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federico

Los miembros de «La Barraca», en ruta. Dibujo de Ilu Ros.

Federico García Lorca (1898-1936) nació en el siglo XIX, pero su marca biográfica y literaria ha quedado impresa a hierro candente en el primer tercio del siglo XX. Desgraciadamente, la función de su vida se canceló abruptamente y antes de tiempo. La lista de las insignes figuras de la cultura hispana que de una u otra forma confluyeron en el impetuoso torrente lorquiano es extensa: Manuel de Falla, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Valle Inclán, Ramón Menéndez Pidal, Margarita Xirgu, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda… por citar algunos. De todos ellos hubo un poco en este granadino apasionado. Ochenta y seis años después de su muerte, seguimos honrando la memoria del poeta, aunque nos consta que son bastantes aquellos que lo reivindican sin haberlo leído siquiera, pero así son las cosas. Abundan los títulos, ensayos y artículos que analizan su contribución a la cultura y al idioma. De entre todos destacamos el libro recientemente publicado por la ilustradora Ilu Ros, quizá porque nos aproxima al autor de forma rigurosa, pero con un lirismo sutil que desvela la faceta más íntima del hombre, del amante, del creador, de niño chico que siempre fue. Ilu Ros “filma” con los pinceles un reportaje primorosamente ilustrado con un estilo muy personal, que en tres actos con su interludio nos lleva desde lo que fue la celebrada infancia, recobrada a través de los testimonios de cuántos le conocieron, hasta la brevísima madurez, que apenas tuvo oportunidad de ofrecernos una ínfima porción del caudal que el buen Federico prometía. Pasajes de sus obras, fragmentos de cartas, referencias de los amigos, recuerdos de familia… Una ordenada relación documental que nos invita a profundizar un poco más en su vida y en su obra (si es que acaso es posible separar la una de la otra). Dos eran las oportunidades que se nos presentaban de satisfacer tal pretensión. Y decidimos explorar ambas: por un lado, revisar la poesía y la producción dramática de Lorca con los ojos y la mente de un lector del siglo XXI. Por otro charlar con Ilu Ros, joven autora de este Federico, la biografía literaria y sentimental de la que venimos hablando y que tan buena impresión nos ha causado. Empezaremos por ésta última… Así que allá vamos, a ver qué tal nos sale.

leer en internet

Noticia bomba: los príncipes se separan. Este es el tipo de encabezamiento que nos garantizará unos segundos de atención por parte del lector ocasional antes de que éste descubra que le hemos tomado el pelo. Escribir en internet es algo así como arrojar un puñado del grava al mar: tanto da que entre cuarzos y dolomitas se escurra alguna piedrita preciosa. Todo se perderá en la inmensidad del océano. Sin embargo, la romántica idea de vaciar la creatividad en el oscuro sumidero de la red es más fuerte que el natural pudor de los autores, convencidos los unos de su mediocridad o, por el contrario, de su inédita genialidad. Fuentes generalmente bien informadas aseguran que la pareja real formalizó ayer noche… Pequeña descarga supletoria que nos posicionará (qué verbo tan horrible. Gracias RAE…) un poco más arriba. Y es que,  ¿qué buscador se puede resistir a las palabras pareja y real? Una competencia demasiado fuerte para el atribulado internetescribidor, desvalido e ignorado como si sus obras completas se hubieran publicado en un paquete de toallitas húmedas . Aunque eso no impide que diariamente la red hierva con nuevos contenidos, críticas mordaces y sonoramente groseras, intentos febriles por hacerse notar, perversos montajes comerciales para incautos, palabras vacías, mensajes rancios y bobos, titulares redactados con plantilla. A todo eso hay que unir la inconstancia del lector, concentrado en el dedo temblón, automático, que le llevará (nos llevará) a su antojo de acá para allá antes de que la pupila se acostumbre al destello de la pantalla. El príncipe residirá a partir de la semana próxima en un piso de protección oficial, propiedad de su cuñado… Otra combinación explosiva: príncipe y cuñado. Puede ser que a la vuelta de unas horas estas frases inconexas e insustanciales (un príncipe, un cuñado, un piso de protección oficial…) alcancen una dimensión desmesurada, su sonoridad se imponga e incluso suplante la verdad a la que poco a poco vamos renunciando, para convertirse después en una escoria fría, negra e inútil, acumulada por capas en los depósitos de nuestra memoria. Tampoco contamos con el tiempo necesario para leer los ochenta mil títulos que se publican cada año en España, así que ni siquiera estamos en condiciones de valorar con garantías el estado de salud de nuestro mercado editorial. Únicamente disponemos, una vez más, de las reseñas y referencias que aparecen en internet, las más de las veces mal documentadas, escritas de oído o descaradamente parciales. En esta tesitura, nosotros nos conformamos con hacer una pausa entre obligaciones para escribir sin compromiso una nadería, a modo de ejercicio mental, para terminar releyendo aquello que nos gustó… Porque en un mundo saturado por billones de letras que no se leen, los textos que alcanzan el limbo de la excelencia son los que se instalan en la antecámara de la razón, aquellos que nos hacen un poco más libres, un poco más sabios; puede que hasta un pelín más infelices. Como dijo Borges: Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. (Del libro «Borges Oral». Alianza Editorial. 1998).

la serrana

Te invitamos a que uno de los propósitos literarios para el año nuevo sea el de recordar al menos uno de los romances tradicionales de nuestro rico romancero, una expresión de cultura popular que sin el sustento que le es propio, la transmisión oral, únicamente resulta accesible a través de registros sonoros que folcloristas e investigadores entusiastas recopilaron durante las últimas décadas por toda la geografía española. Curiosamente, fueron los niños del siglo XX los últimos depositarios de un romancero casi totalmente olvidado que hunde sus raíces en el siglo XIV, al incorporarlos al repertorio musical de sus correrías por el patio de la escuela o la plaza del pueblo. Escribe Menéndez Pidal en su Romancero Hispánico que «La última transformación de un romance y su último éxito es el llegar a convertirse en un juego de niños».

Los romances son poemas breves de tema variado que se cantaban o recitaban con acompañamiento musical, y que estaban íntimamente ligados al folclore del lugar, por lo que abundaban versiones, interpretaciones y variantes sobre un mismo tema.
El que traemos hoy aquí trata de pasiones innobles y amores mal entendidos. Con una técnica casi cinematográfica, el romance describe el encuentro en descampado entre la serrana y uno de los galanes que la pretenden. La muchacha acude a la boda de su hermano sorteando como puede la nieve que se acumula en el camino. Hace un frío que pela. Al notar la presencia del hombre, pone pies en polvorosa. Pero el individuo no está dispuesto a dejar escapar la presa y, dejándose de disimulos, corre tras ella. La alcanza al pie de un olivo mágico. Por mucho que insiste, el caballero no logra convencer a la muchacha de sus buenas intenciones, hasta que, harto de ruegos y carantoñas, descubre sus cartas: si por las buenas no se le otorgan los favores que demanda, se los tomará él por las malas a punta de cuchillo. En pleno forcejeo, el puñal le cae de las manos y la serrana, veloz como un rayo, lo toma al vuelo y le atraviesa el corazón de parte a parte, punto álgido de la historia. En esta versión, la chica no se apiada del galán, que en trance de muerte se lamenta infantilmente por la torpeza cometida. La serrana no solo da muestras de ser rápida, ágil y veloz, sino que haciendo alarde de un músculo notable, carga el cuerpo del hombre a lomos de su caballo con intención de darle sepultura. La versión escogida incorpora a un ermitaño que le concede el lugar que viene buscando, aunque discretamente deja entender que el muerto no es cosa suya y que si quiere redondear la faena ha de apañarse ella solita como buenamente pueda.
La versión cantada es de Joaquín Díaz.

Por la montañita arriba camina la serranilla
con la falda arregazada y la nieve a la rodilla.
La nieve caía a copos y agua menudita y fria,
con el pie pisa la nieve, con el zapato la trilla.
Echó la vista hacia atrás, por ver si alguno venía
la estaba viendo un galán de los que la pretendían.
La niña de que le vió, dejó de andar y corría;
mucho corría el caballero, pero más corre la niña.
Dónde la vino a alcanzar, al pie de la verde oliva,
la oliva como era amarga, amargamente decía:
-Dónde va la niña blanca, donde va la blanca niña.
-Voy a bodas de mi hermano, que casarse pretendía.
-Si tú me quieres a mí, yo iría en tu compañía.
-Yo no te quería a ti, que mis padres no querían;
no me quites el honor, aunque me quites la vida.
-Te he de quitar el honor, no te he de quitar la vida.
Estando en estas palabras, el puñal se le caía,
la serrana que no es torpe, con su mano le cogía.
Se le clavó por la espalda, a un costado le salía.
Con las ansias de la muerte, estas palabras decía:
-No te vayas alabando, ni en tu tierra ni en la mia
que has dado muerte a un galán, con las armas que él traía.
Se le cogió en el caballo, sube montañas arriba
donde había un ermitaño ganando su santa vida.
-Por Dios te pido, ermitaño, por Dios te lo pediría
que me dejes enterrar un cuerpo que aquí traía.
-Entiérrale niña blanca, entiérrale, blanca niña.
Con el su puñal dorado, la sepultura le hacía.

macbeth

Las tragedias de Shakespeare nos acercan tanto al espíritu del hombre que no es fácil ver o leer sus obras sin sentir escalofríos, como si nos contempláramos por dentro, bajo la piel. La entraña palpitante que tanto nos perturba se llama Julio César, Otelo, Hamlet, Lear. O Macbeth. Parece ser que la historia que narra Shakespeare poco o nada tiene que ver con las verdaderas tribulaciones de este rey de Escocia. Como fabulador que era, el autor se sirvió de los testimonios que más convenían a su intención dramática, descuidando el rigor histórico. Sin embargo, el personaje que ha alcanzado inmortal notoriedad es este Macbeth teatral, y no el oscuro señor de la guerra que se alzó en armas contra Duncan, un soberano débil que también se había apropiado el trono de aquella manera. Los hijos de Duncan fueron desterrados, pero uno de ellos regresaría para arrebatarle de nuevo el cetro, o la porra, en un levantisco ciclo de traiciones y venganzas sin fin, que en la Escocia de aquella época era la modalidad preferida a la hora de hacer política. Con su habitual olfato dramático, Shakespeare se propuso componer una historia trufada de alusiones al frustrado magnicidio que estuvo a punto de proyectar literalmente por los aires a Jacobo Estuardo, a la sazón rey de Inglaterra, y que se dio en llamar, no por casualidad, la Conspiración de la Pólvora. La escenificación de los acontecimientos de la Escocia del siglo XI permitía al público del siglo XVII enfrentarse a una versión simbólica de este proyecto de atentado, y a presenciar el restablecimiento triunfal del orden. Muchos son, pues, los atractivos de esta obra para los espectadores de la época, a los que no se les pasaba por alto el mensaje subliminal del argumento, pacientemente hilvanado por el autor y por cuántos le sucedieron en los añadidos que no le son atribuibles. ¿Y para nosotros? Las siempre enriquecedoras disecciones humanas de Shakespeare proporcionan al público ávido de sensaciones una estimulante amalgama de belleza y pasión, y la densidad poética de los textos sigue fraguando con firmeza en la mente del lector moderno, inclinado como el de antaño a revolverse en la butaca cuanto detecta las fuerzas oscuras que desencadenan la tragedia, a sobrecogerse ante el triste espectáculo que ofrece el alma débil y manipulable, y a indignarse de igual manera por el impulso irracional que mueve a engañar, traicionar y asesinar para cumplir unos designios confusos, que en el caso de Macbeth y su esposa terminan siendo fatales.

Abundan las versiones de esta obra universalmente reconocida en casi cualquier idioma, pero es necesario algo más que saber inglés para traducir Macbeth. Con todo respeto discrepamos de Harold Bloom cuando advierte que las malas traducciones de Shakespeare aconsejan abstenerse al lector en español. Pues apañados estaríamos el común de los mortales si solo pudiéramos leer a los clásicos en el original. Si te acercas por la biblioteca encontrarás una versión de Ángel Luis Pujante y otra de Don Agustín García Calvo. Resulta interesante comparar el trabajo de ambos, descubriendo las soluciones estéticas que encuentran para cada verso, algo al alcance de muy pocos, es verdad, pero a prueba de los lectores más exigentes. Feliz Año Nuevo.

 

cosas nuestras

Si no fuera por la sucesión de las estaciones y la posición de las estrellas, el movimiento de la Tierra pasaría desapercibido. Ningún bandazo que nos haga sospechar que viajamos por el espacio a más de cien mil quilómetros por hora… Así pasa con la Historia: no apreciamos los cambios, las volteretas del tiempo, hasta que encontramos puntos de referencia y tomamos perspectiva.
Cuando los más jóvenes se contemplan en el espejo de las generaciones,  reconocen en los rasgos de abuelos o bisabuelos los suyos propios como fruto que son de la herencia compartida, pero en cambio extrañan otros reflejos: los múltiples relatos en sepia atrapados entre los pliegues del recuerdo, historias que los mayores desgranan con más pelos que señales, el eterno vicio de los narradores minuciosos. Efectivamente, queridos niños: hubo un tiempo sin pantallas, sin cobertura, sin armarios modulares, los trenes echaban humo y las barras de pan calentitas te ponían perdido de harina. Sin embargo rodaban muchas bicicletas, más que ahora, y se reutilizaban hasta las chapas de los botellines. Un adelanto de la modernidad, diagnosticarán los expertos. La ilustradora Ilu Ros (Mula, 1985) dibuja un tierno encuentro que pone de manifiesto la complicidad entre dos mujeres, cada una producto de una época y una situación, y si la narradora alimenta anhelos y fantasías con pocas certezas aún, la abuela remata en el pueblo la faena de una biografía prolongada, poniendo rumbo a uno de esos reinos que se apagan con el atardecer mientras nos desvela la peripecia vital de la campesina, la emigrante, la esposa, la madre… En segundo plano, manteniendo la armonía del conjunto, la música, y en particular la copla, un eco de lamentos que, en boca de artistas de bandera como la Piquer, resume en pocos compases el sino cruel del amor mercenario, proscrito por una moral que desprende olor a naftalina y sacristía. La autora y su abuela despachan una narración amable que a ratos se tiñe de nostalgia o se enciende de esperanza. Y por encima de todo, la semilla que prende, el anticipo del porvenir que justifica tanto sacrificio, la renuncia a tantos sueños a favor de los que sois, somos, los herederos universales.
Os invitamos a que aprovechéis las vacaciones para escuchar El emigrante y leer Cosas nuestras, de Ilu Ros. Os resultará un ejercicio divertido y la coartada perfecta para buscar en el dial de vuestros mayores la sintonía de sus vidas sencillas. Y apasionantes. Feliz Navidad.

perlas del corazón

Son pocas las bibliotecas que guardan la memoria de Doña Emilia Serrano. Escribió muchos libros. Fue periodista, poeta, ensayista, aventurera, novelista y también baronesa, aunque esto último tan solo por conveniencia. Y todo ello en el siglo XIX, que fue testigo de una generación de escritoras excepcionales y curiosas que apenas han dejado huella de su paso por el mundo de las letras, aunque sí por el otro, por el de verdad. Con diecinueve años, la baronesa de Wilson lo había vivido todo o casi todo: un matrimonio por conveniencia, un egregio amante en fuga, una pronta viudedad y hasta la muerte de la hija ilegítima… Un dramón romántico impreso en la piel de una mujer joven, enamorada de los libros y de cuanto contenían. Doña Emilia supo pronto de su vocación por las letras; pero si algo ocupó su dilatada vida fue el afán por conocer. Viajera incansable, se paseó a su gusto por todo el mundo, descubriendo paisajes y paisanajes. A este temple natural de exploradora unió una fascinación por el Nuevo Mundo, continente qué recorrió de norte a sur y de sur a norte durante treinta años, hasta el punto de que al final de sus días se la conociera como la Cantora de las Américas. Acompañada siempre por un maletín donde guardaba todo tipo de cachivaches, recopilaba afanosa notas y apuntes que tomaba en archivos y bibliotecas. Pionera en muchas cosas, también lo fue en publicar guías de viajes; la baronesa describía los prodigios de la naturaleza como nadie, y no escatimaba esfuerzos por comprender el alma de las gentes qué habitaban las exóticas tierras que visitaba. Rescatamos de nuestro fondo Las perlas del corazón, un libro para madres que la autora subtítuló Deberes y aspiraciones de la mujer desde su infancia y en la vida íntima y mundial. Alguno de sus prologuistas varones lo describió como un «precioso libro en el qué la baronesa de Wilson ha consignado sus ideas y aspiraciones acerca del destino de la mujer en el estado actual de nuestras sociedades», y del que rescatamos hoy el siguiente fragmento:

A medida que la sociedad ha progresado, que la instrucción ha llegado a la mujer, que las preocupaciones religiosas y sociales que la condenaban a la ignorancia han ido disminuyendo, las mujeres han dado señales de superioridad intelectual en toda clase de trabajos literarios, así como industriales y científicos, desarrollo intelectual que en nada ha adulterado su carácter femenino, ni sus efectos, ni su gracia, ni sus virtudes. ¿Quién osaría afirmar que por ser generalmente mucho más instruidas, por gozar de más libertad, de más privilegios, así por las leyes como por las costumbres, las mujeres de Inglaterra y sobre todo las de América del Norte son menos morales, menos virtuosas, peores esposas y madres que las mujeres de las naciones en que costumbres y leyes les niegan la instrucción, los derechos y privilegios de que aquellas disfrutan?

Las perlas del corazón. Baronesa de Wilson, 1911

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