supuso la expatriación por etapas de los fondos del museo, y lo cerca que estuvieron de perderse para siempre en el caos favorecido por cuantos se autodesignaron sus salvadores. Arturo Pérez-Reverte (1951), un autor siempre interesante, invita a los lectores de El pintor de batallas a pasear por las salas del museo. En La infanta baila, el escritor y guionista Manuel Hidalgo (1953) cultiva una trama en la que las figuras de los cuadros, algunas de regio porte y otras no tanto, abandonan los escenarios en los que se han hecho célebres escapándose del museo, idea ésta que inspira igualmente las curiosas estampas vaciadas de José Manuel Ballester (1960). Concluiremos con dos obras más: la primera de ellas casi no necesita promoción. Se trata de El maestro del Prado, en la que Javier Sierra (1971) enfatiza la experiencia vivida durante sus primeras visitas, recién llegado a la capital del Reino; la segunda sugerencia está en la órbita de la literatura juvenil y se titula El misterio Velázquez, de Eliacer Cansino (1954).

http://www.youtube.com/watch?v=f5GxvR9qJMU

María, Alonso, Julieta y un tal Romeo

Cuando María entró por la puerta, los chicos de la ESO ya se habían desayunado con Cervantes y un corrusco de Shakespeare a cuenta del Día del Libro. Las profesoras de Lengua prepararon el terreno para que a última hora de la mañana el espíritu de los dos escritores se colara en las clases como ese viento cálido que empuja los rodamundos.  Los más se sorprendieron de la energía de nuestra invitada, una tremolina pelirroja multiplicada aquí y allá en decenas de gestos, balanceos y sorbitos de agua para recuperar el aliento. El escenario se transforma. El aula ya no es un aula. o al menos no lo parece cuando Romeo dice aquello de que el amor busca al amor como el estudiante huye de sus libros, y el amor abandona al amor como el niño que deja sus juegos para regresar al estudio… Julieta se estremece:  ¡Oh Romeo, Romeo! Si yo pudiera hablar a gritos… La palabra escrita recobra la vida, se abre paso a saltos por encima vocablos arcaicos,  de sentimientos eternos que la pasión juvenil enciende en el corazón de los oyentes, conmovidos quizá por el triste final que aguarda a los protagonistas, aunque también sorprendidos por la fuerza del texto inmortal. Cuando le llega el turno a Don Alonso Quijano, las aspas son brazos terminados en cucharones de madera, y la cordura de Sancho no nos parece sino una innecesaria rúbrica a la locura de su señor, vuelto lanza en el ristre contra el molino, que lo sacude y lo maja al punto de hacernos creer a todos que realmente se trataba de un gigante de casi diez varas de alto, un ser ominoso que posiblemente la sensatez nos haya hurtado por vernos reír de los desvaríos ajenos. Al toque del último timbre de la jornada las ilusiones se desvanecen, y el punto final cae y rueda por el pasillo, seguido por la desbocada chavalería, ávida de libertad. Se llevan con ellos algunos versos, el recuerdo apresurado de los clásicos y las narizotas rojas que les regaló María Alonso, indumenta perfecta para vestir de sueños lo que resta del día. Así que, sin más demora, pongámonos a leer…

http://www.youtube.com/watch?v=_HfZG6a6U1Q

Algunos juguetes y bastantes historias/ Quelques jouets et assez d´histoires

Hace muy poco tiempo conversábamos con Don Daniel en su Maison du jouet rustique de Pujols (Lot-et-Garonne, Francia). Allí expone la encantadora colección de juguetes que el visitante puede manipular muy a su sabor (a veces incluso con más vigor del que son capaces de resistir los frágiles mecanismos). A simple vista podría pensarse que la reducida estancia contiene todo el museo. Pero la apreciación es precipitada y engañosa: por cada objeto, Don Daniel multiplica los florilegios, que desdobla en un sinfín de pliegues abiertos a la antropología, la historia, la sociología y el folclore, eso sin contar los guiños a la física y la matemática práctica que componen un curioso mosaico de ciencia viva. Solo por eso ya merece la pena detenerse en este bonito pueblo aquitano. Pero si el viajero trae tiempo y ganas en el zurrón, descubrirá a poco que a su condición de gran conversador Daniel añade la de erudito, conocedor de los Quijotes de Cervantes y Avellaneda y verdadero exegeta de cuantos pasajes se nos antojen. Prueba de ello es su lenguaje, un español sin máculas que suena a clásico de tan leído y repasado, aderezado con palabras macizas que uno creía olvidadas en el baúl de la academia. Daniel Descomps es un espíritu libre inspirado en el caballero de La Mancha, y quién sabe si el genio redivivo de tan afamado personaje. Por todo lo dicho hasta el momento, cabe dedicarle a él y a todos cuantos mantienen viva la llama de nuestra lengua un modesto homenaje en el día de las letras, un veintitrés de abril del que se sabe suficiente como para afirmar que no se corresponde con la muerte Cervantes, que ya había fallecido para entonces, ni con la de Shakespeare, que seguía vivito y coleando. Puede ser que ni siquiera el Inca Garcilaso de la Vega desapareciera en fecha tal. Pero eso son historias de otro talego. Aprestémonos ahora a celebrar, que va siendo hora…

machado

Hace ochenta años que desapareció el poeta Antonio Machado. Como miles de españoles, abandonó su patria urgido por las terribles circunstancias de la guerra, arrastrando el peso de la pena y la derrota. Pero se detuvo pronto: quizá fuera porque intuyó la muerte. O simplemente por fatiga. Collioure, un pueblito francés cercano a la frontera, brindó el último cobijo al escritor sevillano (personas de incuestionable mérito académico afirman que Don Antonio era sorianoDoctores tiene la política…). Falleció en la cama de un pequeño hotel junto a la cajita que contenía un puñado de tierra española.  Lo enterraron de prestado, en un nicho que tan solo unos días después alojaría también a su madre anciana, a quién dedicó sus últimas palabras. No es intención nuestra glosar la vida y la obra de Don Antonio, pues son muchos los que con más tino y autoridad se encargarán de hacerlo durante estos días, pero sí llamar la atención sobre sus letras, en prosa y en verso, referente de la literatura española del siglo XX e inagotable fuente de encanto, belleza, sensibilidad y sabiduría. Pruebas de la modestia e ingenua sencillez del poeta son algunas de las líneas escritas para el proyecto de discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española que, por otro lado, nunca se llegó a formalizar:

No soy humanista, ni filólogo, ni erudito. Ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor, por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y, tal vez por ello, con escaso aprovechamiento. Pobres son mis letras en suma, pues, aunque he leído mucho, mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura. Y confesaros he que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron. Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada. Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa.

 

http://www.youtube.com/watch?v=AKDy6aC363g

http://www.youtube.com/watch?v=Zii0T33XA74

testimonio hasta el final

Si el pintor de las cuevas de Altamira hubiera puesto en marcha el reloj de la historia, nos separarían apenas diez minutos de una de las mayores atrocidades de las que se tenga noticia, cometida por media humanidad con el beneplácito de la otra media. El Holocausto, proyecto de exterminio premeditado, organizado y perpetrado contra los judíos europeos, es una demostración de que la infamia se alberga en una estancia oscura de nuestra civilizada conciencia occidental, y que el padecimiento de los demás nos suele ocupar más bien poco mientras observamos en la distancia espacio-temporal desde nuestra confortable barrera de observadores neutrales (la neutralidad es la falta absoluta de criterio y sentimiento; define al pez, al árbol o a la tachuela, pero no a un ser racional pensante). Como tenemos la costumbre de morirnos, la memoria colectiva es limitada y dura lo que dura la generación de quienes vivieron para contarlo. Pasado ese momento, es posible hacernos creer cualquier cosa. Brigadas de expertos en memoria histórica de lo que sea nos desvelarán quienes fueron los malos y a quienes debemos tener por héroes o por villanos. Pero afortunadamente la manipulación ideológica y política tiene un antídoto: la palabra. Mucho se ha dejado escrito del turbulento período que conmocionó a la vieja Europa durante la década maldita del 36 al 46 del pasado siglo. Los que tuvimos la suerte de nacer mucho después no hemos conocido agitación tal y esto, que es un alivio, también constituye un prolongado motivo para creernos que no puede volver a repetirse. Mientras escribía sus diarios, Víctor Klemperer (1881-1960) pensaba en esas futuras generaciones de hombres y mujeres que perderían la dimensión de la enorme infamia que le tocó vivir. El señor Klemperer era un profesor judío de religión protestante. Apartado de su cátedra universitaria y despojado de todos los derechos civiles, sobrevivió al exterminio por una sangrienta carambola del destino: el bombardeo asesino que arrasó la ciudad de Dresde, y que frustró su inminente traslado a un campo de concentración. Privado de las bibliotecas (los nazis sabían perfectamente que los libros eran incompatibles con el proyecto totalitario) a Don Víctor no le quedó más remedio que pararse a estudiar el crudo discurso de los que le habían robado la patria, el trabajo y la libertad (que no la dignidad). El pormenorizado análisis filológico del lenguaje como arma política se materializó en La lengua del Tercer Reich. Curiosamente, lo que  iba a ser su contribución más importante, unos voluminosos cuadernos agrupados bajo el título Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945,  fueron publicados por primera vez en Alemania ¡en 1995!, y la primera traducción al español data de 2003.  Durante años, el autor se consagró a la tarea de anotar con regularidad las experiencias de la pareja Klemperer (no sería justo olvidar a su esposa Eva, que era de condición «aria» y que, pese a todo, compartió su destino como si ambos fueran uno solo) reducidas a una suma de torturas y vejaciones que el poder totalitario proyectaba sobre ellos. Los diarios permanecieron inéditos durante décadas, hasta que los redescubrió Walter Nowosjki, un antiguo alumno. Hadwig, la segunda esposa de Klemperer, tenía cuarenta y cinco años menos que él. Fue ella quien asumió la dura tarea de transcribir el importante legado, garabateado en una letra apenas legible en todo tipo de papeles. Los dos volúmenes en los que se presenta esta obra son imponentes. Pero la lectura nos devuelve al opresivo ambiente de la Alemania nazi con una destreza narrativa que no se ahorra un ápice de humor, ironía y dramatismo, reflejando las incuestionables dotes literarias del eminente romanista. Al final de la guerra, Victor Klemperer decidió quedarse en la República Democrática. La vida en el nuevo régimen inspiró una nueva entrega de los diarios, esta vez centrados en el partido comunista alemán, en el que observa muchas similitudes con el comportamiento nazi, destacando que «bolchevismo, sionismo y nazismo son formas de la misma enfermedad».

http://www.youtube.com/watch?v=vHmAvynDVBU

El gran director de orquesta Otto Klemperer fue de los primeros que regresaron del exilio tras la guerra. Era primo segundo de Víctor Klemperer.

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