Página 4 de 84

crear en tiempos de confinamiento: Ilu Ros

Leer, escribir, dibujar en confinamiento. Esta fue la tarea que se impuso Ilu Ros con Federico, una biografía muy personal del poeta fuenterino Federico García Lorca, y que vuelve a este rinconcito precisamente de la mano de aquella que lo hizo posible. La creación de esta obra nos llamó la atención porque conciliaba una visión particular de una reconocida figura de nuestras letras con un enfoque fresco y jovial en tiempos difíciles: el confinamiento fue el refugio de muchos autores recluidos que domesticaron las horas dibujando pequeños mundos personales. Ahora estos mundos ocupan los estantes de las librerías, establecimientos de encuentro que de nuevo se abren a los lectores, sin recelos ni (casi) restricciones. Advertidos de su disposición y de su generosa amabilidad, nos pareció interesante hablar con la autora de esta aventura editorial sometida a los rigores de la pandemia, y recabar sus impresiones sobre la figura y la obra de su Federico, el que ella tanto conoce y que nos presenta en un bonito libro que podemos leer y releer cuantas veces queramos.

Este es el relato de de nuestro encuentro, en su primera parte:

Bl• Someramente, ¿cómo es el proceso creativo de un libro como Federico y cuánto tiempo te ha llevado?

I.R.• El proceso creativo de Federico o de cualquier libro ilustrado por el estilo como Cosas nuestras, una publicación anterior, es largo y no podría describirlo solo con una frase porque al final se pasa por muchas fases. Lo más emocionante se produce al principio, cuando empiezan a surgir todas las ideas y se vive con la emoción de lo que se va a hacer. Pero luego hay que trabajarlo bien, poner los pies en la tierra y empezar a darte cuenta de que realmente en el mundo de las ideas es muy complicado llevarlo todo al papel, escribirlo, dibujarlo… entonces hay altibajos creativos, digamos, pero en general creo que es un proceso bonito… También es verdad que a mí me gustan los libros y disfruto mucho de estos vaivenes, aunque en algunos momentos me lleven a sufrir un poco. Federico en conjunto me llevó hacerlo un año y algo. Dicho así es un poco injusto, porque no describe la situación: Federico no es un libro que se haga en ese tiempo… en condiciones normales requeriría bastante más. Pero bueno, el trabajo fue en medio de la pandemia, así que lo terminé en un año y poco. Hay que decir que estos proyectos que llevamos a cabo los y las ilustradoras suponen trabajar simultáneamente en otras cosas, así que los tiempos se suelen alargar más o menos dependiendo de otras realidades, de las facturas que haya que pagar o si debes compaginarlo con otros encargos. Pero en este caso, yo me encerré solo con Federico; aunque comencé a darle vueltas a la idea un poco antes de la pandemia, me consagré en serio durante el primer confinamiento.

Bl• Suponemos que metida en un proyecto tan prolijo como éste, alguna vez te has topado en sueños con el poeta. ¿Has tenido la oportunidad de “hablar” con él?

I.R.• Uff…Bueno… (Ríe). Creo que desde el mismo momento en el que empecé con este libro, que fue durante el confinamiento, me encerré con Federico García Lorca. Yo vivía con mi pareja, pero en la casa éramos tres (Ríe): nosotros dos y Federico García Lorca. Desde luego no diría que he “conversado” con él, pero sí que ha formado parte de mi vida en esos meses, básicamente porque también el trato con el resto del mundo se hacía más difícil… También me dediqué a leer toda su obra, las cartas… y aquí sí que pude escuchar su voz. Sumergirme es su poesía era una forma de acceder a su intimidad, y la correspondencia con amigos y familiares revelaba como pensaba en realidad. Cuando abría su corazón era como escucharlo a él directamente… Así es que, definitivamente, hablar con Federico, no… pero sí que lo sentí muy cerca.

Bl• ¿Qué te resultó más difícil, dibujar (y relatar) los dos actos en color o ese terrible tercer acto en blanco y negro?

I.R.• En cuanto a peso de trabajo, lo que se dice trabajo de lápiz, creo que fueron los actos primero y segundo, que tienen mayor longitud y un trato específico: tenía que hacerlo en color y yo trabajo en papel, con acuarela, así que fue más laboriosa esta parte… Ahora bien: sí es verdad que el tercer acto tenía un mayor peso emocional… relata el último mes del poeta. Sabemos que trata de su regreso a Granada, y que esa estancia anticipaba lo que será el momento de su muerte. Esta resolución trágica era difícil de plantear porque quería ser justa con la memoria del poeta, y personalmente no deseaba que eso transformara el libro en algo excesivamente dramático, aunque sí que estuviera reflejado el dolor de la guerra, de todo lo que provocó un golpe de estado y el sufrimiento que trajo consigo para toda la población. Era un trabajo que tenía que documentar muy bien para “no colarme”, y tampoco dejarme llevar por mis sentimientos, sino intentar ser objetiva y aun así transmitir la tensión de la muerte anunciada de Federico, de los padecimientos tanto de sus amigos como de sus familiares en un ambiente de guerra civil.

«Federico ha formado parte de mi vida en esos meses, básicamente porque también el trato con el resto del mundo se hacía más difícil».

Bl• De todos los “Federicos” que nos has dibujado en el libro, ¿con cuál te quedarías?

I.R.• ¡Me quedaría con todos! Me gustó muchísimo descubrir al Federico niño, porque creo que es la faceta biográfica menos conocida. Pero me encanta el Federico creativo, la alegría del Federico de la residencia de estudiantes, del Romancero gitano… Del Federico que hacía piña con todos los que fueron sus amigos, como Buñuel. No sé. Me quedo también con el Federico del teatro, de La Barraca… esa es una de las facetas de la vida del poeta que más me gustan. Me lo imagino danzando por todos los pueblos de España, en aquella caravana tan especial.

Bl• ¿En algún momento pensaste que esta semblanza que haces del poeta granadino pudiera ser un valioso material para las clases de literatura en el instituto?

I.R.• Pues si digo la verdad, nunca me lo planteé, pero sí que es cierto que cuando estaba leyendo y documentándome sobre la Generación del 27, sí que pensé en mi adolescencia, cuando estaba en el instituto y me presentaban a la Generación del 27 en gruesos libros de texto, donde aparecían esas fotos en blanco y negro, poetas con semblante hosco, y ese rictus, y esas corbatas… Me hubiera gustado más que la presentación no se hubiera quedado aquí. Me quedé con la impresión de que se trataba de académicos graves y serios… Investigando sobre Federico empecé a vislumbrar quién era toda aquella gente, y me di cuenta de que quizá en mis tiempos de estudiante no llegaron a transmitirme lo que realmente significó creativa y artísticamente esta generación para España y para nuestra cultura contemporánea. Ahí sí que pensé que quizá habría que plantearse otra manera de hacer llegar ese conocimiento a los niños y a los adolescentes, no sé cuál, pero revelar que estos escritores estaban constantemente jugando con las palabras, innovando, pasándoselo bien, creando sin parar como una forma de progresar. Eso es lo que los hizo tan grandes, la interacción entre poetas, escultores, pintores, futuros cineastas… Desde luego no era un reflejo de las estampas grises que yo recordaba.

Bl• En relación con tu incipiente carrera como creadora, ¿qué has echado en falta durante los largos años de aprendizaje en el instituto y/o en la universidad?

I.R.• Cuando yo estudiaba en el instituto, el desarrollo del talento de los alumnos, de su parte creativa, tanto en artes como en dibujo, música, danza, interpretación… bueno, todo eso no se potenciaba en exceso, creo yo. Como a mí siempre me había gustado dibujar, posteriormente en la universidad me decidí por las Bellas Artes. pero fui la única de mi promoción que se inclinó por esta opción. Aun así, se debía hacer el bachillerato de Humanidades porque no existía el artístico, como ahora. Después ingresé en la universidad. En la especialidad de Bellas Artes sí que se potenciaba la creación artística, claro, pero no estaba específicamente dirigida a la ilustración. En mi caso, lo de pensar en ser ilustradora vino mucho después…

(Continuará…)

litegrafía y geogratura

Los mapas siempre han cautivado la imaginación de las mentes libres: los contornos, las formas, los colores, las letras que recorren como hormiguitas la superficie del papel, los símbolos delicadamente atrapados en la complicada telaraña de rumbos y meridianos… Y sobre todo, el poder evocador de esas láminas, que nos transportan en el tiempo y en el espacio de una forma que no ha sido capaz de emular el gúguel maps. Desgraciadamente, en nuestra biblioteca no quedan mapas antiguos, extraviados o simplemente expurgados por “viejos”, el sino de cualquier volumen que tenga las tapas averiadas. Pero en la Biblioteca Nacional hay buena muestra de este arte que merece atención, y ya no solo por su indudable atractivo estético sino por la importante información geográfica e histórica que contiene, como el Atlas de Afferden (1755) o el Nuevo Atlas, o Teatro de todo el Mundo (1653) de Johannes Janssonius. Inspirados por una idea que encontramos en la red, e imitando el diseño del Atlas de geografía astronómica, física, política y descriptiva (1900) de Juan de la Gloria Artero, del que conservamos algunos mapas,  decidimos dibujar la primera lámina de lo que será nuestro Atlas Abreviado o Compendiosa Geografía de la Literatura Universal de Biblioluces, un recorrido cartográfico por la historia de la literatura, comenzando con el lúdico ejercicio de recrear la tierra de “los nobeles” con todo lujo de detalles. Ríos, ciudades, islas, cabos y hasta un par de golfos. Y es que la historia de los premios Nobel en esta disciplina da mucho, pero que mucho juego: ¿Quién ha oído hablar de los primeros galardonados? ¿Por qué hay tanto escandinavo de nombre impronunciable en la insigne relación? ¿Alguien fue capaz de rechazar tal distinción? ¿Cuántos hispanohablantes han merecido las ripiosas dádivas de la Academia Sueca? ¿Siempre se le ha concedido el premio al escritor más meritorio? ¿Qué nos haría falta actualmente, además de saber leer y escribir, para hacernos con una medalla de aleación y un diploma personalizado? Nuestro mapa litegráfico sobrevuela las nada desiertas islas en las que podemos distinguir poblaciones tan conocidas como Hemingway o García Márquez, o descubrir el sinuoso discurrir de los ríos que van a parar al lago Pasternak o desembocan en el mar de los Honores. La interpretación de los Nobel en clave geográfica nos ha permitido identificar las lenguas preponderantes, la distribución de autores por continentes y la trascendencia de sus obras. Son muchos más los olvidados que los recordados por crítica y público, aunque sea para mal, y de entre todos siempre hay alguno cuyo nombre nos evoca la marca de un colutorio para la garganta. Nuestra pequeña contribución a la cartografía literaria es un tributo a todos y cada uno de los galardonados, aunque solo sea por haber soportado estoicamente el frío riguroso del gélido y húmedo diciembre holmiense (Menos Dylan, claro).

federico

Los miembros de «La Barraca», en ruta. Dibujo de Ilu Ros.

Federico García Lorca (1898-1936) nació en el siglo XIX, pero su marca biográfica y literaria ha quedado impresa a hierro candente en el primer tercio del siglo XX. Desgraciadamente, la función de su vida se canceló abruptamente y antes de tiempo. La lista de las insignes figuras de la cultura hispana que de una u otra forma confluyeron en el impetuoso torrente lorquiano es extensa: Manuel de Falla, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Valle Inclán, Ramón Menéndez Pidal, Margarita Xirgu, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda… por citar algunos. De todos ellos hubo un poco en este granadino apasionado. Ochenta y seis años después de su muerte, seguimos honrando la memoria del poeta, aunque nos consta que son bastantes aquellos que lo reivindican sin haberlo leído siquiera, pero así son las cosas. Abundan los títulos, ensayos y artículos que analizan su contribución a la cultura y al idioma. De entre todos destacamos el libro recientemente publicado por la ilustradora Ilu Ros, quizá porque nos aproxima al autor de forma rigurosa, pero con un lirismo sutil que desvela la faceta más íntima del hombre, del amante, del creador, de niño chico que siempre fue. Ilu Ros “filma” con los pinceles un reportaje primorosamente ilustrado con un estilo muy personal, que en tres actos con su interludio nos lleva desde lo que fue la celebrada infancia, recobrada a través de los testimonios de cuántos le conocieron, hasta la brevísima madurez, que apenas tuvo oportunidad de ofrecernos una ínfima porción del caudal que el buen Federico prometía. Pasajes de sus obras, fragmentos de cartas, referencias de los amigos, recuerdos de familia… Una ordenada relación documental que nos invita a profundizar un poco más en su vida y en su obra (si es que acaso es posible separar la una de la otra). Dos eran las oportunidades que se nos presentaban de satisfacer tal pretensión. Y decidimos explorar ambas: por un lado, revisar la poesía y la producción dramática de Lorca con los ojos y la mente de un lector del siglo XXI. Por otro charlar con Ilu Ros, joven autora de este Federico, la biografía literaria y sentimental de la que venimos hablando y que tan buena impresión nos ha causado. Empezaremos por ésta última… Así que allá vamos, a ver qué tal nos sale.

leer en internet

Noticia bomba: los príncipes se separan. Este es el tipo de encabezamiento que nos garantizará unos segundos de atención por parte del lector ocasional antes de que éste descubra que le hemos tomado el pelo. Escribir en internet es algo así como arrojar un puñado del grava al mar: tanto da que entre cuarzos y dolomitas se escurra alguna piedrita preciosa. Todo se perderá en la inmensidad del océano. Sin embargo, la romántica idea de vaciar la creatividad en el oscuro sumidero de la red es más fuerte que el natural pudor de los autores, convencidos los unos de su mediocridad o, por el contrario, de su inédita genialidad. Fuentes generalmente bien informadas aseguran que la pareja real formalizó ayer noche… Pequeña descarga supletoria que nos posicionará (qué verbo tan horrible. Gracias RAE…) un poco más arriba. Y es que,  ¿qué buscador se puede resistir a las palabras pareja y real? Una competencia demasiado fuerte para el atribulado internetescribidor, desvalido e ignorado como si sus obras completas se hubieran publicado en un paquete de toallitas húmedas . Aunque eso no impide que diariamente la red hierva con nuevos contenidos, críticas mordaces y sonoramente groseras, intentos febriles por hacerse notar, perversos montajes comerciales para incautos, palabras vacías, mensajes rancios y bobos, titulares redactados con plantilla. A todo eso hay que unir la inconstancia del lector, concentrado en el dedo temblón, automático, que le llevará (nos llevará) a su antojo de acá para allá antes de que la pupila se acostumbre al destello de la pantalla. El príncipe residirá a partir de la semana próxima en un piso de protección oficial, propiedad de su cuñado… Otra combinación explosiva: príncipe y cuñado. Puede ser que a la vuelta de unas horas estas frases inconexas e insustanciales (un príncipe, un cuñado, un piso de protección oficial…) alcancen una dimensión desmesurada, su sonoridad se imponga e incluso suplante la verdad a la que poco a poco vamos renunciando, para convertirse después en una escoria fría, negra e inútil, acumulada por capas en los depósitos de nuestra memoria. Tampoco contamos con el tiempo necesario para leer los ochenta mil títulos que se publican cada año en España, así que ni siquiera estamos en condiciones de valorar con garantías el estado de salud de nuestro mercado editorial. Únicamente disponemos, una vez más, de las reseñas y referencias que aparecen en internet, las más de las veces mal documentadas, escritas de oído o descaradamente parciales. En esta tesitura, nosotros nos conformamos con hacer una pausa entre obligaciones para escribir sin compromiso una nadería, a modo de ejercicio mental, para terminar releyendo aquello que nos gustó… Porque en un mundo saturado por billones de letras que no se leen, los textos que alcanzan el limbo de la excelencia son los que se instalan en la antecámara de la razón, aquellos que nos hacen un poco más libres, un poco más sabios; puede que hasta un pelín más infelices. Como dijo Borges: Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. (Del libro «Borges Oral». Alianza Editorial. 1998).

la serrana

Te invitamos a que uno de los propósitos literarios para el año nuevo sea el de recordar al menos uno de los romances tradicionales de nuestro rico romancero, una expresión de cultura popular que sin el sustento que le es propio, la transmisión oral, únicamente resulta accesible a través de registros sonoros que folcloristas e investigadores entusiastas recopilaron durante las últimas décadas por toda la geografía española. Curiosamente, fueron los niños del siglo XX los últimos depositarios de un romancero casi totalmente olvidado que hunde sus raíces en el siglo XIV, al incorporarlos al repertorio musical de sus correrías por el patio de la escuela o la plaza del pueblo. Escribe Menéndez Pidal en su Romancero Hispánico que «La última transformación de un romance y su último éxito es el llegar a convertirse en un juego de niños».

Los romances son poemas breves de tema variado que se cantaban o recitaban con acompañamiento musical, y que estaban íntimamente ligados al folclore del lugar, por lo que abundaban versiones, interpretaciones y variantes sobre un mismo tema.
El que traemos hoy aquí trata de pasiones innobles y amores mal entendidos. Con una técnica casi cinematográfica, el romance describe el encuentro en descampado entre la serrana y uno de los galanes que la pretenden. La muchacha acude a la boda de su hermano sorteando como puede la nieve que se acumula en el camino. Hace un frío que pela. Al notar la presencia del hombre, pone pies en polvorosa. Pero el individuo no está dispuesto a dejar escapar la presa y, dejándose de disimulos, corre tras ella. La alcanza al pie de un olivo mágico. Por mucho que insiste, el caballero no logra convencer a la muchacha de sus buenas intenciones, hasta que, harto de ruegos y carantoñas, descubre sus cartas: si por las buenas no se le otorgan los favores que demanda, se los tomará él por las malas a punta de cuchillo. En pleno forcejeo, el puñal le cae de las manos y la serrana, veloz como un rayo, lo toma al vuelo y le atraviesa el corazón de parte a parte, punto álgido de la historia. En esta versión, la chica no se apiada del galán, que en trance de muerte se lamenta infantilmente por la torpeza cometida. La serrana no solo da muestras de ser rápida, ágil y veloz, sino que haciendo alarde de un músculo notable, carga el cuerpo del hombre a lomos de su caballo con intención de darle sepultura. La versión escogida incorpora a un ermitaño que le concede el lugar que viene buscando, aunque discretamente deja entender que el muerto no es cosa suya y que si quiere redondear la faena ha de apañarse ella solita como buenamente pueda.
La versión cantada es de Joaquín Díaz.

Por la montañita arriba camina la serranilla
con la falda arregazada y la nieve a la rodilla.
La nieve caía a copos y agua menudita y fria,
con el pie pisa la nieve, con el zapato la trilla.
Echó la vista hacia atrás, por ver si alguno venía
la estaba viendo un galán de los que la pretendían.
La niña de que le vió, dejó de andar y corría;
mucho corría el caballero, pero más corre la niña.
Dónde la vino a alcanzar, al pie de la verde oliva,
la oliva como era amarga, amargamente decía:
-Dónde va la niña blanca, donde va la blanca niña.
-Voy a bodas de mi hermano, que casarse pretendía.
-Si tú me quieres a mí, yo iría en tu compañía.
-Yo no te quería a ti, que mis padres no querían;
no me quites el honor, aunque me quites la vida.
-Te he de quitar el honor, no te he de quitar la vida.
Estando en estas palabras, el puñal se le caía,
la serrana que no es torpe, con su mano le cogía.
Se le clavó por la espalda, a un costado le salía.
Con las ansias de la muerte, estas palabras decía:
-No te vayas alabando, ni en tu tierra ni en la mia
que has dado muerte a un galán, con las armas que él traía.
Se le cogió en el caballo, sube montañas arriba
donde había un ermitaño ganando su santa vida.
-Por Dios te pido, ermitaño, por Dios te lo pediría
que me dejes enterrar un cuerpo que aquí traía.
-Entiérrale niña blanca, entiérrale, blanca niña.
Con el su puñal dorado, la sepultura le hacía.

macbeth

Las tragedias de Shakespeare nos acercan tanto al espíritu del hombre que no es fácil ver o leer sus obras sin sentir escalofríos, como si nos contempláramos por dentro, bajo la piel. La entraña palpitante que tanto nos perturba se llama Julio César, Otelo, Hamlet, Lear. O Macbeth. Parece ser que la historia que narra Shakespeare poco o nada tiene que ver con las verdaderas tribulaciones de este rey de Escocia. Como fabulador que era, el autor se sirvió de los testimonios que más convenían a su intención dramática, descuidando el rigor histórico. Sin embargo, el personaje que ha alcanzado inmortal notoriedad es este Macbeth teatral, y no el oscuro señor de la guerra que se alzó en armas contra Duncan, un soberano débil que también se había apropiado el trono de aquella manera. Los hijos de Duncan fueron desterrados, pero uno de ellos regresaría para arrebatarle de nuevo el cetro, o la porra, en un levantisco ciclo de traiciones y venganzas sin fin, que en la Escocia de aquella época era la modalidad preferida a la hora de hacer política. Con su habitual olfato dramático, Shakespeare se propuso componer una historia trufada de alusiones al frustrado magnicidio que estuvo a punto de proyectar literalmente por los aires a Jacobo Estuardo, a la sazón rey de Inglaterra, y que se dio en llamar, no por casualidad, la Conspiración de la Pólvora. La escenificación de los acontecimientos de la Escocia del siglo XI permitía al público del siglo XVII enfrentarse a una versión simbólica de este proyecto de atentado, y a presenciar el restablecimiento triunfal del orden. Muchos son, pues, los atractivos de esta obra para los espectadores de la época, a los que no se les pasaba por alto el mensaje subliminal del argumento, pacientemente hilvanado por el autor y por cuántos le sucedieron en los añadidos que no le son atribuibles. ¿Y para nosotros? Las siempre enriquecedoras disecciones humanas de Shakespeare proporcionan al público ávido de sensaciones una estimulante amalgama de belleza y pasión, y la densidad poética de los textos sigue fraguando con firmeza en la mente del lector moderno, inclinado como el de antaño a revolverse en la butaca cuanto detecta las fuerzas oscuras que desencadenan la tragedia, a sobrecogerse ante el triste espectáculo que ofrece el alma débil y manipulable, y a indignarse de igual manera por el impulso irracional que mueve a engañar, traicionar y asesinar para cumplir unos designios confusos, que en el caso de Macbeth y su esposa terminan siendo fatales.

Abundan las versiones de esta obra universalmente reconocida en casi cualquier idioma, pero es necesario algo más que saber inglés para traducir Macbeth. Con todo respeto discrepamos de Harold Bloom cuando advierte que las malas traducciones de Shakespeare aconsejan abstenerse al lector en español. Pues apañados estaríamos el común de los mortales si solo pudiéramos leer a los clásicos en el original. Si te acercas por la biblioteca encontrarás una versión de Ángel Luis Pujante y otra de Don Agustín García Calvo. Resulta interesante comparar el trabajo de ambos, descubriendo las soluciones estéticas que encuentran para cada verso, algo al alcance de muy pocos, es verdad, pero a prueba de los lectores más exigentes. Feliz Año Nuevo.

 

« Entradas anteriores Entradas siguientes »

© 2026 . Alojado en Educastur Blog.