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de entre los libros de

Hubo un tiempo en que los libros eran un bien preciado. Quien podía acceder a la palabra escrita tenía la oportunidad de aprender a leer. Y la lectura era la llave del conocimiento. Los ricos y poderosos presumían no ya de lecturas doctas o piadosas, sino de los valiosos volúmenes que habían logrado atesorar, de ordinario comprando o canjeando, sin descartar regalos, robos o rapiñas. Cuesta creer que el progreso sedimentara sobre tales cimientos, pero así fue. De esta forma los libros se convirtieron también en objetivos. Cada cual componía una lista de títulos proscritos, so pena de requisa y consigna… Eso en el mejor de los casos. Era habitual que los implacables censores burlasen el ímpetu sancionador y se reservaran un ejemplar de entre todos los que entregaban a las llamas purificadoras. Nadie mejor que los fieles servidores de Señor para disfrutar de la fruta prohibida. Textos extraviados por éstas u otras contingencias se buscaron infructuosamente durante siglos. Algunos eruditos se hubieran ofrecido gustosos al tormento de hierros candentes a cambio de poseerlos siquiera unos instantes a la luz de un candil. Cuando la imprenta multiplicó las tiradas, los libros circularon con prodigalidad, pero la reverencia hacia ellos no hizo sino aumentar, acrecentando con ello la curiosidad y el ánimo de saber de los que hasta entonces no habían podido soñar con una biblioteca propia. Se ha descrito bien la natural disposición del hombre a salvaguardar lo que considera suyo, y los libros no fueron una excepción. Los nobles blasones con alarde de yelmos y tenantes aludían a la propiedad y disipaban las malas tentaciones. Institutos, gremios y congregaciones de toda condición se sumaron a la moda, señalando con estampas bien visibles los ejemplares de sus fondos. Era lo que se dio en llamar exlibris, locución latina que figuraba a modo de leyenda en estas marcas de propiedad, y cuyo significado es «de entre los libros de». El exlibris se extiende durante el siglo XVI por Francia, Inglaterra, Holanda e Italia, debido en parte a las aportaciones que realizaron artistas como Durero, Cranach y Holbein, que realizaron pequeñas obras de arte para hacendados y bibliófilos de la época. La estampa finamente grabada experimenta un auge a principios del siglo XX entre aquellos que desean expresar de manera exquisita su amor por los libros. El sello se personaliza sustituyendo los motivos heráldicos por otros que lo convierten en una marca única, íntimamente identificada con el propietario. En el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española (2001) leemos la siguiente definición: Exlibris: “etiqueta o sello grabado que se estampa en el reverso de la tapa de los libros, en la cual consta el nombre del dueño o el de la biblioteca a que pertenece el libro”.

http://www.youtube.com/watch?v=s8_fV8F35qE

marga

La corta existencia de Marga Gil Roësset (1908-1932) nos permite intuir un enorme talento, truncado en la flor de la vida cuando no era más que el débil halo que proyectaba una muchachita insegura y melancólica. No supimos de ella hasta que nos la presentó nuestra amiga María Díaz Perera en el precioso retrato a lápiz que ilustra la entrada. Por lo que se dice, Marga recibió de su familia una educación exquisita; los padres, religiosos y cultivados, le ahorraron interferencias escolares promoviendo la creatividad espontánea y alentando la vena artística al margen de modas y convenciones. Marga se crió pues en un ambiente protector y selecto, que sin mala intención le había hurtado la posibilidad de experimentar contratiempos y frustraciones propias de la edad, y donde el impulso creativo era generosamente recompensado. Fruto de ello, Marga recibió el Premio Nacional de escultura cuando tenía veintidós primaveras. Dos años antes había publicado un libro junto a su hermana Consuelo, El niño de oro, ilustrado primorosamente. Se cuenta que el gran escultor Juan de Ávalos se enamoriscó de la chica en la cantera de granito que ambos frecuentaban. Pero el corazón de Marga ―¡ay!― estaba en otro lugar. En un acontecimiento operístico le fue presentado Juan Ramón Jiménez, un poeta de cincuenta y un años, consagrado y ya con una corte de discípulos y aduladores a los que no les afectaban las manías y rarezas del maestro.  Por aquel entonces, Zenobia Camprubí hacía propósito de consagrar su vida al poeta. Por delante quedaban bastantes años de sinsabores y complacencias con el futuro premio Nobel. Desde ese momento Marga los frecuentó a menudo. A pesar de las objeciones de Zenobia, Marga se comprometió a tallarle un busto en piedra que nunca llegaría a terminar. El vínculo entre las mujeres se fortaleció… pero por dentro la soflama del amor estaba a punto de prender en incontrolada pasión por el escritor, que por lo demás debía estar encantado con que la jovencita le mostrara ese arrobo adolescente, pues menudo era Juan Ramón. Los días previos al fatal desenlace Marga vagó sin rumbo, emitiendo señales inequívocas de su intención. Fue una desesperada llamada de auxilio: paseó el paquete con el revolver de aquí para allá, lloraba… e incluso la misma mañana de su muerte le entregó al poeta el diario íntimo donde figuraban sus planes macabros. Una señorita se suicida en un hotelito en Las Rozas. Así rezaba la breve reseña aparecida en la prensa el treinta de julio de mil novecientos treinta y dos. Marga se descerrajó un tiro en la sien, pero no fallecería al instante. Fue trasladada al hospital. Allí Juan Ramón Jiménez veló a la moribunda en los últimos instantes, ajeno en ese momento a que el motivo de tan funesto arrojo era el amor sin retorno que ella le había confesado. En la carta que le escribió a Zenobia, Marga se despedía en estos términos:

«Zenobita … Vas a perdonarme … ¡Me he enamorado de Juan Ramón! y aunque querer … y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa … a mí al menos, pues así me ha pasado … lo he sentido cuando ya era … natural … que si te dedicaras a ir únicamente con personas que no te atraen … o te repugnan … quitarías todo peligro … pero eso es estúpido; … en fin me he enamorado de Juan Ramón … y siendo tu amiga … aquí ya está mi culpa … le he dicho … que le quiero … … y le he pedido que se case conmigo; … … ¡estaré loca! …………………….. pero como él … te quiere ¡te quiere!… pues me ha dicho que no … que nunca … … perdóname … porque si me hubiese dicho que sí … ¡ay! … a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada … … y tú eres mi amiga … y de verdad te quiero mucho … y me gustas mucho … … pues … ¡con ser todo eso tanto! … yo habría pasado por todo … por todo lo que fuese preciso … pero claro como soy yo sola a querer … … creo mucho mejor ¡matarme! ya … que sin él no puedo … … y … con él no puedo … … perdóname Azulita … por todo lo que si él quisiera yo habría hecho.
Marga».

http://www.youtube.com/watch?v=wCGvZGH_sr0

¡acude! Esa frase educa

Un palíndromo tiene su propia vida. Las palabras se mueven libremente hasta que encajan en un patrón afortunado de ida y vuelta, una suerte de simetría léxica más próxima a la matemática que a la lengua… ¡Y voilá! Segmentos sonoros, recortes de un universo delirante que pocas veces se pliegan a los deseos del autor. El dibujante y diseñador gráfico José Pablo García lo ha intentado con las palindrotiras, humor gráfico sujeto a estrictas leyes capicúas. Pero si lo traemos hoy aquí es por su aportación al mundo del tebeo. En la biblioteca podemos leer la versión gráfica de La Guerra Civil Española de Paul Preston, una verdadera odisea gráfica que consistió en pasar (y decimos «pasar» porque el dibujante apenas se ahorra una coma del original) un ensayo denso de cuatrocientas páginas a un álbum de unas… ¡¡mil trescientas viñetas!! que dan cuenta de todas las derrotas del conflicto, comenzando por un homenaje a Goya (Duelo a garrotazos) para terminar con la siesta del Caudillo. A lo largo de sus doscientas cuarenta páginas nos topamos con los protagonistas de la contienda y con numerosas referencias a imágenes y cartelería de la época, entre ellas la de los milicianos en alpargatas, apuntando con el Mauser desde la trinchera. Hay precedentes, y muchos. Aquí tenemos a mano los fascículos correspondientes de La historia de España (dibujada por Luis Collado entre otros) o las ilustraciones que hace Fernando Vicente para la La Guerra Civil contada a los jóvenes, de Pérez-Reverte. Pero el desarrollo de un ensayo histórico completo requería otro enfoque, y José Pablo García decidió quemar las naves en el empeño. El resultado: un completo análisis de la Guerra Civil desde sus cimientos, rescatando decenas de nombres y de situaciones que nos ofrecen una imagen compacta del conflicto bélico a través de un prisma fresco, como de alumno aplicado que pone su talento al servicio de lo que narra. La colaboración de dibujante e historiador se prolongó en otro libro, Muerte en Guernica, del que de momento no podemos dar referencias. Siguiendo con la sucesión de encargos que el dibujante está despachando con soltura, José Pablo ha publicado este mismo año una versión gráfica de Soldados de Salamina, reconocible título del reciente premio Planeta, Javier Cercas. Por todo ello, hemos creído oportuno profundizar en el trabajo de un autor joven y prometedor que señala el camino de otros tantos que vienen detrás, e interesarnos un poco por su forma de hacer y sus proyectos futuros. Y es que en este mundo de la creación, se es o no se es

una historia natural

Ya hemos escrito aquí la opinión que nos merece ese subproducto editorial tan rentable como inútil al que denominamos libro de texto, ideal para atizar el hogar en invierno (el combustible más caro del mundo). Pero para ser justos, reconozcamos que alguna vez su existencia estuvo justificada. En la segunda mitad del siglo XIX los textos escolares se antojaban necesarios para sembrar el germen del conocimiento en las nuevas generaciones. Escritos con esmero por profesores solventes, la virtud de estos autores no era precisamente la de atender las peculiaridades intelectuales de los jóvenes lectores, pero sí la de sintetizar los rudimentos de una disciplina sin ahorrarse un ápice de rigor y honestidad académica. En nuestro fondo contamos con El manual de historia natural de Manuel María José de Galdo, una guía para la segunda enseñanza (equivalente a la educación secundaria de ahora, salvando las distancias), por primera vez escrita pensando en alumnos españoles. Hasta ese momento se disponía de textos extranjeros, traducidos generalmente del francés. La primera edición es de 1848. Está dedicada a Su Majestad la Reina Isabel II y cuenta con los avales del gobierno de la época. De hecho, las reediciones ampliadas fueron libro obligatorio durante cuarenta y nueve años. D. Manuel presentó la primera versión con veintitrés añitos, aunque el texto fue revisado en numerosas ocasiones hasta prácticamente la fecha de su fallecimiento. En las sucesivas apariciones del manual, Galdo incorpora grabados y referencias al entorno natural español, especialmente en las lecciones de geología y mineralogía, temas en los que la información general se completa con datos locales como, por ejemplo, la situación de los principales afloramientos de minerales del país. La evolución personal e intelectual del autor y, por ende, la de la comunidad académica y científica de la nación, quedan bien patentes en los cambios y mejoras introducidas en cada una de las nuevas versiones: El señor Galdo, que llegó a ser durante un breve periodo de tiempo alcalde de Madrid,  pasa de las dedicatorias a la reina al cuestionamiento monárquico (1867), y de posiciones académicas conservadoras («el cultivo de las ciencias, lejos de ser hostil a la religión, es por el contrario uno de los más fundamentales y verdaderos apoyos«) a decididas apuestas por la nueva ciencia y las visiones más revolucionarias, como la teoría de la evolución, recogida finalmente en la edición de 1888 (casi treinta años después de que se publicara El origen de las especies de Charles Darwin). El estudio de este libro implicaba una fuerte dosis de memoria, sobre todo en lo tocante a las clasificaciones minerales, de animales y de plantas. En el apartado pecuniario, la venta de la obra reportó al autor bastantes beneficios, aunque muy, pero que muy alejados de los márgenes que dejan los actuales libros de texto.

http://www.youtube.com/watch?v=GFEvezG0d1w

la belleza asesinada

En primer plano, una dama recostada en el lecho se nos muestra desnuda, de espaldas al observador. Yergue la cabeza apoyándola sobre la mano derecha. Aparentemente su atención se concentra en el reflejo que le devuelve un espejo. Cerrando la composición por la izquierda, un cupido alado sostiene ante ella el marco de caoba. La voluptuosa figura atraviesa el lienzo de un extremo a otro, ocupando el espacio de lo que parece ser una estancia reducida. La cortina carmesí contribuye a crear una zona de color que incrementa la intimidad de la escena. La carnalidad de esta Venus nos invita a contemplarla, en primer lugar como mujer; más tarde como diosa, sin más atributos que los propios de una sensualidad de la que es imposible sustraerse. No está claro cómo el primer desnudo del arte español terminó en la National Gallery de Londres. Sabemos sin embargo que Diego Velázquez pintó este cuadro por encargo, que lo hizo hacia 1648 en Italia y que tuvo varios dueños, entre ellos Godoy, el favorito de Carlos IV.

El 10 de marzo de 1914 la Srta. Richardson (“Slasher Mary”) le asestó a traición ocho cuchilladas. Suficiente para matar a la mujer… Pero no a la diosa, que a través del espejo observaba impasible los ademanes homicidas de su asesina.

Venus ante el espejo: Velázquez y el desnudo, de Andreas Prater.
La mujer de Roma, de José Luis Martín Nogales.
Las manos de Velázquez, de Lourdes Ortiz.

http://www.youtube.com/watch?v=5IQqUoS4F7o

El Prado: retrato de un museo bicentenario

Las tórridas jornadas del Madrid estival invitan imperativamente a tomar la sombra en parques y alamedas o a refugiarse de la canícula en uno de esos establecimientos del centro donde agua pulverizada se dispersa con ventiladores gigantes. El visitante más inquieto cuenta además con una alternativa mucho más refrescante que todo eso: visitar el Prado. Las salas del museo, especialmente climatizadas para el bienestar de las pinturas, ofrecen un espacio ideal para el recreo de los sentidos, embotados por el calor y los ruidos de la urbe. Y hay razones para sentirse como en casa: la inacabable sucesión de obras maestras son patrimonio de todos los españoles, y debemos sentirnos orgullosos de albergar en este edificio anexo a nuestra salita de estar una de las mejores colecciones de pintura, escultura y artes decorativas del universo mundo, reunida a lo largo de siglos y fruto de compras, donaciones y adquisiciones, y no del tradicional expolio que alimenta el inventario de ciertas pinacotecas europeas. En 2019 el Museo Nacional del Prado celebra su segundo centenario. A lo largo de estos años, las reales colecciones de arte se han convertido en un referente artístico, cultural y posteriormente turístico. Aunque el Prado no precisaba de mayores aderezos, con el tiempo vinieron a sumarse las ofertas del Museo Thyssen y el Reina Sofía, todo ello concentrado en un espacio urbano reducido que permite a propios y extraños solazarse hasta la extenuación para después tomar en la cercana estación de Atocha un tren que nos llevará con viento fresco. En el año de la efeméride se han editado o reeditado muchos volúmenes sobre la institución. Algunos harto conocidos, como la colección de relatos de Un novelista en el Museo del Prado, último de los libros de Don Manuel Mújica Lainez (1911-1984) o Los colores de la guerra, de Juan Carlos Arce (1958), una historia sobre la evacuación a Ginebra de cientos de obras de arte durante La Guerra Civil (1936-1939). La peripecia vivida por el patrimonio histórico-artístico durante los convulsos meses finales de la contienda se describe en El milagro del Prado, del escritor José Calvo Poyato (1951), un relato detallado y bien documentado de la tremenda chapuza que supuso la expatriación por etapas de los fondos del museo, y lo cerca que estuvieron de perderse para siempre en el caos favorecido por cuantos se autodesignaron sus salvadores. Arturo Pérez-Reverte (1951), un autor siempre interesante, invita a los lectores de El pintor de batallas a pasear por las salas del museo. En La infanta baila, el escritor y guionista Manuel Hidalgo (1953) cultiva una trama en la que las figuras de los cuadros, algunas de regio porte y otras no tanto, abandonan los escenarios en los que se han hecho célebres escapándose del museo, idea ésta que inspira igualmente las curiosas estampas vaciadas de José Manuel Ballester (1960). Concluiremos con dos obras más: la primera de ellas casi no necesita promoción. Se trata de El maestro del Prado, en la que Javier Sierra (1971) enfatiza la experiencia vivida durante sus primeras visitas, recién llegado a la capital del Reino; la segunda sugerencia está en la órbita de la literatura juvenil y se titula El misterio Velázquez, de Eliacer Cansino (1954).

http://www.youtube.com/watch?v=f5GxvR9qJMU

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